Chris Isaak enamora Barcelona con otra noche para el recuerdo

Hay artistas que parecen haber encontrado la fórmula para detener el tiempo cada vez que suben a un escenario. Tres años después de su última visita a Barcelona, Chris Isaak regresó sin nuevo disco que defender y con una única misión: recordarnos por qué sigue siendo uno de los grandes románticos del rock americano y uno de los mejores anfitriones que uno puede encontrarse sobre un escenario.

Parece que Chris Isaak se tomó en serio la promesa de no dejar pasar tanto tiempo antes de volver a Barcelona. Tres años después de su concierto en el Poble Espanyol, el crooner californiano volvía sin nada que presentar bajo la única excusa de mostrar lo que mejor sabe hacer: que te sientas especial en sus conciertos. Y cantar, por supuesto. Su último trabajo fue un especial navideño allá por 2022. Desde entonces, Chris Isaak no ha dejado de girar por el mundo, por suerte para todos.

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Con unos pocos minutos de retraso, salían los músicos que conforman la formación actual de los Silvertones que lo acompañan. Tres nuevos rostros sobre el escenario: el guitarrista JD Simo, el teclista Mike Webb y el batería Chris Powell. Y junto a ellos, la presencia imprescindible de Rowland Salley al bajo. Y si alguno pudiera pensar que el espectáculo podría resentirse por esos cambios, estaba del todo equivocado. Desde la inicial “Beautiful Homes” la complicidad que se desprende entre los músicos se hizo más que evidente. El público catalán se quiso unir a las celebraciones cantándole el «Happy Birthday» tras “Somebody’s Crying”. Algo que agradeció diciendo que su mal día había mejorado de golpe.

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Con los primeros acordes de “Here I Stand” comenzó un paseo que le llevó desde la platea hasta los pisos más elevados sin dejar de cantar. Desde el balcón del primer piso, bromeó con el batería diciendo que el plexiglás que rodeaba su batería estaba para protegernos de su peligrosidad y lo invitó a tocar un tema. Tras unos pocos compases, Isaak lo interrumpió sugiriendo que fuese algo que él pudiera cantar. Y así comenzaron “Don’t Leave Me on My Own”, que fue cantando entre el público del segundo piso hasta volver al escenario de nuevo para interpretar una incendiaria “Put Out Your Hand”, con coreografía incluida.

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Y llegó el inevitable hit que catapultó a Chris Isaak a las mieles del éxito. Tan reproducida que a veces se tiende a pensar que es un «one hit wonder» y, por extensión, su mejor canción. Craso error para quien no ha rascado en su casi perfecta discografía. Al menos “Wicked Game” nos sirvió para comprobar que la garganta de Chris Isaak sigue manteniendo esos dulces tonos y la potencia para lanzar esos quejidos agudos tan característicos de su estilo.

El calor de la sala no pasó desapercibido para el músico, que nos recordó que si nosotros teníamos calor imagináramos cómo estaba él, que tenía que llevar traje. Y aguantó con él puesto hasta que, pasado “Speak Of The Devil”, con una graciosa interacción con Rowland Salley incluida, y su tributo a Roy Orbison bordando “Oh, Pretty Woman”, dieron paso a un set algo más acústico.

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Mientras preparaban los taburetes, Isaak se desprendió de la chaqueta y pudimos comprobar que, si se debía juzgar el concierto por lo que estaba sudando, el show estaba siendo muy intenso. “Forever Blue” fue la primera de esta sección y ya se podían ver los ríos de sudor que recorrían la tapa de su Gibson, con su perlado nombre en ella. Si quedaba alguna duda del humor que tenía, él mismo se acercó a la primera fila para recoger una reproducción en miniatura que una pareja le había fabricado de su acústica, con la que posó diciendo que la guitarra no era pequeña, es que él era enorme. Y no voy a ser yo quien le quite la razón. Como artista lo es. Más allá de las tablas y los guiños más o menos establecidos, la naturalidad con la que los deja ir te hace creer que son solo para ti.

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Mike Webb, que había pasado al frente llevando un acordeón, acompañó una exquisita “Two Hearts” con más falsetes imposibles para otras gargantas. Se saltó el repertorio para regalarnos “Blue Spanish Sky”, de la que nos explicó que la escribió tras una visita a España en recuerdo a la agente de prensa que lo acompañó durante toda su estancia. La banda se quitó un poco la tristeza para atacar una sensual “Dancin’”, que devolvió el pulso eléctrico por un momento al concierto y nos ofreció un poderoso ejercicio vocal final de Isaak.

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Hagamos un pequeño parón para dedicarle unas líneas al bajista Rowland Salley. Si el directo de Chris Isaak se hace inolvidable es en buena parte por el trabajo que Salley hace sobre el escenario. Sus líneas de bajo vienen acompañadas de una actitud contagiosa y una energía increíble. Por eso, quizás, Isaak le cede el protagonismo, tras intercambiar instrumentos, para que cante “Killing the Blues”, de la que es compositor.

Y si The Big O fue homenajeado previamente, ahora llegaba el turno del Rey, del que nos regaló “Can’t Help Falling in Love”. Iniciada tras un falso arranque de “My Happiness”, que también cantó en algún momento Elvis, invitó al público a abrazarse a su pareja y bailar.

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Ya sin taburetes sobre el escenario, volvió la electricidad y los tonos llenos de trémolo y el ambiente de California para sacar otra de sus joyas conocidas. “Blue Hotel” dejó otra de esas coreografías entre Isaak, Salley y JD Simo. “San Francisco Days”, “Lie to Me” y “Big Wide Wonderful World”, con rotura de cuerda incluida, pusieron fin al grueso del concierto.

Y con los bises, Chris Isaak volvió al escenario con su traje de espejos para rematar un concierto sin fisuras. Para acompañar “Baby Did a Bad Bad Thing” se hizo acompañar de varias chicas del público para que bailaran. Quizás un guiño fuera de época… o una época fuera de guiño, que cada uno lo vea como quiera. En lo musical, incluyó el tema de James Bond y “Bye, Bye Baby”.

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El single con el que conocí al californiano, “Can’t Do a Thing (To Stop Me)”, fue el siguiente tema con el que sembrar la vena más romántica de su repertorio. En esa misma onda recuperó “Black Flowers” antes de recordar a otra de sus grandes influencias, James Brown. Suyo fue el tema “I’ll Go Crazy”, con el que se dio otro baño de multitudes bajando a pasear entre el público para dar el punto final a la velada con “The Way Things Really Are”, uno de sus temas más recientes.

Chris Isaak tiene tanta clase en su saber hacer que incluso un final tan anticlimático como el que se podría esperar en la práctica encadenando grandes éxitos sigue siendo el cierre perfecto para un concierto como el suyo. El californiano pertenece a esa cada vez más rara avis de artistas capaces de llenar un escenario solo con su presencia y un trabajo bien hecho.

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Con setenta años, cumplidos durante su actuación en el BBK y recordados por el público en Barcelona al día siguiente, Chris Isaak podría parecer que tiene un pacto de juventud. Y si bien es cierto que en las distancias cortas y con el excesivo calor que hacía en la sala Paral·lel 62 su figura era cercana a una de las figuras de cera del final de “House of Wax”, en lo musical no se notó para nada. Podría repetir una y otra vez el mismo concierto y hacerte sentir que has salido de ver una velada especial. Y eso, quedan muy pocos que sean capaces de conseguirlo.

Fotos: Desi Estévez

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