Tyler Childers incendia París en su particular Purgatorio

La velada tenía ya un pulso especial desde antes que conocimos que la telonera sería Molly Tuttle. No era un concierto cualquiera en París: era una noche compartida, un cruce de caminos entre dos maneras de entender el americana. Y aunque muchos habían venido por él, nosotros no lo teníamos tan claro: era un doble cartel en toda regla. Molly salió sin artificios, con esa mezcla de timidez y seguridad que desarma. Una sorpresa, ya que en la parte británica de la gira se había hecho acompañar por Vanessa McGowan al contrabajo y su prometido Ketch Secor. Pero no importaba: ella sola sabe llenar un escenario.

Arrancó con “The Highway Knows”. Desde ese primer tema, quedó claro que su pequeño recital iba a ser un universo propio. Si cuando apareció hace una década podíamos decir que era una gran instrumentista pero no tan buena compositora, en sus últimos discos ha empezado a escribir canciones relevantes. Esta es un claro ejemplo. Además, su fingerpicking, tan preciso como vibrante, llenó cada rincón sin necesidad de banda de acompañamiento. “She’s a Rainbow”, su recuerdo a los Stones, pasó casi desapercibida. No sabemos hasta qué punto el joven público conocía la pieza. Los veteranos disfrutamos con esa reinterpretación juguetona del clásico de la banda británica.

A partir de ahí, el concierto siguió creciendo con unas canciones que se benefician de su increíble destreza, aunque a veces abusa de ella convirtiéndolas en exhibiciones de virtuosismo. El estar sola ante el peligro ayudaba: era ella frente a un público que quería ver volar sus dedos, como indicaban los gritos de asombro en sus momentos instrumentales más acelerados.

Tras repasar nuevos temas como “Rosalee” o “Old Me (New Wig)” llegó el momento de ir cerrando el concierto con dos de sus clásicos. “Crooked Tree”, con su groove perfecto que reivindica la vigencia del bluegrass en nuestros días. “Dooley’s Farm”, su canción más importante, huele a raíces profundas y Molly la cantó como si fuera la primera vez que lo hacía.

Tras media hora de alto nivel, era hora de decir adiós. Con su sonrisa tímida y agradecida por la gran acogida, Molly se bajó del escenario sabiendo que había cumplido de sobras con su misión: calentar el ambiente en una noche para el recuerdo en una ciudad en la que actuaba por primera vez y que le había enamorado.

Un “bosque de señales”, un lugar abrumado por direcciones y letreros, un pequeño televisor, una gran pantalla detrás del escenario con un gran festín visual y una gran bola de espejos en el techo. Tyler Childers y su banda ofrecieron en el ecuador de su gira europea y su primera visita a Paris este pasado 13 de marzo, un espectáculo increíble de calidez y energía, incendiando el mismísimo y cercano Arco del Triunfo.

Cuando Childers sale al escenario, vistiendo un pantalón de vestir color vino oscuro con raya diplomática, polo azul oscuro con cuello blanco y una rebeca de lana verde, en apariencia, te lo podrías fácilmente imaginar sentado en los primeros bancos de madera de una vieja iglesia mientras escucha en silencio el sermón del domingo a media tarde. Camina con paso despreocupado, parece desubicado, como el tipo que anda en medio de su sala de estar y no consigue encontrar un libro en medio de los acordes de la banda. Agarra el micrófono y comienzo a escupir las letras del primer tema, Eatin’ big time, y es entonces cuando vemos como su energía va transformando el lugar, y el público ya se ha transformado en un coro unísono que inunda la Pleyel de París. Esto acababa de empezar y la sala era una olla a presión.

Pero la suya es una llama que se alimenta con cautela, pero desatándola con fuerza a modo de predicador de los infiernos en una exuberante noche de lluvia. El de Kentucky, aquel chico advenedizo que componía canciones en su cabeza mientras trabajaba en empleos ocasionales, produciendo más dinamita que la que se encuentra en las minas de carbón locales, ahora tiene Grammy, premios, reconocimiento y la aceptación del público general y muy joven. El soplo de aire fresco de los Apalaches se coló definitivamente en Europa para quedarse.

