Boreal 2026: una última jornada diversa, tranquila y con mucho que escuchar

El sábado puso el punto final a las grandes noches musicales del Boreal 2026 y lo hizo manteniendo una de las señas de identidad del festival: la mezcla. Diferentes procedencias, estilos y maneras de entender la música compartieron escenario en una jornada que, quizá precisamente por esa variedad, tuvo un carácter algo diferente al de la noche anterior.

De hecho, entre el público se repetía una impresión bastante concreta: la jornada anterior había resultado más cañera, más intensa y con una respuesta más inmediata, mientras que el sábado se planteaba de una manera algo más reposada y abierta a la escucha.

No tiene por qué entenderse como una carencia. Son dos maneras distintas de construir una jornada de festival.Y, como suele ocurrir en los festivales, hubo actuaciones que conectaron más que otras.

Uno de los aciertos del sábado fue que la actividad musical no se concentró únicamente en los nombres principales del cartel. A lo largo de la jornada hubo también conciertos gratuitos, que permitieron ampliar la oferta y acercar el festival a un público que quizá no acudía exclusivamente por los conciertos de pago.

También permite descubrir artistas sin la presión de acudir expresamente a un concierto. Para muchos asistentes, esos escenarios y actuaciones más accesibles terminan formando parte de los recuerdos más agradables del festival.

Es una fórmula que encaja bien con la filosofía general del Boreal: la música no tiene que estar siempre asociada al gran escenario ni al nombre internacional. Entre las actuaciones de la jornada, Imarhan volvió a representar muy bien ese carácter internacional que el festival busca desde sus primeras ediciones.
La formación argelina llevó al escenario una mezcla de música tuareg, rock y psicodelia que encajaba de manera natural en el ambiente del Boreal. Su propuesta no necesita grandes artificios para resultar interesante y funciona precisamente desde la identidad de su sonido.

Además, servía para recordar algo que a veces queda oculto en los grandes festivales: la llamada música del mundo no tiene por qué ocupar un espacio testimonial. Puede convivir perfectamente con el rock, la electrónica o el pop cuando existe una programación que busca conexiones entre artistas y no simplemente etiquetas.

La llegada de Aterciopelados era uno de los momentos esperados de la noche. La trayectoria de la banda colombiana habla por sí sola. Sus canciones forman parte de la historia del rock alternativo latinoamericano y su presencia aportaba una dimensión generacional al cartel.

El concierto tuvo momentos disfrutables y permitió recuperar un repertorio conocido por buena parte del público, aunque la actuación fue algo irregular y dejó ciertas dudas. En algunos momentos faltó quizá la contundencia necesaria para que el directo terminara de despegar.

El sonido tampoco ayudó demasiado. Durante la jornada hubo momentos en los que la mezcla podría haber ofrecido mayor claridad y definición, algo que se percibió especialmente en determinadas actuaciones.

No parece justo cargar toda la responsabilidad sobre los artistas. En directo, intérpretes, escenario y equipo técnico forman un conjunto, y cuando uno de esos elementos no termina de funcionar a pleno rendimiento, la percepción global se resiente.

Aterciopelados, en cualquier caso, dejaron sobre todo el valor de unas canciones que siguen teniendo capacidad para conectar con el público muchos años después de haber sido escritas.

Uno de los momentos más comentados fue el de Daddy G. Y aquí hay un detalle que merece ser contado porque explica buena parte de la imagen que tuvo la actuación: el artista decidió prescindir de la iluminación convencional y mantener durante prácticamente toda la sesión una iluminación basada en luz negra.

La decisión era, por tanto, parte de la propuesta y no un problema técnico del festival. El resultado fue una atmósfera muy particular, casi de club y con un componente visual bastante más oscuro de lo habitual. A algunos espectadores les resultó interesante y coherente con la sesión; para otros, la escasa iluminación terminó haciendo más difícil conectar con lo que estaba sucediendo sobre el escenario.

Musicalmente, la sesión tampoco terminó de generar una respuesta unánime. El peso del nombre era enorme y las expectativas, lógicamente, estaban a la altura. Al tratarse de un DJ set de Daddy G y no de una actuación de Massive Attack, la comparación debe hacerse con una sesión electrónica, pero aun así hubo asistentes que esperaban una mayor progresión o una conexión más intensa con la pista.

Quizá la actuación necesitaba simplemente otro contexto. Las sesiones de un artista con una trayectoria como la de Daddy G pueden funcionar de manera diferente cuando el público está plenamente situado en un espacio de club y no en un festival al aire libre, después de una jornada de conciertos muy diversos.

En cualquier caso, la apuesta estética fue clara y tuvo personalidad.

El cierre encontró el pulso con Throes + The Shine, la noche recuperó una dimensión mucho más física. La mezcla de rock, electrónica y ritmos africanos encajó especialmente bien en ese momento de la madrugada en el que el público ya no busca tanto descubrir nuevos sonidos como dejarse llevar por ellos.

Fue una actuación que conectaba bien con la idea de cierre y que devolvía al festival una energía más directa después de una jornada bastante diversa.

¿Una jornada más tranquila que la anterior? La comparación con el viernes surgió de manera natural entre muchos asistentes. La sensación general era que el viernes había tenido más pegada y una dinámica más intensa, mientras que el sábado se movía por registros diferentes. No necesariamente mejores o peores, sino distintos.

La jornada del sábado tenía más cambios de ritmo y quizá exigía un poco más de curiosidad al público. Frente a una sucesión más directa de propuestas capaces de levantar la pista, el último gran día parecía buscar también espacios para escuchar, descubrir y cambiar de registro.

En un festival que apuesta precisamente por la diversidad, esa diferencia entre jornadas puede entenderse como parte de la programación y no necesariamente como un problema. Un Boreal que se vive también fuera del escenario.

Y mientras todo esto sucedía, el festival seguía extendiéndose por Los Silos. Los conciertos gratuitos, las actividades paralelas, los espacios gastronómicos, el mercado y las propuestas relacionadas con la sostenibilidad ayudaron a que la experiencia no quedara limitada a quienes acudían a los escenarios principales.

Esta es probablemente una de las características que mejor define al Boreal. El festival no parece querer construir una burbuja separada del municipio, sino utilizar el propio pueblo como parte de la experiencia.

Desde el punto de vista organizativo, eso tiene una dificultad evidente. Coordinar diferentes escenarios y actividades, públicos con intereses distintos y una programación que ocupa muchas horas y espacios requiere un esfuerzo considerable. Pero también genera algo que resulta difícil de conseguir en un recinto convencional: la sensación de que el festival pertenece durante unos días al lugar que lo acoge.

El Boreal volvió a demostrar que su principal atractivo no está únicamente en quién aparece en el cartel, sino en la manera en que consigue reunir músicas diferentes alrededor de un pueblo que, durante unos días, se convierte en escenario y protagonista al mismo tiempo.

Texto Ester Carrillo Benedito y Andrés Marvelli. Fotos Andrés Marvelli.

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