Cruce de miradas entre Bob Dylan y una banda de rock de Barcelona

Reckless Bluesman Cocktail Bar Bob Dylan

En el periodismo existen muchos géneros: desde el artículo, la crónica o el reportaje pasando por la semblanza hasta llegar a la simple noticia. No sé qué es exactamente lo que estoy escribiendo. Quizás, como un ensayo que parió hace años Javier Cercas, sea la anatomía de un instante, el momento en que la mirada de Bob Dylan se cruzó con la de los miembros de Reckless, el grupo que toca habitualmente en el Bluesman Cocktail Bar del Hotel Palace de Barcelona.

Pongámonos en situación. El Trovador de Minnesota actuó en el Gran Teatro del Liceo los pasados 23 y 24 de junio. Pero un día antes de su primer concierto ya estaba en la Ciudad Condal, descansando en el Palace antes de las dos veladas que se avecinaban. Y en ésas que el artista norteamericano bajó al bar a relajarse un momento, quizás atraído por la música que interpretaba la banda y que se escuchaba tenuemente desde recepción. De hecho, los Reckless no dejan de ser una formación integrada por el núcleo duro de los Golden Grahams, un grupo local con algunos álbumes interesantes a sus espaldas, y que se dedica a amenizar las noches en el citado local. El líder de ambas formaciones es Brian Nonell, un notable guitarrista y cantante cuya energía lo hermana con Jimi Hendrix y que, aprovechando su trabajo en el hotel, pudo entablar amistad con Ronnie Wood, el as de las seis cuerdas de los Rolling Stones con permiso del gran Keith Richards.

Reckless Bluesman Cocktail Bar Bob Dylan

Aquella noche del 22 de junio el combo estaba tocando su repertorio habitual y con la sala llena hasta la bandera. Glamour, cocktails y un ambiente agradable y con verdadera clase.  Ya habían interpretado “Get Back”, “Route 66” y una chica austríaca se había ofrecido para cantar “Proud Mary” con ellos. Y allí estaban, Brian a la voz y guitarra, acompañado por el bajo de su amigo Alecs M. Slim, que seguía el ritmo de la batería de Andreu Matet. Tampoco faltaba la otra vocalista de combo, Laura Miquel, y ese invitado habitual, Joan Valls, más conocido como Mr. Blackbeat. Y en medio del clásico de la Creedence,  tras la cortina que da a una escalera que comunica el bar con la recepción, aparece ese hombre que desde tantos discos ha marcado el devenir de la historia. Bob Dylan estaba contemplando a los músicos mientras buscaba un lugar en el que sentarse, pero no cabía ni un alfiler. Cuando lo vi —cuenta Nonell—, paré de tocar mientras la banda seguía; tardé unos segundos en reaccionar y entender lo que estaba pasando. Pasados esos segundos supe que tenía que hacerle un gesto con el brazo e invitarlo a entrar, mientras se me caía una lagrima, pues no me pude contener, ¡Bob Dylan está aquí y nos está viendo tocar!”. El Premio Nobel de Literatura, que vestía una chaqueta con capucha color crema y pantalones oscuros, escuchó al combo durante unos minutos antes de ir a cenar.

A partir de ahí, Valls y Nonell, poseídos por su amor de fans, intentaron saludar a Dylan y lograron encontrarse con él, aunque iba acompañado de su asistente personal y de su servicio de seguridad personal. De nada sirvió esgrimir como argumento su relación con Wood. El guardaespaldas se limitó a felicitarles por el recital, pero les recordó que charlar con Bob o hacerse una foto con él estaba terminantemente prohibido. Pero quedó, tras todo ello, ese momento, esos segundos en los que un genio cruzó su mirada con un grupo de Barcelona y que yo os relato aquí en un  texto perteneciente a un género por definir. 

Foto Carlos Garralaga.

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