LA MÚSICA, EL DIABLO, Y DIOS EN TODAS PARTES

Dios está en todas partes…y el diablo también. A lo largo de la historia, los dos entes han subsistido de forma casi indivisible, necesaria. No puede haber uno sin el otro. El bien y el mal deben contar con figuras representativas, criaturas o seres, o a saber qué, pero que ocupen un lugar. Los poderosos han situado la figura del bien siempre de su lado, se han encargado de ello a través de la persuasión casi coercitiva, mientras situaban al enemigo en el otro lado del río. Esto no solo lo han aprovechado reyes y emperadores, gobernantes y pseudointelectuales, sino cualquier persona que se quisiera hacer valer, no eran suficientes las buenas obras, también ellos decidirán qué obras eran dignas de un Santo, y cuales eran propias de belcebú.

Las música no ha sido ajena a esta concepción, se han escuchado auténticas leyendas que han hecho que músicos carguen sobre sus hombros algo más que el peso de la funda de su instrumento, cruces de caminos, pactos con el demonio, y la serpenteante ruta del Misisipí como testigo directo de las ambiciones y sueños de aquellos que no tenían más que unos pocos acordes y la verdad, o la mentira, o a saber qué. La mayoría de estos precursores de la música que abrazamos no sean más que seres penitentes que cargaban su guitarra y el yunque del color de su piel, muchos de ellos fervientes seguidores de la palabra de Dios que desde niños escuchaban en iglesias o en los campos de algodón.

La música góspel es la primera expresión de lo que luego fue el Rhythm and blues, que posteriormente se transformó en el rock and roll. Salió en forma de canto de alabanza a Dios, la figura representativa del bien, de la esperanza. Sin embargo, los encargados del poder, prohibían muchos de esos cánticos, sobre todo si estos se cantaban desde la boca equivocada, desde las gargantas de seres inferiores, animales sin derechos. La palabra era el misma, el Dios no. Esta contradicción ha alimentado los caminos de muchos seres humanos desde Adán y Eva, y la música no podía ser una excepción.

Las personas serían clasificadas en función del apetito de sus oídos, sus gustos, y de cómo se muevan a ella, también de quiénes sean sus compañías. Incluso los músicos y bandas han pretendido adoptar una posición apropiándose de símbolos, de invocaciones forzadas, o incluso de una escenografía en sus directos en la que se han apoyado de rituales para parecer que se encontraba en el lado tenebroso de la historia, independientemente de que luego su discurso no apoyara sus actos. En esto último estaríamos ante una evidente campaña de marketing musical, que alejadas de todo buen gusto, iban acompañadas de etiquetas de tipo satánico, diabólico, maligno, etc.

Y volvemos a la contradicción. Uno de sus casos más conocidos nos lleva a la sede de los Sun Records Studios en el 706 de Union Avenue, en Memphis Tennessee. Los legendarios estudios de grabación del padre del Rock and Roll, Sam Phillips (merece un homenaje aparte). Otis Blackwell, compositor con base en Nueva York, que antes había entregado éxitos del calibre de Don’t be cruel y All shook up a Elvis, quedó boquiabierto como miles de presentes y televidentes al observar a Jerry Lee Lewis atravesando sus pantallas en el show de Steve Allen mientras presenta Whole lotta shakin goin on. Blackwell decidió que tenía la canción perfecta para ese demonio que acababa de realizar una actuación en la que parecía estar poseído por momentos, desgañitándose, con la mirada perdida y desafiante, retando a la cámara y ante un público con el que parecía estar haciendo el amor de forma salvaje mientras los rizos le caían en la cara sudorosa, rematando la faena de forma inaudita con patada incluida a la banqueta, el tema sería Great balls of fire, y la sesión tendría lugar el 8 de octubre de 1957.

El status de Jerry Lee había cambiado en relación a la primera vez que condujo desde su Ferriday natal en Luisiana, hasta Memphis, después de que un hombre llamado Sam Phillips estuviera poniendo el mundo patas arriba a base de darle oportunidades a artistas emergentes, en busca de algo musicalmente nuevo, sin importar el color de piel, ni creencias, y mucho menos a qué Dios rezaras tus plegarias. En aquel entonces, a Jerry Lee lo recibió Jack Clement porque Phillips no se encontraba, pero pudo registrar su versión de un clásico country, Crazy Arms. Cuando Sam regresó a Memphis y le dio al play, bastaron los primeros diez segundos de la intro para sentir que estaba ante algo especial, pasando Jerry Lee a formar parte de Sun Records.

En ese lejano 8 de octubre de 1957, mientras trabajaban en great Balls of Fire, hubo un parón que dio lugar a una discusión. Jerry Lee, parecía haber recibido la visita del Santísimo, y decidió que no podría grabar la canción ya que esta era diabólica, era pecado. Sam Phillips se opuso, y Jack Clement, que estaba presente pulsó el botón de la grabadora para recoger un momento único.

