Copperhead Road no es solo un disco en la carrera de Steve Earle: es una ruptura, una declaración de principios y, el momento exacto en el que Earle decidió que no iba a jugar con las reglas de nadie. Escucharlo hoy —o haberlo escuchado entonces— es enfrentarse a un álbum que suena desafiante, sudoroso, orgulloso de su mezcla de raíces y electricidad, y profundamente honesto sobre el país, la clase trabajadora y las contradicciones USA.
Cuando Copperhead Road aparece en 1988, Steve Earle no es ningún novato. Después de años currando en la sombra como músico de estudio o componiendo para otros, alcanzó el éxito con Guitar Town a los 31 años. Tras Guitar Town y Exit 0, decide ir más lejos. Decide tensar la cuerda. Para ello opta por grabar un álbum que suene igual de (in)cómodo en una radio rock que en una emisora country, aunque eso signifique quedarse en tierra de nadie. Demasiado country para los rockers y demasiado duro para los vaqueros. Y eso es precisamente lo que lo hace grande: Earle nunca buscó pertenecer, sino hacer su propio camino.
Por entonces Steve ya estaba inmerso de lleno en la espiral de consumos que terminaría por llevarle al filo de mudarse al otro barrio. Además, ya contaba con su primer divorcio, y aún vendrían 6 matrimonios más, incluyendo dos matrimonios con Lou-Anne Gill, con sus correspondientes divorcios y dramas, pero eso es otra historia que da a entender el buen carácter de nuestro amigo.
La canción que abre y da nombre al disco es una obra maestra narrativa. “Copperhead Road” es una historia multigeneracional de contrabando, guerra, herencia y resistencia rural. Musicalmente, es una bestia híbrida: una melodía con raíces folk e irlandesas, un riff que podría tocar una banda de hard rock, y una letra que parece sacada de una balada tradicional, pero atravesada por Vietnam y la guerra contra las drogas. Es imposible no sentir que Earle está hablando de su país, de la persecución a los márgenes, y también de sí mismo. Cada vez que suena la gaita de la introducción, sabes que estás entrando en territorio peligroso y fascinante. La canción cuenta la historia ficticia de John Lee Pettimore III, quien al regresar de Vietnam retoma la tradición familiar: si las generaciones anteriores se habían dedicado a la producción y contrabando de Moonshine en la época de la Ley Seca, John Lee se dedicará a traficar con marihuana en el condado de Johnson en Tennessee. Reflejo y crítica del estado a sus veteranos de guerra.
Desde ahí, el disco no baja el nivel. “Snake Oil” es puro sarcasmo político, una crítica mordaz al cinismo del poder y al negocio del miedo. Steve Earle siempre fue un letrista político, pero aquí lo hace sin panfletos, con humor negro y colmillo en un tema lleno de Groove. “Devil’s Right Hand”, por otro lado, se convirtió en un clásico inmediato: una canción sobre armas, herencia y violencia que no juzga desde arriba, sino que muestra el peso cultural del objeto.
No es casual que años después Johnny Cash la regrabara: hay algo profundamente americano en esa canción, algo incómodo y verdadero. El disco suena potente y engrasado, con unas guitarras poderosas y el contrapunto de fiddles, dobros, pedal Steels o mandolinas (a veces distorsionados) que enlazan con la tradición más vacuna.
La producción al alimón de Tony Brown y Earle es robusta y cruda (pese a las baterías algo ochenteras todavía). Es un disco que late y suena lleno de rabia y cierta peligrosidad.
“Johnny Come Lately” cuenta con la colaboración de The Pogues y su aire irlandés para narrar una historia que Steve contará más veces en su carrera y es un invariable en la historia: la del soldado pobre enviado a morir en la guerra de los ricos. Con ese tono marcial, burlón y tabernero parece festiva, pero está cargada de acidez. Antibelicista y en contra de ese patriotismo vacío tan en boga a día de hoy. No hay banderas ondeando orgullosas sino desconfianza, ironía y rabia contenida. Otro tema que denuncia el trato a los veteranos de Vietnam por su país, contrastándolo con el recibimiento como héroes que recibieron los soldados cuando regresaron de la WWII.
El cierre con “Once You Love” (que encajaría como un guante en cualquier disco de Springsteen con la E Street Band), o “Nothing But a Child” aportan un lado más íntimo, demostrando que Copperhead Road no es solo furia y comentario social, sino también vulnerabilidad y emoción. En particular, “Nothing But a Child” destaca por su delicadeza: es una de esas canciones que recuerdan que Earle puede ser feroz y tierno en el mismo disco sin que nada suene forzado.
Resulta imposible separar este álbum (y casi cualquiera de su carrera) del momento vital de Steve Earle. Sabemos que estaba atravesando una etapa complicada, con adicciones, con tensiones con la industria, con una sensación de no encajar del todo en Nashville. Y, sin embargo —o precisamente por eso—, Copperhead Road suena a verdad. No hay pose. No hay cálculo frío. Hay urgencia. Hay alguien que siente que tiene que soltar estas canciones ahora, antes de que algo se rompa.
En su momento, el disco desconcertó a muchos. Para algunos era demasiado rock para ser country; para otros, demasiado country para ser rock. En cambio, fue una revelación. Era la confirmación de que Steve Earle estaba construyendo su propio camino, uno que luego sería llamado Americana, outlaw, roots rock o como se quiera, pero que en ese momento simplemente era Steve Earle siendo Steve Earle.
Escuchado hoy, Copperhead Road creo que no ha envejecido mal; al contrario, suena vigente. Las historias de veteranos olvidados, de comunidades perseguidas, de violencia estructural y desconfianza hacia el poder siguen resonando. Musicalmente, su mezcla de estilos anticipó a generaciones de artistas que hoy llenan festivales y listas con ese mismo cruce de géneros que Earle trajo aquí.
Copperhead Road es el disco donde Steve Earle dejó de pedir permiso. Donde aceptó que nunca sería completamente aceptado por ningún bando, y decidió que eso estaba bien. Es un álbum que se escucha con los pies en la tierra y el volumen alto, que invita a pensar y a moverse, que incomoda y emociona. Un clásico no solo por sus canciones, sino por la valentía que las sostiene. Si Guitar Town fue la presentación, Copperhead Road fue el manifiesto. Y sigue siendo, décadas después, una de las razones principales por las que Steve Earle es necesario.