ANTIPINK. PAUL ZINNARD

Confieso que con Paul Zinnard se me están agotando adjetivos, símiles, metáforas; los tópicos me acechan pero no los utilizaré. ¿Qué puedo decir entonces de este álbum? En solo dos días me ha robado el corazón, diría, pero no sé si queda cursi. Eso es Antipink: la vacuna contra el más malsano de los pecados artísticos, la cursilería.

Una vacuna eficaz en tiempos de barbies, lalalands y cielos rosados. Paul Zinnard echa mano de lo que nunca le falla, la honestidad, y entrega ocho canciones urgentes, a caballo entre dos discos, el que no hace todavía un año que presentó y el que ya está cocinándose. Son canciones que ha ido filtrando en los últimos meses y que han aterrizado en esta colección. Es ahora cuando podemos ver el conjunto, la secuencia completa. “Affectionally Yours”, publicada inicialmente en 2020, abre Antipink en una nueva versión, furiosamente estoniana, en la que la voz se refugia en el fuego instrumental.

¿Acaso hay mejor manera que un rock directo a la boca del estómago para hablar de lo que te pasa con una chica? Posiblemente no, ni mejor forma de abrir esta declaración anticursi. Escuchen la voz negroide del final, que viene de un lugar muy hondo, de las entrañas de la canción. En Antipink caben muchas cosas, porque además se nota la mano de David Aldave y la presencia de Julio Gómez en el taburete. Está el Paul Zinnard reconocible, el que siempre fiel a si mismo se reformula en cada disco en busca de nuevos matices.

Es el de “Go Wrong”, moviéndose en círculos que la guitarra eléctrica rompe para volverlos a cerrar, canción en la que el músico se reconoce a si mismo como outsider y nos advierte que nos mantengamos alejados de quienes nos consideran juiciosos, una posición que aparece también en otra canción arquetípica de Zinnard, “Everyone but Me”, guiada por el ritmo obsesivo y la voz que es como la arena fina de los relojes: I was on the other side, canta. Como ellas también “In the Long Run”, que podría estar en cualquiera de sus discos anteriores, y que nos apresa en sus armonías, nos adentra en ese largo camino que compartimos. Si fuera por estas cuatro estaríamos ante un excelente disco de Paul Zinnard, de esos en los que no hay canción menor, y esto no sería una novedad. Pero hay más, hay otras cuatro que llevan a preguntarse si con este manifiesto contra la cursilería Paul Zinnard ha igualado o incluso superado lo que parecía su cima, Amateurs in Yokohama, su obra de 2025 y uno de los mejores discos creados en España el año pasado.

No lo diré, establecer comparaciones es arriesgado e inútil. Lo que sí diré es: Que “Somewhere” es una balada que parece provenir de un mundo que no es el nuestro, un espacio sonoro de inmensa belleza en el que las guitarras gimen y la canción crece, escala hasta las nubes mientras un piano jalona la subida, una canción escrita del revés, con palabras que se miran en un espejo deformante.

Que “You Don’t Love Me”, construida con guitarras aceradas, es el ropaje rockero sin el que resulta imposible cantar cosas como I know you don’t want me anymore, una canción en la que resuena el viento helado y las palabras se ponen de rodillas. Que “Fairies and Romeos” es una apuesta indie de alto voltaje en el que la guitarra acústica te hace sonreír, te cosquillea el pecho, que tiene un estribillo festivalero para corear, y sí, ¿por qué no me cantas una canción de hadas y Romeos?

Y que “A Cure for Love” es la fantasía de esta colección, con su batería omnipresente, con las rupturas melódicas, el recitado que nace de las grietas, el silbido del caminante, el crescendo guitarrero, la llegada del hombre a la Luna, la cura para el amor y el abrupto final: es joya inesperada, pop oscuro de máxima pureza. Ocho canciones perfectas y una pregunta que no necesita respuesta: ¿es este su mejor disco?

Paul Zinnard (voz, bajo, guitarra acústicas, teclados). David Aldave (guitarra eléctrica y coros). Patricia de Velasco (coros). Julio Gómez (batería, guitarra eléctrica, guitarra acústica). Guillermo Molina (batería y guitarra en “Fairies and Romeos”).

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