The Sword + Earthless en Razzmatazz 2 (Barcelona): Psicodelia expansiva y metal de combustión lenta

La noche del jueves en Razzmatazz 2 parecía diseñada para quienes todavía creen que los riffs deben sentirse más en el pecho que en los oídos. Dos bandas, dos aproximaciones distintas a una misma genealogía sonora: psicodelia expansiva y metal de combustión lenta.

Earthless fue quien abrió la ceremonia. Y “abrir” quizá sea una palabra demasiado funcional para una banda que parece entender cada concierto como una deriva colectiva. Sin demasiadas presentaciones ni artificios, entraron directamente en terreno conocido: largos desarrollos instrumentales, riffs circulares y esa sensación de que las canciones no empiezan ni terminan, simplemente atraviesan una habitación y la transforman.

Había además una pequeña sensación de familiaridad extra al ver a Isaiah Mitchell sobre el escenario. Hace apenas unos días habíamos hablado con él y, después de una entrevista, siempre ocurre algo curioso: la figura del músico pierde algo de distancia y gana dimensión humana.

El tipo tranquilo, cercano y apasionado que aparece en una conversación acababa de transformarse otra vez en ese guitarrista capaz de estirar una nota hasta convertirla en un paisaje entero. Mitchell lleva años defendiendo una idea casi física del directo, donde el concierto es una experiencia compartida más que una simple ejecución técnica. Esa filosofía se percibe sobre el escenario: toca como alguien que parece dejar que la música ocurra antes que intentar dominarla.

Su guitarra fue el eje absoluto de la actuación. No desde el exhibicionismo ni desde el virtuosismo de gimnasio, sino desde esa mezcla de Hendrix cósmico, blues deformado y psicodelia japonesa que Earthless ha absorbido durante años. Lo suyo parece improvisación, pero debajo hay una escucha casi telepática entre Mitchell, Mike Eginton y Mario Rubalcaba.

Después llegó The Sword.

Había cierta curiosidad por ver cómo respondía la banda tejana tras su regreso y la celebración de una etapa especialmente reivindicada de su trayectoria. No tardaron en despejar dudas. Desde los primeros compases quedó claro que lo suyo sigue funcionando porque nunca ha necesitado complicarse demasiado: riffs enormes, precisión y una mezcla muy particular entre metal clásico, stoner y épica fantástica.

La diferencia con Earthless fue inmediata. Donde los californianos expandían, The Sword comprimía. Cada tema golpeaba con estructura y dirección; canciones construidas para avanzar como maquinaria pesada.

Los momentos más celebrados parecían llegar cuando la banda conectaba con ese sonido más musculoso y primigenio de sus primeros discos: guitarras gruesas, ritmos contundentes y esa estética entre espada, polvo y ciencia ficción que llevan cultivando desde hace dos décadas.

La sensación final dejó una impresión curiosa: no parecía un concierto de telonero y cabeza de cartel, sino un doble programa cuidadosamente ensamblado. Earthless proponía el viaje; The Sword ofrecía el impacto.

Y al salir a la calle Pamplona, con los oídos todavía zumbando, quedaba una sensación familiar: algunas noches de Razzmatazz siguen funcionando exactamente para lo que nacieron. Salir un poco más aturdido de lo que uno entró.

Texto y fotos Desi Estévez.

 

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