Música cerca del mar. Perro Blanco Blues. Cómo me duele el amor


   Anoche la música olía a sidra y hierba. Perro Blanco Blues, el proyecto que Julio Hernández, voz, guitarra, armónica y alma máter, viene forjando desde 2010, volvió a demostrar que el blues-rock cantado en castellano tiene mucho que decir cuando se canta sobre un escenario con la ría de fondo y el cementerio reflejandose sobre el agua.

“En 2010 nos juntamos en un local para hacer temas propios en una onda blues, con temas urbanos, canciones que surgian de conversaciones o situaciones que se daban en los bares, con una letras muy cuidadas, un toque divertido, a veces reflexivo y otras comprometido que le diera un toque de personalidad y carácter a nuestros directos, con el fin de buscar algo distinto.”

   El trío formado por Juan Carlos L+opez Iglesias al bajo y voz cautivadora, Manolo Álvarez a la batería, y el propio Julio al frente, voz y carácter socarrón con mucho saracasmo, guitarra y armónica, sonó compacto y sin adornos, fiel a esa idea de “rock garajero de barrio” que define al grupo desde su debut. Se palpaba el eco de las influencias que arrastran: Rock de los ochenta y blues de toda la vida recorriendo sus venas. No me olvido de Malaguita, staff del grupo, que estuvo todo el rato pendiente del sonido y luego de limpiar las cuerdas de la guitarra con verdadera pasión.

   El repertorio fue un viaje entre el ocle y el chiringuito. Arrancaron evocando el paraíso junto al mar, bebiendo “de las fuentes”, para virar enseguida hacia guiños clásicos —un Magic Woman a lo Santana, un Everybody Needs Somebody, ecos de Roy Orbison en ese “pobre bobo que quiere robar tu corazón”—. Hubo espacio también para sonidos más cercanos, un vistazo a Maná y a Santana con el corazón “abrasado”.  También una guitarra que la humedad de la noche desafinaba un poco, aunque, como bromeó el propio Julio, “ye buena”.

   El momento más canalla llegó con el guiño a Charly García: no voy en tren, voy en avión, no necesito a nadie alrededor, seguido de un homenaje a la Flaca de Calamaro y un puñado de estampas costumbristas. El olor a sardinas, el público bailando, escanciando sidra y bebiendo, tormentas al estilo Desperados, resumen bien esa filosofía de “más caos que orden” que Julio reivindica como bandera.

   La noche se animó todavía más con la subida al escenario de la Cambarina de Carlos Fuentes (Deltadeltajo), que regaló un blues eléctrico de altura y con la irrupción de un jovencísimo rockero espontáneo. La noche se cerró con tres acordes de rock puro, sin más pretensiones. Bajo la influencia de la luna y esa lucidez cansada de “cuando estamos cansados, estamos repugnantes”, dejó claro por qué Perro Blanco Blues funciona mejor en directo. Es un proyecto pensado, como ellos mismos dicen, para las distancias cortas.

 
 
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