Mientras gran parte de Barcelona vivía pendiente de la final del Mundial, el público del Poble Espanyol encontró refugio en una noche de blues, boogie y clásicos de ZZ Top, demostrando que algunas tradiciones siguen siendo inmunes al paso del tiempo.
No sé si la banda tejana tendrá conocimiento de los cómics de Astérix, donde una pequeña aldea gala resiste el asedio que el ejército romano aplicaba para conquistarla. Pero no se me ocurre mejor analogía para describir lo que se vivió ayer en el Poble Espanyol. Incluso en Barcelona se vivió una de esas noches en las que parecía imposible escapar del fútbol. España disputaba ante Argentina la final del Mundial y las calles, los bares y buena parte de las conversaciones estaban pendientes de lo que sucedía a miles de kilómetros. Pero dentro del Poble Espanyol existía una realidad paralela.

O casi, porque alguna camiseta roja y más de un aficionado siguió con nervios la primera media hora del partido desde la pantalla de su móvil. Pero, en su mayoría, el público rockero solo tenía ojos para volver a ver las barbas, sombreros y gafas de sol más icónicas del rock. Mientras el mundo giraba alrededor de un balón, en Barcelona varios miles de personas estaban dispuestas a rendirse ante el blues y el boogie de ZZ Top. Un partido que la banda lleva ganando desde hace más de cinco décadas.
La actuación estaba anunciada dentro de la gira The Big One!, pero la formación que compareció en Barcelona se encontraba bastante lejos del trío que convirtió a ZZ Top en una de las bandas más reconocibles de la historia del rock. Tras la muerte de Dusty Hill en 2021, Elwood Francis asumió la complicada responsabilidad de ocupar su lugar al bajo. A esa ausencia definitiva se sumaba en esta ocasión la de Frank Beard, apartado de la gira por motivos de salud y sustituido a la batería por Michael Monahan. De este modo, Billy Gibbons se presentaba como único representante de la formación clásica sobre el escenario del Poble Espanyol.

Una situación que inevitablemente obliga a preguntarse cuánto queda del espíritu original de la banda. La respuesta llegó rápidamente con «Got Me Under Pressure», encargada de abrir el concierto sin necesidad de presentaciones. El sonido empezó siendo bastante pésimo y la voz de Gibbons llegaba en algunos momentos demasiado enterrada entre unos instrumentos que tampoco ofrecían excesiva definición. Pero el riff, a pesar de todo, siguió funcionando como una locomotora dispuesta a ponerse en marcha al frente de un repertorio tan reconocible como poco dado a las sorpresas.
La primera parte del concierto sirvió para recordar que, antes de convertirse en iconos de la era de la MTV, ZZ Top ya era una formidable banda de blues y rock sureño. «I Thank You», adaptación del clásico de Sam & Dave, mantuvo la temperatura antes de que «Waitin’ for the Bus» desembocara en «Jesus Just Left Chicago», una combinación prácticamente inseparable dentro del repertorio del grupo. El guitarrista sigue manteniendo ese toque con el que parece administrar cada nota con la sensación de poder decir mucho sin necesidad de llenar todos los espacios.

«Gimme All Your Lovin’» introdujo el imprescindible «Eliminator», el disco que durante los años ochenta multiplicó la popularidad del trío y convirtió sus coches, sus barbas y sus videoclips en parte de la cultura popular. Y fue a partir de aquí cuando el concierto comenzó a recuperar su pulso y mejoró su sonido. No fue necesario recurrir a excesivas concesiones visuales más allá de los cabezales y los monopatines colgados en el escenario. Bastaron las guitarras, algunas poses perfectamente coordinadas y ese humor texano que siempre ha acompañado a la formación.
El papel de Elwood Francis merece una consideración especial. Sustituir a Dusty Hill no consiste únicamente en reproducir unas líneas de bajo. Hill era parte de la identidad sonora, vocal y estética de ZZ Top, y durante más de medio siglo compartió con Gibbons una complicidad imposible de recrear. El propio Francis, técnico de guitarras del grupo durante años, ha reconocido públicamente la incomodidad que todavía le produce ocupar ese espacio. Sin embargo, sobre el escenario cumple con solvencia, respeta las canciones y evita caer en una imitación forzada, aunque su imagen y sus movimientos mantengan necesariamente parte del lenguaje visual de su predecesor.

