Hurray for the Riff Raff, listos para conquistar el mundo

¿Estamos a las puertas de vivir un resurgir de la canción protesta americana? Los últimos acontecimientos, liderados por una incomprensible elección presidencial, parecen haber estimulado a muchas bandas a editar trabajos reivindicativos, mucho más allá de los rutinarios discursos anti-Trump que sueltan el 99% de los artistas estadounidenses que giran por Europa. Sin duda, Hurray for the Riff Raff constituye una de las bandas que encabezan este nuevo espíritu. Su nuevo disco, toda una oda a la resistencia,  toca muchos de esos temas de actualidad que nos preocupan: racismo, injusticias, maltrato a las minorías, gentrificación,… Esto convierte a Alynda Segarra en una de las voces más relevantes del momento como activista incansable y agitadora, aunque todo esto quedaría en nada si la relevancia de su obra fuera menor. Pero no es el caso: The Navigator es indiscutiblemente uno de los discos del año. Así que nos desplazamos al corazón de Inglaterra para aprovechar una de las fechas de su tercera gira británica del año (y aún queda otra en noviembre, ¿a qué esperan los promotores españoles para traerlos por aquí? ¿a que sea demasiado tarde y no puedan pagar su caché?) y comprobar in situ cómo es el directo de la banda.

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Esta última minigira de diez días ha llevado a Hurray for the Riff Raff a cuatro festivales y a tres pequeñas localidades. Nosotros estuvimos en Leicester, ciudad conocida mayormente por la reciente hazaña de su equipo de fútbol. The Cookie, un pub que organiza conciertos en su pequeño sótano (la entrada al backstage es inolvidable: la cocina de un restaurante chino en medio de callejuelas medievales), colgó el cartel de sold out para recibir al quinteto americano en un triple cartel. Abrió la noche Joe, líder de Humble He, banda de indie local, con un set acústico a caballo entre Nick Drake y Jeff Buckley que fue escuchado atentamente por el público (nada de los murmullos habituales en los locales españoles, Inglaterra es otro mundo). Siguieron la velada Mountaintop Junkshop, también de Leicester. Una banda de alt-country realmente interesante, que tiene lo más importante: un puñado de grandes canciones en la línea de Mazzy Star o The Jayhawks, llenas de grandes armonías vocales a cargo de Amy (piano,voz) y David (guitarra, voz). Posiblemente, el uso de caja de ritmos les resta un poco de pegada, pero en sus melodías se adivina un gran potencial. Posiblemente oigamos hablar de ellos en un futuro.

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Con puntualidad británica, aparecen Alynda Segarra y su renovada banda en el diminuto escenario, casi a ras de suelo, para empezar el show con Life To Save, en una versión que se alarga llenando de energía la sala y poniendo las bases del recital: mucha rabia y pura electricidad. El country-folk ha dejado paso a las guitarras eléctricas y a una actitud muy cercana al punk, que parece encajar perfectamente con el discurso de su líder. Nadie recuerda al llorado Yosi Perlstein, el delicado violinista que era básico en la etapa de Nueva Orleans. Ninguna acústica asomará por el escenario en todo el concierto, algo que hace un año hubiera sido impensable. ‘We are Hurray for the Riff Raff, we are Americans and we come in peace’, dice Alynda antes de emprender Nothing´s Gonna Change That Girl,  himno a la resistencia personal frente a las dificultades. Otro tema de su último trabajo, que será el protagonista indiscutible de la velada. La vocalista deja su guitarra y Caitlin Gray, una bajista exquisita, nos atraviesa con el riff de Hungry Ghost, un single que les acerca a los sonidos contemporáneos y con el que Alynda se destapa como animal de escenario, pequeña en estatura pero grande en actitud y protagonista absoluta de todas las miradas, en una interpretación mucho más eléctrica que en el disco.

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Un nuevo discurso, esta vez en contra de la gentrificación que ha empujado a muchos de sus antiguos vecinos fuera del Bronx por no poder pagar los alquileres y que hace que ella tampoco sepa si podrá quedarse en el barrio donde creció por mucho tiempo introduce Rican Beach, una canción llena de ritmos puertorriqueños, donde tiene espacio para el lucimiento Jordan Hyde, un guitarrista muy versátil; y que se convierte en uno de los temas más redondos de la noche. Alynda vuelve a colgarse su Epiphone para atacar el tema que da título al último Lp de la banda, un “canto para la comunidad y la fuerza de la gente unida frente a los poderosos”, The Navigator, que en directo se alarga con una nueva estrofa no presente en la versión grabada y que, en mi opinión, pierde parte de su encanto al sustituir el delicado arreglo de cuerdas del disco por un sonido sintetizado bastante alejado de la emoción del tema. “Oh, where will all my people go?”, canta Segarra en un crescendo final que acaba con la ovación más cerrada de la noche. Settle cierra el bloque inicial de temas nuevos poniendo una pausa necesaria y donde cobra especial protagonismo Sarah Goldstone, estilizada teclista que se pasó todo el concierto con una sonrisa en la boca.

