Kamasi Washington honra a los grandes del jazz en el Blaumarí

Kamasi Washington aprovechó su exclusiva parada barcelonesa dentro del Blaumarí Music para rendir homenaje a algunos de los nombres que marcaron su formación musical. Acompañado por una banda extraordinaria, el saxofonista californiano convirtió el Port Vell en un viaje por el legado de John Coltrane, Miles Davis, Sonny Rollins y Wayne Shorter, demostrando que el jazz sigue siendo un lenguaje vivo en constante evolución.

No queda duda de que Kamasi Washington es uno de los músicos más importantes en la revitalización del jazz durante el siglo XXI. Nunca ha tenido el jazz un éxito masivo y multitudinario, dejándolo a menudo como un género entendido solo por unos pocos. Quizás esa perspectiva ha hecho que la tendencia pareciera la de refugiarse en círculos cada vez más especializados. Pero la llegada del saxofonista californiano consiguió algo que parecía improbable: devolverlo a la conversación cultural contemporánea sin renunciar a su complejidad ni a sus raíces. En 2015, su trabajo “The Epic” supuso todo un repunte y la parte más visible de los brotes verdes que se iban sucediendo en el jazz. Fue la aparición de una nueva voz capaz de conectar la tradición de gigantes como John Coltrane, Miles Davis, Sonny Rollins o Wayne Shorter con una generación que había crecido escuchando hip hop, soul, funk y música electrónica.

20260612-Kamasi-Washington_OZ81119©DesiEstevez

Precisamente esos fueron los nombres protagonistas en la velada que ocupaba el nuevo espacio del Blaumarí, la nueva propuesta musical para los veranos de la ciudad condal. La última visita de Kamasi Washington, presentando su último trabajo hasta la fecha, “Fearless Movement” (Young Turks, 2024), hace apenas un año en Razzmatazz consiguió llevar al éxtasis al público que llenaba la sala. Pero más allá de la banda sonora para el anime Lazarus, la actividad del saxofonista ha sido bastante discreta. De hecho, la fecha de Barcelona, junto con la de Londres, van a ser las únicas presencias en Europa de su actual gira.

Los herederos de los gigantes

Tras la sesión de jazz que nos brindó Anton Jarl Trio, formado por Llibert Fortuny, Thomas Warburton y el propio Anton Jarl, desde el escenario situado en el Moll Blaumarí mientras el atardecer se dejaba caer a orillas del Mediterráneo, llegó el momento de disfrutar de la calidez y de la calidad de Kamasi Washington y su banda. Sobre el gran escenario flotante del Blaumarí fue colocándose el octeto con el saxofonista ocupando la posición central. Pero lejos de destacar como figura que es, compartía casi espacio con Rickey “Pops” Washington al saxo soprano y la flauta, Maurice Brown a la trompeta y Patrice Quinn a la voz. A cada lado, los teclados de Brandon Coleman y Cameron Graves cubrían el resto de la línea frontal. Y en un plano más elevado, la base rítmica con Miles Mosley al contrabajo y Tony Austin a la batería.

Un homenaje desde el presente

Ocho músicos excepcionales sobre un escenario que se llenó de homenajes a los ya citados grandes nombres del jazz. La propuesta de Kamasi Washington se aleja bastante de la simple interpretación fiel, dando una vuelta de tuerca incluso al espíritu libre del género. Iniciaron el concierto fusionando “Olé” de Coltrane con “All Blues” de Miles Davis tras una introducción que fue una de las pocas interacciones con el público más allá de las presentaciones de sus compañeros. En ella pudimos sentir el verdadero respeto que el músico tiene por sus maestros, pero también el desparpajo para ofrecer su toque personal a las partituras. Suyo fue un primer solo que no fue seña identitaria de lo que se podría esperar a nivel de protagonismo. En cada tema los diferentes músicos tuvieron sus momentos de lucimiento.

20260612-Kamasi-Washington_OZ81080©DesiEstevez

La espiritualidad tomó el relevo con “Acknowledgement Of A Love Supreme In A Little Church”, una pieza que juntaba “A Love Supreme” de Coltrane y “Little Church” de Miles Davis. En ella destacaron tanto la voz de Patrice Quinn, ejerciendo de guía litúrgica como quien acerca el nombre de Dios a la tierra, como la dulzura del saxo de Kamasi. El espíritu de Coltrane siguió sobrevolando el muelle con “Giant Steps In Airegin”, un vertiginoso diálogo entre su “Giant Steps” y “Airegin” de Sonny Rollins que permitió el lucimiento de los teclados de Brandon Coleman y Cameron Graves.

El carácter colectivo del concierto alcanzó uno de sus puntos álgidos en “Footprints In Africa”, una extensa jam donde todos los músicos encontraron espacio para expresarse. Destacó especialmente el espectacular solo de contrabajo de Miles Mosley y la trompeta de Maurice Brown, en la que la esencia de Wayne Shorter se mezcló evocando por momentos al Miles Davis más eléctrico y experimental.

20260612-Kamasi-Washington_OZ80951©DesiEstevez

La intensidad dio paso a la elegancia de “’Round Midnight”, donde Kamasi Washington rindió su particular homenaje a Thelonious Monk. Conducida por la voz cálida de Patrice Quinn, tuvo el momento estelar de una delicadísima interpretación de la trompeta de Maurice Brown con sordina.

Ya en la recta final, “The Psalmist” sirvió para recordar al recientemente desaparecido Ryan Porter, trombonista durante varios años de la banda de Kamasi Washington, en una interpretación donde el lucimiento vino por parte de la batería de Tony Austin y el saxo soprano de Rickey Washington.

El jazz como conversación colectiva

Sin abandonar el escenario, su sorprendente revisión de “Prologue”, inspirada en el universo de Astor Piazzolla, puso el broche final con un Kamasi Washington que demostró que a los teclados es capaz de expresar tanto como con el saxo. Tanto Coleman como Miles Mosley volvieron a demostrar que entienden el jazz como una conversación colectiva más que como un escaparate para el lucimiento individual.

20260612-Kamasi-Washington_OZ81024©DesiEstevez

Y eso es muy interesante viniendo de un nombre tan grande como el de Kamasi. La teoría parece indicar que debería ser protagonista principal en todos los temas. Pero prefiere pasar a un segundo plano para disfrutar de las improvisaciones y desarrollos de sus compañeros. Más allá de la música, una de las cosas más interesantes es ver las sonrisas cómplices entre ellos a lo largo de todo el concierto, señal inequívoca de lo bien que lo pasan tocando y de cómo disfrutan los unos de los otros.

Algo que compensa en sobremanera el único punto, digamos, negativo de la velada: la sensación de estar lejos del lleno. Tener la posibilidad de ver un espectáculo como este a un precio bastante asequible y comprobar que el mundo es capaz de pagar cantidades absurdas por otros de una calidad más bien mediocre dice mucho del camino que lleva la sociedad respecto a la cultura. Solo espero que eso no sea un condicionante para futuras visitas de Kamasi Washington y podamos seguir disfrutando del embrujo cautivador de su saxo.

Fotos: Desi Estévez

 

Escrito por
More from Sergio Leiva

Ariel Rot y Kiko Veneno, un legado para sentirlo

El festival de Jazz de Barcelona tuvo el lujo de poner punto...
Leer Más

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.