Recorriendo la tierra de nuestros ancestros, llegamos a Gondwana, en el corazón de Etosha, con el cuerpo todavía saltando por la pista y derrapando por la arena. Entre los mopanes, los pájaros dibujaban un atardecer de colores y sonidos que parecía diseñado para causarnos una fuerte impresión. Pero la sorpresa no vino de la fauna y el paisaje que se divisaba, sino por el bar.

El lugar está decorado como los antiguos shebeens sudafricanos de los tiempos del apartheid, con paneles que cuentan la historia colonial de Namibia y carteles del “Only Coloured” que leídos hoy remueven. Ya instalados, al anochecer se enciende una hoguera en el centro del patio y llega la música. Una banda toca en directo con una guitarra hecha con una lata de aceite, una acordeón, bongos y más guitarras. Unido a las voces femeninas, al metal reciclado y a los ritmos, crecen melodías que suenan a ingenio y supervivencia.

La palabra shebeen viene del irlandés síbín, que designaba las tabernas clandestinas. En el sur de África se pasó a nombrar a los bares informales que nacieron cuando a la población negra se le prohibió beber en los locales formales. Eran casas particulares y pequeños locales en los barrios periféricos donde se confinaba a los negros. En Windhoek, el más famoso es Katutura, un nombre que en lengua herero se suele traducir como “el lugar donde la gente no quiere vivir”. Allí fueron trasladados a la fuerza los habitantes de la antigua Old Location a finales de los años cincuenta, eran los bantustanes, reservas tribales, hasta diez en Namibia, destinadas a albergar cada una a un grupo étnico. El objetivo era quitarles la ciudanía y privales de sus derechos políticos. Estuvieron funcionando hasta 1.990 fecha de su independencia.
El shebeen se convirtió en sala de estar, sala de conciertos y, en voz baja, sala de reuniones políticas.
La historia viene de más atrás. Alemania perdió su colonia, el África del Sudoeste Alemana, tras la Primera Guerra Mundial. El territorio pasó a manos de Sudáfrica, que lo administró como mandato bajo la corona británica y le impuso su sistema racial. Namibia no fue independiente hasta 1990. Es un país muy joven con mucha energía por salir adelante. Durante décadas, los hospitales fueron un territorio vetado. Quien no podía entrar en ellos tuvo que curarse con lo que tenía: la medicina natural, como la garra del diablo, una raíz que los pueblos del Kalahari usaban contra el dolor. Las abuelas custodiaban ese saber y sabían qué convenía a los hombres y qué a las mujeres. De ahí la importancia de los mayores o consejo de ancestros.
Hoy el shebeen es otra cosa, aunque conserva ese espíritu, suena a kwaito o house, hay mesas de billar y gente charlando. La cerveza fría (Windhoek Lager, Tafel, Castle) llega en botellas grandes muy frias para compartir y junto a la puerta humea una parrilla donde se vende kapana, carne asada con sal y especias que se come con las manos, como la cecina nuestra.

Quien visite uno debe ir con un guía local, llevar efectivo en dólares namibios y recordar que entra en la casa de otros, no en un decorado: se saluda, se sonríe y la cámara se guarda. Yo no fui capaz….
Aquella noche, con la hoguera crepitando y la lata de aceite vibrando con la música, entendí que brindar también puede ser una forma de memoria. Me llevaré en el corazón el recuerdo entrañable de estas tierras, ricas y generosas. Aunque sólo veas tierra polvorienta, encierra muchos secretos. La riqueza está oculta a la vista y eso hace de este lugar un tesoro imperecedero.