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La sorpresa del concierto llega con “una de las viejas canciones”, nada menos que Daniella, de su disco debut hace ya casi diez años. Un tema que nunca ha desaparecido del todo del repertorio del grupo, dado el cariño que tiene la neoyorquina por él. The Body Electric, presentado como “una canción protesta” es sin duda uno de los momentos más esperados. Posiblemente la canción más importante de su trayectoria, la versión eléctrica no tapa la intensidad emocional que imprime la vocalista a esta historia que reescribe el destino de la joven Delia, protagonista de la célebre murder ballad Delia´s Gone, interpretada por muchos grandes artistas, de Bob Dylan a Johnny Cash. La banda acaba el repaso a su época New Orleans (de la que no sobrevive ningún miembro salvo la líder) con Good Time Blues, una muestra de la capacidad de la señorita Segarra de hacerse con la música tradicional y darle un aire fresco, alejado de los revivalismos que lastran muchas propuestas parecidas.

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Para la recta final del concierto, regresamos a The Navigator. Alynda se sienta en el piano para presentarnos el homenaje a sus bisabuelos, que emigraron de Puerto Rico a Nueva York buscando una vida mejor. “Una canción dedicada a la gente normal, que trabaja duro para salir adelante y dar una buena educación a sus hijos…” Durante Fourteen Floors sólo se escucha en la sala el piano y la voz de la puertorriqueña y los licks que salen de la guitarra de Jordan, en un continuo crescendo escuchado con devoción y silencio por el público asistente. El resto de la banda (desconocemos si aprovecharon la pausa para comerse un rollito primavera) regresa a escena y Alynda se cuelga por última vez la guitarra para atacar Living In The City, una canción emparentada con los grandes clásicos urbanos de Nueva York y que esconde, tras su simplicidad de tres acordes, una verdadera exhibición de matices vocales, que nos recuerdan la maestría del añorado Lou Reed; aunque las circunstancias han cambiado: si hace décadas era peligroso caminar por las calles ahora lo es convivir con la especulación que va desnaturalizando los barrios. Llega el momento de acabar el concierto con el himno del año: Pa’lante. Antes de arrancar, Alynda nos cuenta que ella es nuyorican, (puertorriqueña de nueva York), una comunidad que ha sido silenciada durante décadas. Nos pide que luchemos por nuestro entorno cercano, que nos ayudemos unos a los otros, sobre todo a los más débiles, que vayamos siempre Pa’lante (explicando el significado de la expresión al público inglés). Título tomado del periódico oficial de los Young Lords (grupo de activistas portorriqueños formado en Chicago en el 68 que se extendió por todo USA), la canción es interpretada con determinación y rabia, constituyendo el momento culminante de la velada. En el interludio, donde recita un fragmento del poema Puerto Rican Obituary de Pedro Pietri (el más destacado de aquellos activistas), se desata una tormenta instrumental donde se adivina la huella de las canciones más épicas de los Doors. Un himno de lucha y resistencia que resume la trayectoria vital de esta pequeña chica que a los diecisiete años dejó atrás una vida acomodada (su madre era directora del Departamento de Educación de la ciudad de Nueva York) para convertirse no sólo en cantante, sino también en una destacada activista social. Hasta el público inglés, tan callado en la primera mitad de la pieza, acaba gritando junto a Alynda, que tras dejar un “Pa’lante my friends, don´t give up” abandona el escenario dejando que su banda cierre el concierto con esa solvencia demostrada durante toda la noche.

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El bis fue corto y conciso, una canción de “el único Boss que he tenido en mi vida”, Dancing in the Dark, posiblemente el momento más liviano y festivo del concierto, casi me atrevería a decir que innecesario (hubiéramos preferido escuchar el Fortunate Son, que hacen a menudo y encaja más con el espíritu de la banda). Presentación de los componentes y gran ovación de un público que, al final, me comentaba que no podían creer que hubieran tenido la oportunidad de ver, en un pequeño escenario de su ciudad, a una banda como Hurray for the Riff Raff.

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Asistimos pues a la confirmación del gran momento de este grupo. La ambiciosa decisión de dejar atrás New Orleans y apostar por sonidos más eléctricos ha supuesto un acierto en la trayectoria de Alynda Segarra, que es al fin y al cabo la banda misma. El enorme triunfo en el SWSX de este año y su inclusión en carteles como el próximo festival itinerante Lampedusa (junto a Joan Baez, Lucinda Williams, Steve Earle y Emmylou Harris) confirman que ha llegado a la primera división. Por último, y como hecho negativo, destacar que la edad media de los asistentes al concierto era bastante más elevada de lo esperado. La música rock, que ha sido durante décadas un potente vehículo contracultural, parece haberse reducido para la juventud a “esa música que escuchamos en los festivales”, mientras se alejan de las salas, reducto de los verdaderos aficionados de toda la vida.

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