Serrat consiguió la gloria en su fiesta de despedida.

El cantautor catalán puso punto final a 57 años de carrera con tres conciertos en Barcelona. Sus cantares lograron que fuese un gran día, una fiesta a tocar del Mediterraneo. Para Serrat unas palabras, sencillas y tiernas: Gràcies per tot, mestre!

Si Joan Manuel Serrat hubiera aprovechado el día de su cumpleaños para anunciar su retiro pocos lo habrían creído. Pero hace una semana desde que el noi del Poble Sec dió por finalizado su viaje recorriendo escenarios. Y no, no fue ninguna inocentada. Fue una decisión en firme. Al terminar la gira del Vicio del Cantar el telón bajaría definitivamente. Una carrera de fondo que ha durado casi 60 años, llena de claros y oscuros, más políticos que por artísticos, cuya línea de meta, Serrat, a día de hoy ya ha cruzado.

Y no, no voy a ponerme sentimental y a tirar de la lágrima para destacar y ensalzar la figura del cantante. Lo cierto es que siempre fui más del otro pájaro con el que capitaneaban la Orquesta del Titánic. Es más, confieso que el del jueves fue el primero (y último) concierto suyo al que he asistido. Pero sus canciones me han acompañado en mayor o menor medida durante, como poco, treinta de esos sesenta años de carrera. Así que bien merecía, aunque fuese desde el anonimato del público, que me acercara a la despedida. Solo quedaba saber si el anfitrión de esta fiesta estaría a la altura.

Un escenario elegante, con su firma estampada en la gran pantalla nos daba la bienvenida uno a uno al Palau Sant Jordi. La banda dividida en dos partes, arropaba el espacio que Serrat llenaría en cuanto tocaran las nueve en el reloj. A cada lado los maestros Miralles y Kitflus tras sus teclados dirigen desde la sombra el espectáculo. Y sobre las tablas el mítico taburete que lo ha acompañado en tantas ocasiones. 

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La primera ovación llega cuando Joan Manuel Serrat aparece tras las cortinas mientras la banda acompaña su salida. Nunca fue un cantante de voz poderosa y prodigiosa, y con la edad la potencia ha ido a menos. De hecho, en “Temps era temps” costaba captar cada una de las frases de la canción. Puede que fuera sólo un problema de volumen, o si uno es menos pragmático le puede echar la culpa a la emoción. Por suerte, tuvo solución y pudimos escuchar ese vibrato tan característico de su voz.

Tirando de sutil ironía y sarcasmo, comenzó su fiesta de despedida, rogando que en caso de llorar, no se sequen las lágrimas en la manga del vecino. La magia de su repertorio hace que probablemente cada canción que sonó esa noche fuera importante para alguno de los 15000 espectadores que llenaban el Palau. “Canço de bressol” fue el primer torpedo a la línea de flotación emocional (como poco para la pareja que tenía al lado). El canto a la crónica de la infancia de “El Carrusel del Furo” vino acompañado de una dedicatoria a su abuelo, al que lo transformó en feriante por un día en la canción.

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Una de las virtudes que Serrat siempre tuvo, fue la de saber representar en sus letras muchas realidades en muchas épocas distintas. Y ha sido capaz de hacerlo sin que el significado pase de moda como en “Pueblo blanco” que bien podría ser un ejemplo de cómo se ha llegado al concepto de «la España vacía». “Sería fantàstic” navegó con calma antes que llegara el primer himno de la noche. Con “Me’n vaig a peu” se pudo escuchar a un público  acompañar la canción y romper de alguna manera la solemnidad del evento. Sirvió para volver a ver esa imagen de Serrat con una guitarra colgada de nuevo.

El swing de “No hago otra cosa que pensar en ti” sirvió para presentar a los músicos que llevan años acompañándolo por los escenarios del mundo. Esa vis más canallesca de su repertorio, tuvo continuación con “Algo personal” para la que volvió a enfundarse la guitarra. Pero el desenfado se tornó pronto en llamada conciencia social tras la presentación de “Pare” y su reivindicación ecológica sobre el cambio climático. Cuesta creer que una canción compuesta hace 50 años siga estando tan vigente a día de hoy. Con el Sant Jordi en pie, los acordes de “Canço de matinada” devolvieron a su cauce el ritmo del concierto. 

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En la carrera de Serrat los versos de Hernández, así como los de Machado, han tenido gran importancia. Por eso en la presentación de “Las Nanas de la Cebolla” quiso tener un recuerdo para el poeta alicantino. A renglón seguido, encadenó otro de los grandes himnos musicados que tienen en común como es “Para la libertad” que volvió a poner en pie al público. “El meu carrer” i “Barcelona i jo” fueron el homenaje que el cantautor quiso ofrecer a la ciudad que lo vió nacer y crecer como persona y músico. “Es caprichoso el azar” nos ofreció al Serrat más romántico, cantando a dúo con la violinista Úrsula Amargós. 

Pero aquello había dicho que era una fiesta, y el desenfado tuvo su rato de protagonismo con el optimismo de “Hoy puede ser un gran día”. Todo un contraste con la crudeza y dureza de una letra como la de “La tieta” que a más de uno pilló con el pie cambiado y el lagrimal flojo. A estas alturas todos ya sabíamos que esta despedida estaba llegando al desenlace al que nadie quería llegar.

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Durante todo el concierto la pantalla gigante fue acompañando los temas con diferentes y acertadas imágenes. Así que cuando una orilla del mar con tranquilas olas meciéndose asomaron, estaba claro que el protagonista sería el Mediterraneo. El mar que da título a uno de los mejores temas de la historia de la música escrita en castellano se llevó su merecida ovación. Acto seguido quiso dedicar su “Plany al mar” a quienes pierden la vida en sus aguas. 

Todo pasa y todo queda… Así comienza “Cantares”, o cómo hacer aún más eterno a Machado. Y el concierto iba pasando, y la emoción se iba quedando en el pecho sabiendo que el fin estaba cada vez más cerca. Quedaba espacio para un par de canciones, tres a lo sumo, y a cada uno de nosotros nos faltaban mínimo cinco que aún no habían sonado. Las linternas de los móviles hicieron del Sant Jordi un planetario lleno de estrellas con el que acompañar aquellas “Paraules d’ amor” senzilles i tendres. Y sí, el concierto terminó con “Fiesta”, en una extraña mezcla de alegría y tristeza en los presentes. Todos en pie, ofreciendo a Serrat el adiós en forma de aplausos, quedaba la sensación de que aquello no podía ser el final. 

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Pero si lo fue. Aunque en el mundo de la música últimamente las despedidas y las giras finales tienen la misma credibilidad que un billete de seis euros. Nombres como Motley Crue, Scorpions o Kiss llevan años tirando de esas interminables giras finales. Y nosotros disfrutando, a regañadientes de eso. Por mi parte, me quedé sin poder decirle adiós a Lucia, Penelope o Curro el Palmo, y no me importaría que Serrat se lo replantease en alguna ocasión para darme el gusto de despedirme una vez más. Por si acaso resulta que Serrat es coherente con su decisión… Muchas gracias por todo maestro, ha sido un verdadero placer.  

Fotos: Desi Estévez



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