Streets of Minneapolis: El día que Springsteen decidió no callarse

De buenas a primeras, en una tarde de invierno, Bruce Springsteen sorprende a propios y extraños con una nueva canción. Y no precisamente un adelanto de un nuevo trabajo. Simplemente una píldora cargada de rabia, mala leche e impotencia contra la situación sociopolítica de su querida tierra prometida.

Para quien no siga las noticias, en esta nueva etapa del mandato de Trump, las calles se han visto tomadas por el servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Una especie de guerrilla auspiciada por el poder con carta blanca para ejercer la fuerza bajo la excusa de mantener la migración a raya. En pocas semanas, dos activistas han resultado asesinados a manos de estos pseudodefensores de libertades por movilizarse en su contra. Un hecho que ha sido el detonante para que la creatividad más combativa de Springsteen aflore y nazca de su boca una protesta llena de ira.

A lo largo de más de cinco décadas, Bruce Springsteen ha construido una de las obras más coherentes y persistentes de la música popular contemporánea en su diálogo con la política. No como ideólogo ni como propagandista, sino como cronista moral de Estados Unidos. Su compromiso no ha sido siempre explícito, pero sí constante: contar qué ocurre cuando las promesas del poder se rompen y quienes pagan el precio son siempre los mismos.

Lo hizo en su día cuando publicó “41 Shots” con la muerte de Amadou Diallo a manos de la policía de Nueva York. En aquella ocasión, la canción tuvo un periodo de dos años entre el hecho y su presentación. Esta vez, “Streets of Minneapolis” representa uno de los temas más directos, urgentes y descarnados de su carrera, una canción que coloca a ICE en el centro de la violencia institucional y que confirma que Springsteen, lejos de moderarse con la edad, ha radicalizado su claridad.

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Escrita el 24, grabada el día 27 y publicada el 28 de enero, tras los tiroteos protagonizados por agentes federales en Minneapolis, la canción no busca distancia ni perspectiva histórica. Parece una respuesta en caliente, casi un parte de guerra moral. La ciudad deja de ser una metáfora abstracta para convertirse en escenario concreto de un conflicto contemporáneo: calles reales, nombres reales, muertos reales. Springsteen elimina cualquier posibilidad de neutralidad.

El núcleo político del tema es el ICE. En la canción, la agencia deja de ser una estructura administrativa para convertirse en símbolo de una política de miedo y ocupación interna. El lenguaje es revelador: botas, patrullas, fuego, sangre en el pavimento. No es el vocabulario de la ley civil, sino el de la intervención militar. Springsteen no discute procedimientos ni competencias; cuestiona la legitimidad moral de un Estado que despliega fuerza letal contra civiles, especialmente inmigrantes y minorías. El ICE aparece como el rostro visible de una violencia legalizada, amparada por el poder político y normalizada por el discurso de seguridad.

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El cantante nunca ha ocultado su posicionamiento demócrata encabezando incluso una serie de conciertos en su última tanda en 2004 bajo el nombre de “Vote for Change” en contra de George W. Bush. Incluso en 2025, durante su última gira de conciertos, Springsteen focalizaba sus discursos en atacar desde el escenario a Trump. Con “Streets of Minneapolis”, Springsteen alude al “rey” Trump y a su “ejército”, señalando esa deriva autoritaria que convierte a las agencias del Estado en instrumentos de intimidación. Es una crónica visceral y directa de lo que él interpreta como abuso institucional, y como tal se asemeja a clásicos de la protesta folk como “Hurricane” de Bob Dylan (al que se muestra muy próximo en este tema) o “Strange Fruit” de Billie Holiday.

En aquel “41 Shots”, el mantra que se iba repitiendo ejercía de gota malaya tratando de calar en las conciencias sin identificar a nadie concreto. En este “Streets of Minneapolis” víctimas y verdugos tienen nombres propios reales lejos de la metáfora. Durante años, Springsteen evitó la consigna política. En discos como “Darkness on the Edge of Town” o “Nebraska”, la crítica estaba incrustada en la vida cotidiana: trabajadores atrapados, comunidades abandonadas, sueños rotos por un sistema que nunca terminaba de aparecer en primer plano.

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Su apoyo a las causas parecía algo a mantener en un segundo plano, llegando a no participar en el concierto de Sun City impulsado por su hermano de banda, Little Steven, mucho más implicado en estas lides. No fue hasta la publicación de “Born in the U.S.A.”, una de las canciones más malinterpretadas del rock, en la que parecía que su objetivo no era generar un debate ideológico, sino desmontar el patriotismo vacío que había dejado atrás a los veteranos de Vietnam. Hasta que Ronald Reagan intentó sacar provecho de ella. Ese fue un punto de inflexión para que Springsteen entendiera que la narrativa también podía dotar de mayor poder al mensaje a través de la música.

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Desde entonces, Springsteen siempre se ha mostrado partícipe en eventos solidarios como los organizados por Neil Young en el Bridge School, los conciertos de Amnistía Internacional en el 88, las campañas de Light of Day, conciertos benéficos por las torres gemelas o el huracán Sandy. Incluso en discos como “Devils and Dust”, “Wrecking Ball” o incluso “Magic” ha ido buscando ese lado más combatiente inspirado en las desigualdades sociales.

Pero en esta ocasión hay algo más. Suena a explosión como respuesta a lo que ha sido capaz de removerle y hacerle enfadar. Springsteen parece que ha dejado de lado a aquel cronista de la experiencia social para pasar a ser interlocutor político y moral. Ojalá no tenga motivos nuevos que le hagan presentar más canciones así, pero con los que ya hay y siguiendo ese ritmo de trabajo no descartemos que para otoño de este 2026 tengamos un nuevo álbum de Bruce Springsteen.

 
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