Jerry Lee deletreó “el infierno”, como lo haría cualquier predicador sureño que lleva consigo la palabra de Dios. ‘Yo no lo creo’, repuso Phillips. El batería James Van Eaton se unió en tono de burla, ¡El Todopoderoso’! , ¡Eso es! Exclamó el bajista Billy Lee Riley. A Sam se le escucha en sus trece, y en ocasiones visiblemente enfadado. Para Sam, lidiar con una situación así debió ser frustrante, estaba rodeado de talento, tenía una canción que podía ser un éxito (de hecho es el mayor éxito que Sun Studio jamás produjo) y ahora resulta que su artista es un puritano, y no ese ser radiante que hace que el público se sumerja en una fuente libidinosa durante sus actuaciones.

La Biblia dice que se celebre solo la alegría de Dios, pero si se trata de música profana, de Rock And Roll…’ bramó The killer. Uno ha venido al mundo, y sigue siendo un pecador, eres un pecador, y a menos que seas salvado, que renazcas y seas como un niño pequeño, camines ante Dios y seas santo… y hermano, hay que ser purísimo. En el cielo no entrará ningún pecado. ¡Ningún pecado! Está escrito: Ningún pecado. No dice que un poco sí, dice que no entrará ningún pecado, hermano, nada. Para ir al cielo hay que caminar junto a Dios y hablar con Él. Ser buenísimo.’

Se oyeron algunos Aleluyas de fondo. El artista estaba desatado en su proclama. La cara de Sam sería un poema. Tuvo que intervenir, pero se aprecia falta de fuerza después de escuchar el discurso del genio de Luisiana. Muy bien dijo Sam. Mira, la fe religiosa y el extremismo no tienen nada que ver, vale? Acaso pretendes revolucionar el universo entero cogiendo la Biblia y la palabra de Dios? Escúchame, Jesucristo fue enviado aquí por Dios Todopoderoso…

¡Eso es! gritó Jerry Lee

¿Y acaso Él salvó a todo el mundo? Preguntó Sam

¡No, pero lo intentó!

Claro que sí. Vino a este mundo y fue tolerante con el hombre. Fue haciendo el bien, predicó pero no lo hizo desde un solo púlpito. En todas partes

Eso es, ¡sanaba! Predicó en todas partes, hizo ver a los ciegos, caminar a los tullidos. –contestaba un Jerry Lee desbocado en su fe.

Jerry, yo… tú lo que… Sam no sabía dónde meterse, se aprecia cómo quiere encauzar la situación porque siente que su artista se le ha ido de las manos.

Jerry, escúchame. Si crees que no puedes hacer el bien siendo un exponente del Rock And Roll…

Se puede hacer el bien Sr. Phillips, no me malinterprete…

Pero espera, espera. Cuando yo digo hacer el bien…

¡Se puede tener buen corazón! Repuso el artista.

No me refiero a… no me refiero a…

¡Se puede ayudar a la gente! Grita Jerry Lee

¡Se pueden salvar almas! Brama Phillips

¡No, no, no, no! ¿Cómo va a salvar almas el Diablo? ¿Qué dices? Tío, ¡llevo el Diablo dentro, sería un cristiano!

Jerry pareció volverse loco nuevamente, mentando al demonio y suplicando por la Salvación.

Sam a estas alturas suena resignado. ‘Jerry, lo que intento decir es que si crees en lo que cantas, no tienes alternativa, desde el momento en que…’

¡Sr. Phillips me da igual! ¡Lo que yo crea da igual, es lo que dicen las escrituras!

A las siguientes consideraciones de Phillips, Jerry parece ignorarlo, ‘tú habla’ le dice. Por entonces le evita la mirada.

Entre la medianoche y el alba se terminó de registrar la canción. Sam parecía que no lo conseguiría, pero tras terminar destrozados, irascibles, y exhaustos, sabía que tenía un éxito. Se dice que Jack Clement observó que habría que repartir los royalties con el Espíritu Santo. A nadie pareció hacerle gracia.

La pregunta que surge con esta anécdota es ¿qué pretendía Jerry Lee Lewis con esta conversación? ¿Fue en realidad un ataque de conciencia repentino? ¿Puede alguien que alcanza el éxito plantearse que está haciendo algo malo cuando ese algo ha llevado a su familia a una vida mejor haciendo música y poniendo a bailar a miles de personas?

Probablemente, el artista, que ya por entonces estaba siendo criticado por la parte de la población más puritana y racista, haciendo la música que provenía de tugurios frecuentados por negros, estuviera sintiendo la presión, y simplemente explotara. Creció en creencias sureñas profundas, donde Dios siempre está presente ¿Un desahogo? Puede. The Killer siempre vivió en un alambre, y la fortuna le fue esquiva por ser solo un chico corriente del sur, quizás con un entorno distinto y siguiendo algún que otro buen consejo, su carrera habría sido otra. Al menos fue fiel a lo que sentía e hizo gala de un fraseo único en su modo de vida, no solo al piano, sino cuando cargó con su propia corona de espinas.

El Bien y el Mal, no es más que lo que uno cree que es, solo eso. Se trata de ser feliz y hacer feliz a otros, en ocasiones harás daño, y en otras, lo sufrirás tú. Nadie es perfecto. Pasaremos buenos tiempos juntos en esta tierra, pero es limitado, y en nuestra travesía, Dios y el Diablo, nos acompañarán. También lo hará la música, y esperemos que  impregne nuestra alma como el Espíritu Santo hizo en Jerry Lee en aquella velada de otoño, con el volumen alto, furiosa, como una llama eterna.

 

 

 

 

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