Sting 2.1 en Tenerife

Pocas veces un retraso de dos horas se recibe con una sonrisa. Ayer 10 de julio ocurrió en Santa Cruz de Tenerife. El motivo fue el partido de la selección española en el mundial de fútbol de Estados Unidos contra Bélgica (2.1) y, lo más curioso, que el cambio de horario llegó por expresa petición de Sting. Un gesto de respeto hacia el público que ya dejaba entrever que la noche no iba a ser una más.

Apenas tres minutos después del pitido final, el escenario cobró vida. Las primeras notas rompieron la espera y apareció un Sting imponente, en un estado de forma admirable a sus 74 años: impecable en la voz, sólido al bajo y con ese magnetismo escénico que solo poseen los grandes. Quiénes compartían escenario con Sting? ¿Por qué una gira de Sting denominada “3.0”?

 A su lado, el inseparable Dominic Miller a la guitarra y un contundente Chris Maas ex miembro de Mumford & Sons, a la batería completaban un trío de una eficacia demoledora.

Sin Copeland. Sin Summers. Andy Summers, ahora de 83 años, está en Santa Mónica dedicándose a la música y la fotografía. Stewart Copeland está de gira con un espectáculo de poesía oral. Y ambos están demandando a Sting en el Reino Unido por más de ocho millones de libras esterlinas por supuestos impagos de royalties. La historia del rock es complicada.

El nombre de la gira de Sting, “3.0” cobra sentido al verla. Tres músicos. Sin relleno. Sin distracciones. Un montaje íntimo y conciso que te obliga a escuchar. Y el público, que agotó las entradas, hizo precisamente eso… bueno, salvo por un puñado de charlatanes a nuestro alrededor que, al parecer, compraron entradas para socializar en lugar de escuchar a una leyenda.

El repertorio fue un viaje por más de cuatro décadas de canciones que forman parte de la memoria colectiva. Clásicos de The Police convivieron con los momentos más brillantes de su carrera en solitario, sin que fuera posible determinar cuáles despertaban una mayor ovación. Cada tema encontraba su público y, al mismo tiempo, parecía pertenecer a todos.

La cálida noche de verano, el cielo estrellado y un recinto completamente lleno crearon el escenario perfecto para algo más que un concierto. Por momentos, aquello fue un viaje de ida y vuelta a una época en la que muchas de esas canciones marcaron nuestras vidas. Más de cuarenta años de recuerdos condensados en poco más de dos horas de música.

Lejos de limitarse a interpretar un repertorio impecable, Gordon Matthew Thomas Sumner, Sting conectó de manera constante con la audiencia. Bromeó, sonrió, invitó al público a cantar y convirtió el concierto en un diálogo permanente. No había rastro de rutina. Cuando un artista con 17 premios Grammy y más de 100 millones de discos vendidos sigue subiéndose a un escenario con esa entrega, queda claro que continúa disfrutando tanto como quienes lo contemplan desde el otro lado.

Entre los asistentes había varias generaciones compartiendo un mismo lenguaje: familias, parejas, grupos de amigos y seguidores de toda la vida. Sting consiguió algo que solo está al alcance de unos pocos artistas: emocionar hasta las lágrimas, provocar sonrisas, arrancar abrazos y recordar que la música sigue teniendo el poder de unir a las personas.

Sting, Dominic Miller y Chris Maas ofrecieron un espectáculo impecable, elegante y con una instrumentación minimalista exquisita. Un trío con la potencia de una banda completa y un vocalista cuya voz sigue siendo una de las más singulares de la música. Escuchar a miles de personas cantar canciones que han perdurado por generaciones creó una de esas raras atmósferas de concierto que realmente se sienten atemporales.

Porque, al final, los grandes conciertos no se miden por el número de canciones interpretadas ni por la espectacularidad de la producción. Se recuerdan por las emociones que dejan cuando se apagan las luces. Y anoche, Sting volvió a demostrar por qué sigue perteneciendo a ese reducido grupo de artistas capaces de convertir un concierto en un recuerdo imborrable.

Gracias, Sting.

Texto y fotos por Eduardo Pinedo.

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