«Pearl Necklace» e «I’m Bad, I’m Nationwide» devolvieron el protagonismo a la etapa clásica del grupo, con sus finales cortados en seco y las coreografías compartidas por Gibbons y Francis provocando la sonrisa de un público que sabía perfectamente qué había ido a buscar. ZZ Top no pretende sorprender. Su concierto funciona como una colección de ritos conocidos, pero ejecutados con suficiente convicción para que la repetición forme parte del encanto.
La inclusión de «I Gotsta Get Paid» aportó uno de los temas más recientes de su discografía que, con todo merecimiento, se ha ganado un hueco entre los habituales del repertorio. Le siguió «My Head’s in Mississippi», que volvió a sumergir el recinto en el pantanoso sonido del sur estadounidense. Fue uno de los primeros grandes momentos de la noche, con Gibbons mostrando esa cercanía medida que siempre ha caracterizado su forma de relacionarse con el público al colar un “Barcelona” entre la letra de la canción.
A continuación apareció «Brown Paper Bag», una composición reciente de Billy Gibbons que evitó que la noche se convirtiera exclusivamente en un ejercicio de nostalgia. Su presencia, sin embargo, no alteró demasiado el rumbo de una velada construida alrededor de un catálogo prácticamente indestructible.

«Cheap Sunglasses» fue recibida como uno de esos clásicos que no necesitan haber encabezado las listas para formar parte del ADN del grupo. Algo similar ocurrió con «Just Got Paid», donde el sonido se endureció y Gibbons recordó que, debajo de toda la iconografía y el sentido del humor, continúa existiendo un guitarrista con una personalidad absolutamente reconocible.
A partir de «Sharp Dressed Man», el concierto entró en una recta final en la que cada canción parecía destinada a provocar una respuesta inmediata. «Legs» añadió el inevitable momento de las guitarras cubiertas de pelo, uno de esos recursos que ZZ Top lleva décadas repitiendo y que, lejos de resultar molesto, funciona como una fotografía viviente de su propia historia. Un tema enorme con el que buscar una pausa para hidratarse antes de terminar su particular partido.
Para los bises quedaron «Brown Sugar», con la que recuperaron la crudeza de sus primeros años, y «Tube Snake Boogie», que confirmó que pocas bandas saben construir un ritmo tan básico y, al mismo tiempo, tan contagioso. Los últimos disparos fueron «Thunderbird» y la imprescindible «La Grange». Esta última puso el cierre con su riff inmortal, su aroma a garito de carretera y ese crescendo que continúa resultando irresistible por muchas veces que se haya escuchado.

No hubo grandes sorpresas y, por el camino, quedaron algunas de las favoritas de una gran mayoría, como «Tush» o «Beer Drinkers & Hell Raisers», pero tampoco hicieron demasiada falta. El público había acudido para escuchar exactamente esas canciones y ZZ Top volvió a entregarlas con oficio, humor y una naturalidad que solo concede el paso del tiempo. Y quien quiso aún llegó a tiempo para terminar de ver la final del Mundial de fútbol.
Pero es a la salida cuando llega el difícil momento de la reflexión, más allá de la pasión. La ausencia de Frank Beard y el vacío imposible de llenar que dejó Dusty Hill hacen que la banda actual sea inevitablemente distinta. Y mientras Billy Gibbons siga al frente y músicos como Elwood Francis y Michael Monahan sean capaces de sostener el repertorio con respeto y eficacia, ese viejo motor texano continuará funcionando.

Pero ¿es eso suficiente para seguir bajo la marca ZZ Top o sería más honesto presentarse como la banda de Billy Gibbons? Lo cierto es que da la sensación de que el mundo del rock no está precisamente para perder entradas renunciando a un nombre tan legendario, y eso me parece bastante triste. Luego habrá quien incluso se pregunte si deberían seguir sobre los escenarios, algo que durante la primera parte del concierto, con aquel sonido tan mejorable, también llegó a pasarme por la cabeza.
Sin embargo, una vez solucionados esos problemas, la actuación terminó convirtiéndose en una experiencia de lo más fluida. ZZ Top ya no ha venido a revolucionar el mundo de la música, ni falta que les hace. Lo mejor es disfrutar de ellos con una cerveza en la mano antes de que la nostalgia y los recuerdos sean el único recurso que nos quede para volver a verlos.
Fotos: Desi Estévez