Tyler tiene una forma peculiar de interpretar sus composiciones, estamos ante una suerte de predicador que, con un estilo musical propio y auténtico, deja flotar las palabras entre la audiencia como un cuchillo que penetra en la mantequilla, y lo hace actuando casi sobre cada frase, gesticulando y masticando cada sílaba, puede parecer el chico que los padres quieren ver camino al altar junto a sus hijas, para segundos después ver como el mismísimo diablo ha penetrado en sus entrañas, y es que hay momentos como en House Fire donde parece que te fulmina con la mirada.

Queda bastante claro cuando presencias en directo al de Kentucky que este está criado en el góspel, esto es un detalle que ya se aprecia en sus discos, pero en directo adquiere una presencia aún mayor. Y es que desde el minuto uno es un predicador vehemente con la vena yugular en ebullición permanente, arterias que apenas tienen un respiro durante las dos horas que dura su actuación, hasta que llega el cierre con una deliciosa “Lady May”.

Una banda de ocho músicos supo cómo arropar a Childers sin grandes demostraciones de virtuosismo musical, sino acompañando con precisión a un talento especial. No eclipsan la singular voz de Tyler, simplemente aportan lo que necesita cada canción. En el repertorio, canciones excepcionales. Tras comenzar con “Eatin’ Big Time” y “Shake the Frost”,  repasas la que dice una de las canciones que más disfruta en directo; “Trudy” de The Charlie Daniels Band.

La apoteosis empieza en las coreadísimas “All Your’n” y “Oneida”, temas que valen por toda una carrera. Canciones le sobran, como demuestra “Jersey Giant”, que Tyler suele llamar “mi canción de TikTok”. Nunca la ha publicado oficialmente y, sin embargo, es siempre una de las destacadas en sus conciertos. Un momento lleno de emoción, impregnado de toda la melancolía que ha impulsado su popularidad.

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Hubo un momento especialmente revelador. Antes de arrancar “The Bitin’ List”, Tyler se sentó en el sofá, cogió el micrófono y empezó a hablar. Con tono acelerado evocó a un verdadero predicador sureño, uno de esos que hablan desde la convicción y la verdad. Habló del peso de las cosas pequeñas, de los agravios que se acumulan, de esa lista invisible que todos llevamos dentro.

El público, en silencio absoluto, no observaba: escuchaba como si aquello fuera importante de verdad. Pasaron casi seis minutos, un sermón casi interminable, que desembocó en la canción que hace unos meses le dio su primer Grammy. Quedó claro que Tyler Childers no solo canta canciones. Las predica. Y “The Bitin’ List”, en sus manos, no fue un tema más del repertorio: fue una lección de vida que todos deberíamos aprender.

Tras el clásico “The Old Country Church” en la que presenta a sus músicos, es momento de “Honky Tonk Flame”, donde cede el protagonismo a la invitada de la noche, Molly Tuttle, antes de encaminarse a un tour de forcé final impecable.

Lo abre el funky gospel de “Way of the Triune God”, donde destaca la infravalorada voz de Tyler. “Snipe Hunt” es puro rock, la demostración de todos los registros que dominan él y su banda. Ya con el regulador de velocidad desactivado, se lanzan directos a la autopista del infierno con “House Fire”.

Para ir acabando, una elección arriesgada pero certera: la serena y cósmica “Universal Sound” y la dulcemente acústica “Lady May”, las dos canciones que cerraban con maestría aquel excepcional “Purgatory” con el que le conocimos. Qué gran visión la de Sturgill Simpson dándole la alternativa. Años después, el discípulo ha llegado a niveles de popularidad más grandes que los de su mentor.

Texto Javier Casamor, Patricio González Machín y Carlos Pérez Báez. Fotos y vídeos Carlos PB y Patricio González Machín.

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