Jack Moore llegó a Barcelona dispuesto a rendir homenaje al enorme legado musical de su padre, Gary Moore. Talento a las seis cuerdas no le falta, pero una noche marcada por los problemas vocales, las interrupciones y una preocupante sensación de improvisación terminó convirtiendo lo que podía haber sido una celebración en un concierto difícil de defender.
Resulta muy difícil escribir algo cuando llevas algún tipo de expectativa no cumplida, pero mucho peor es no llevar nada preconcebido y salir decepcionado. Así que voy a poner por delante que Jack Moore es un buen guitarrista, capaz de replicar con gusto las guitarras que su padre creó. Pero dudo mucho que el combo saliera de la sala Upload con la sensación de que ese fue uno de los conciertos que recordarán toda la vida. Y es que todo lo que pudo salir mal en un concierto, salió mal.
Bueno, todo mal no…

La noche empezó bastante bien con la banda Sassy. Gus Moore, hijo también de Gary Moore, servía de telonero para su hermano con una propuesta muy alejada de lo que su padre hacía. Con un planteamiento bastante más pop, presentaron un concierto con seriedad. Es posible que todo el que esperase guitarrazos y solos estratosféricos al estilo de la leyenda de Belfast no acabara de comprar la propuesta. Pero pareció un ejercicio de honestidad mostrar ese camino, dejando el apellido aparte.
Dejó claro que las habilidades a las seis cuerdas de su padre habían quedado como herencia para Jack. Pero, en su favor, algunos de los temas sonaban bastante bien por mucho que su estilo estuviera más cerca de Garbage que del blues. Desde la inicial “Undercover” hasta la versión final de “Little Black Submarine” de The Black Keys, el trío principal de Sassy dejó ver sus melodías pegadizas. Incluso en “Dancing On My Own” los dos hermanos compartieron escenario.

Y con ese sabor de boca comenzó el concierto de Jack Moore. Acompañado de Pancho Campos a la batería, Rafal Welenc al bajo y Quentin Kovalsky en los teclados y voces, este fue el cuarteto encargado de llevar a cabo el homenaje al gran guitarrista de Belfast. Una obra de magnitud importante.
Empezaron con un tema propio que ya comenzó a dejar ciertas dudas. La voz de Kovalski, como él mismo confesó, llevaba días mal y se notó. Aunque tras ver vídeos de conciertos previos podemos decir que hubo cierta mejoría. Aún quedó disimulado con el inicio, pero afrontar un clásico como “Oh, Pretty Woman” de Albert King pone las cosas en su sitio. Jack Moore cumple en las seis cuerdas, pero no es suficiente para que obviemos la parte vocal.

Por suerte, la base rítmica cumplía y, ya sabiendo los problemas de voz, no estuvo mal recuperar “All Your Love” de Otis Rush. “In My Shoes” fue el segundo tema propio que tocaron y ya comenzaron a verse evidentes muestras de sufrimiento vocal extra. Quizás eso provocó que, entre tema y tema, las conversaciones entre ellos fueran un momento que se repetía en exceso, rompiendo el ritmo del concierto.
Tras un largo instrumental que no aportaba nada más que un descanso para la castigada garganta de Kowalski, dejaron una deslavazada versión de “Don’t Believe a Word” del paso de Gary por Thin Lizzy. Pero cada vez la sensación era que estábamos más en un ensayo que en un concierto.

Nunca he entendido a quien se pone a hablar en un concierto, pero en esta ocasión era muy difícil mantener la atención en el escenario. No ayudó que hubiera una espontánea subiendo al escenario en varias ocasiones, provocando visibles caras de molestia en Kowalski, que ya no veía divertido lo que estaba pasando.
En lo musical, sonaron “Walking By Myself” y un “Parisienne Walkways” en el que Gus Moore tomó la voz principal de aquella manera. Fue emotivo ver a los dos hijos tocando una de las piezas más épicas de su padre. Pero la grandeza del tema se comió a la banda.

Por si no tuvieron bastante, el teclado dejó de sonar por unos minutos antes de tocar una “Midnight Blues” que significaba el final del repertorio. Y aunque, para gusto de todos, al repertorio le faltaron muchos temas, seguro que nadie puso muchos peros a que fueran terminando. Aun así, volvieron para que “Still Got The Blues” fuera la guinda de ese pastel que tiene buen aspecto pero no ha tenido buena cocción.
Costará que cuando vuelva Jack Moore tocando los temas de su padre no haya cierto recelo al plantearse asistir. Tendrá una segunda oportunidad, pero ya con las expectativas algo lastradas. A peor es difícil que pueda ir.
Ojalá sea con una banda rodada y profesional, porque hay talento en los dedos de Jack, pero se lo debería tomar más en serio.