El viaje en tren de la armónica rumbo al blues

La armónica es una de las señas de identidad más reconocibles de la música blues. Este pequeño instrumento, barato, sencillo, resistente y fácil de transportar, contribuyó decisivamente a modelar el carácter del género musical más afroamericano. El impulso determinante llegó cuando se enredó con otro de los símbolos más poderosos que conformaron el mapa sonoro del Delta del Misisipi: el tren.

Nombres para la historia como James Cotton, Howlin´ Wolf, Sonny Boy Williamson (el primero y el segundo), Little Walter, Sonny Terry o Big Walter Horton elevaron el papel de la armónica hasta convertirla en protagonista del sonido blues, un viaje que partió desde las plantaciones de algodón y pueblos de mala muerte a la vera del Misisipi hasta los clubes de Chicago. Ese trayecto siguió la estela de los afroamericanos que viajaron en tren partiendo del sur empobrecido rumbo al norte industrial. Allí esperaban encontrar libertad, prosperidad y dignidad, abrazando el ferrocarril como medio de escape y vehículo de huida. Durante ese recorrido se establecieron sólidos vínculos históricos, culturales y sonoros entre las armónicas y el tren, sobre todo a caballo de los siglos XIX y XX y en Estados Unidos.

Miles de canciones han utilizado el sonido de la armónica como metáfora ideal para retratar la vida errante de los bluesmenSmokestack Lightnin, Mystery Train, Whistle Stop Blues o Freight Train, por citar algunos clásicos, incorporan en su ADN esos lazos sonoros con las vías del tren y el silbato de las locomotoras. Durante décadas, y hasta hoy mismo, los armonicistas han reforzado el entrelazamiento emocional del ferrocarril y esa cajita con lengüetas metálicas que vibran cuando se sopla o inhala aire. Un objeto minúsculo y liviano, pero en cuyo interior habita un universo en permanente expansión del universo sonoro de los trenes. Ahí se esconde el secreto de su enorme popularidad en aquellos años de cristalización.

Las virtudes de la armónica, cuyas raíces más lejanas proceden de China, se modernizaron enérgicamente a partir de los años veinte del siglo XIX (con empuje decisivo cuando Mathias Hohner desplegó su producción industrial en 1857) y sedujeron a músicos, viajeros, trabajadores del ferrocarril, hobos (vagabundos) y emigrantes. Las locomotoras no se limitaron a ofrecer su muestrario de sonidos, sino que también facilitaron la difusión del instrumento por toda América y resto del mundo.

La historia del blues no se entiende sin el descubrimiento de técnicas para imitar el silbido, aceleración, traqueteo y parada de los trenes. Términos como Train Rhythm (pulso repetitivo, normalmente en compás 4/4, que alterna notas graves aspiradas y sopladas para evocar el chucuchú del tren), Chugging (combinación rítmica de acordes graves), Bends (para reflejar el silbato), trémolos y vibratos (para expresar la sensación distancia) o Hand Cupping (utilización de las manos para crear efectos), entre otros muchos, son algunos inventos que alumbraron los músicos para reproducir fielmente el ritmo de las locomotoras sobre las vías o las exhalaciones de vapor. Tal exploración sonora incluye desde la respiración rítmica para emular las máquinas con tracción de vapor hasta el alargamiento de las notas para clonar el aullido del tren cuando se aleja o pulir el patrón repetitivo que rescata el movimiento del caballo de hierro sobre las vías.

Las imitaciones conectaban (y conectan aún) la música con la vida cotidiana cuando los trenes cruzaban campos, pueblos y ciudades. El soniquete ferroviario siempre ha formado parte del paisaje emocional del blues, porque la armónica y el tren comparten el mismo espíritu de movimiento, nostalgia y libertad. Ambos objetos acompañaron a generaciones de músicos y oyentes que buscaban la expresión más ajustada al dolor, esperanza, deseo de cambio y resistencia de los desheredados. En el blues, cuando la armónica suena como un tren alejándose en la noche, no solo se escucha música. Es una llamada honda, inasible, que se funde con el aliento esperanzado del viaje.

El fenómeno que hermana a la armónica y el blues se consolidó en 1925. Ese año se produjo la primera emisión en directo por radio de una imitación de locomotora con el instrumento de viento favorito para los afroamericanos más pobres. Ese pionero se llamaba DeFord Bailey (1899-1982) y se especializó en extraer todo tipo de matices a la armónica. Tocó para las ondas Pan American Express, en el espacio de country Grand Ole Opry, una extrañeza cromática para este género tan blanquecino.

Otro impresionante imitador de las primeras camadas fue Noah Lewis (1895-1961), que grabó Chickasaw Special en 1929. En ese año del crack bursátil, también deslumbró Freeman Stowers al emular una máquina de vapor que avanza a toda pastilla en Railroad Blues. Justo en ese período, sobre todo entre 1910 y 1930, el empuje de las armónicas y sus recursos expresivos arrinconaron el papel de los violines en el género blues.

