Ariel Rot, elegancia, rock y celebración en Barnasants

Ariel Rot, en su paso por el festival Barnasants, volvió a demostrar que el rock no está reñido con el buen gusto por la palabra. Un show sólido y sin fisuras con una banda que destiló clase y oficio sobre las tablas del Casino de l’Aliança del Poble Nou.

Tras la agradable charla telefónica con el músico argentino, tocaba ahora verlo en su ambiente natural sobre el escenario del Casino de l’Aliança. Hubo algo de ceremonia íntima y algo de celebración compartida en un concierto alejado de clichés en el que Ariel Rot deleitó a varias generaciones con ganas de pasarlo bien un jueves noche. Como carta de presentación, abrió con “Vals de los recuerdos”, una elegante manera de recordar cómo fueron sus primeros días en este país, donde la melodía se balanceó con ese aire crepuscular que lleva cierta melancolía. Con “Hasta perder la cuenta” y “Colgado de la luna” Ariel Rot justificó sobradamente el porqué de su sitio en un festival orientado a la palabra.

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Fue una noche especial para Ariel, y quiso compartirla y dedicarla a muchos de los que han formado parte de su vida y que algunos se hallaban entre el público. En el patio de butacas se pudo ver a su maestro Claudio Gabis, al que dedicó “El mundo de ayer”, o a Sergio Makaroff, al que le correspondió “Dos de Corazones”. Hubo recuerdos más sutiles, como en “Hoja de Ruta”, dedicada a sus compañeros de Los Rodríguez, para la que sacó de su reposo la preciosa Telecaster negra que usaba durante sus giras y que no había vuelto a tocar desde entonces. Son aquellas cosas que dejan ver que a Ariel Rot le gusta dejar un poso en la memoria del público con esos pequeños detalles.

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Sirva la gran introducción a los teclados de Tito Dávila en “Adiós Carnaval”, con guiño final a “Come Together”, para otorgar un gran mérito de lo que sucede en el escenario a la banda que acompaña a Ariel Rot. Las guitarras de Ricardo Marín tienen una precisión casi quirúrgica, dejando que se produzca un diálogo continuo con las de Ariel Rot sin necesidad de un virtuosismo exhibicionista, sino de elegancia narrativa. Y la base rítmica compuesta por Toni Jurado a las baquetas y Jacob Reguilón al bajo ofrece una solidez sonora sobre la que navegar con tranquilidad.

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Las calles de Madrid volvieron a tener su protagonismo en una “Bruma en la Castellana” que dedicó a Moris, otra de sus grandes influencias. “Confesiones de un comedor de pizza” nos recordó el gusto que Ariel Rot es capaz de imprimir a un instrumental en el que conviven estilos musicales para sumar en pro del resultado.

“Cenizas en el aire” y “Geishas en el aire” fueron puro intimismo eléctrico: la voz ligeramente rasgada, la guitarra contenida, y esa sensación de estar asistiendo a algo casi confesional, como si cada canción fuera una página arrancada de un cuaderno personal. Sirvieron para mostrar al Ariel Rot más cinematográfico, dibujando atmósferas con acordes abiertos y un fraseo lleno de intención narrativa, casi visual. Todo ello con tintes de Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones… influencias claras de las que Rot ha sabido sacar lo mejor y añadirle su sal para condimentar un excelente menú musical.

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Aún quedaban los platos más suculentos del menú antes de esos postres que deben ser los bises. “Vicios caros” ya mostraba el inicio del final, donde la banda apretó el pulso y el sonido se volvió más rugoso, más rock, y en la que Ricardo Marín tuvo su gran momento para demostrar el guitarrista superclase que es. Fue uno de esos momentos en los que se percibe al guitarrista curtido en mil escenarios: control absoluto del tempo, dinámica milimétrica y un solo que creció desde la contención hasta un clímax elegante, sin estridencias innecesarias.

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Las pequeñas cosas del directo no impidieron que un amplificador estropeado arruinara una fiesta que empezó con un viaje al pasado de la mano de “Quiero besarte”. Un momento de desenfado en el que puso en pie a todo el patio de butacas, que no volvió a sentarse en lo que restó de noche. “Me estás atrapando otra vez” supuso uno de los momentos álgidos de la velada, mostrando la tremenda balada que es y la importancia que tuvo Los Rodríguez entre el público. Aquí el concierto dejó de ser solo un repaso a la carrera de Rot para convertirse en un karaoke sentimental colectivo: voces coreando, sonrisas cómplices y esa sensación de que algunas canciones ya pertenecen a todos. “Baile de ilusiones” cerró el bloque principal con un tono festivo y luminoso, como si se abrieran las ventanas de golpe después de una noche larga.

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Tras la pausa, llegó el bis y, con él, la confirmación de que Ariel Rot sabe administrar los finales con una intuición casi teatral encadenando tres himnos inevitables: “Dulce condena”, “La milonga del marinero y el capitán” y “Mucho mejor”, con un público entregado desde el primer acorde. Un final de fiesta en el que Ariel Rot nos recordó que en su universo sonoro conviven el rock, el tango y la canción de autor sin fricciones ni etiquetas. Un cierre perfecto entendido como celebración compartida, que dejó a Rot con una sonrisa tan amplia como la de todos los asistentes.

Lo que quedó al final no fue solo la satisfacción de haber asistido a un gran concierto, sino la certeza de que Ariel Rot sigue tocando con la misma mezcla de elegancia, oficio y emoción que lo ha definido siempre. Anoche no hubo nostalgia hueca ni gesto automático: hubo canciones vivas, guitarras que contaban historias y un músico que, lejos de acomodarse en su legado, lo sigue reescribiendo sobre el escenario, nota a nota, como si cada concierto fuera el primero y el último al mismo tiempo.

Fotos: Desi Estévez

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