Fueron de los primeros de los que hay constancia, pero es probable que no exista ningún armonicista ni antes ni después que no haya copiado el sonido del tren con su instrumento para aprender a dominarlo. Es asignatura obligatoria para los aprendices del blues dominar esa pequeña caja mágica a la que muchos aficionados llamaron “el saxofón del Misisipi”.

Danny del Toro, maestro de la armónica, considera que “era un instrumento al que los negros podían acceder, ya que era muy barato en la época y como buena parte de ellos trabajaban en el ferrocarril pues de ahí viene un poco”. Para explorar ese misterio, otro de los grandes armonicistas de nuestro país, Víctor Barceló, explica que “no puedo adivinar por qué todos insistimos en imitar el sonido de un tren, seguramente sea la propia herencia cultural e histórica que la armónica conlleva consigo. En mi caso es algo que me obsesionó a los 13 años, cuando escuché por primera vez un tren imitado por una armónica. Era la emulación de Noah Lewis, gran armonicista de los años veinte y que serviría para otros como Hammie Nixon”. Y añade: “A mi parecer, los armonicistas que mejor han emulado el sonido de un tren han sido DeFord Bailey, el primero en grabarlo y mostrarlo a un público más amplio, y Noah Lewis, que fue al primero que escuché y también lo hace estupendamente. Lo grabó algo más tarde que DeFord Bailey y le añadió efectos nuevos que serían copiados por el resto. Se podría decir que Bailey puso la base y Noah Lewis lo perfeccionó”. Algo similar piensa Danny del Toro: Imitaba el sonido del tren en aquellos años. También se unió a esos juegos Sonny Terry, que de hecho empezó a ganarse la vida en el circo haciendo esos sonidos”.

Estas imitaciones no son asunto del pasado. “Para mí hay tres imprescindibles: Joe Filisko, gran conocedor del instrumento dentro del género; Víctor Puertas que hace una mezcla increíble de los trenes de los años veinte y treinta, y Blas Picón, que imita a la perfección una máquina de vapor, esas que atravesaban el oeste”, explica Barceló. “He oído otros instrumentos intentar ´hacer un tren´, la guitarra o el piano, por ejemplo, pero ninguno logra ese sonido único que la armónica consigue. Tal vez se deba a que el efecto tren en la armónica se hace con la respiración, soplando y aspirando al ritmo del motor de un tren y eso es algo que ningún otro instrumento tiene”, señala. Y quien da, recibe: “Creo que el tren ha sido clave en el desarrollo de la armónica. No hablamos solo de una canción para que el armonicista se pueda lucir, es una forma de llevar el tempo en casi cualquier tema, una forma de respirar, una técnica con la que tocar. Es indudable que los instrumentistas de finales del siglo XIX y de principios del XX se fijaron mucho en el sonido de los trenes en los que viajaban de punta a punta del país intentando ganar algo de dinero. Sólo hay que oír algunas grabaciones de la época para darse cuenta que la cadencia rítmica es la de un tren a vapor”. Danny del Toro repite el nombre e Víctor Puertas como imitador excepcional de esos sonidos y añade a Howard Levy.

Otro de los grandes en el manejo de la armónica con tintes ferroviarios es Osi Martínez. El bluesman suma tres décadas de una trayectoria marcada por la autenticidad y ha imitado muchas veces el universo sonoro del tren. En su reciente disco con Osidados (Alunizando) incluye la pieza instrumental C8, dedicada a la línea de Cercanías de Renfe que cubre la sierra madrileña. Osi resalta el encanto de los trenes y explica que varios familiares suyos se han dedicado al ferrocarril. Prefiere los antiguos trenes con asientos de skay y ceniceros frente al Ave, aunque también considera una maravilla el tren moderno. Entre sus nombres favoritos para calcar el sonido ferroviario, destaca dos nombres: Jack Bruce (Cream) y Sony Terry. Otros muchos virtuosos de primera fila en el panorama nacional (Ñaco Goñi, Fernando Jiménez, Antonio Travé “El Oso”, Rafa Sideburns, Quique Gómez, David BomBo, Dany Boy…) también bordan los “trenes” con su pequeño instrumento.

Más nombres, ahora desde el extranjero, para la historia del género. Billiken Johnson, fue capaz de generar unos sonidos increíblemente parecidos al silbato del tren, pero también fusilaba rebuznos, clarinetes o trompetas. Solo grabó seis canciones en vida y tres estaban dedicadas al ferrocarril: Interurban Blues (1927), Sun Beam Blues (1928) y Frisco Blues (1928). Y otro más: Jenks “Tex” Carman, capaz de fotocopiar el sonido de cada biela con el instrumento que fuera, todo un hombre orquesta al servicio del tren.

Los sonidos ferroviarios, imitados y perseguidos por las armónicas y voces de los bluesmen, marcaron el ritmo vital de figuras como Charlie Patton, Robert Johnson, Skip James, Son House o Bukka White, entre otros muchos. El etnomusicólogo Alan Lomax escribió que “la música graznada, jadeada y resoplada de la locomotora que los negros sureños descubrieron con las armónicas, ya sonaba en todo el mundo, había cruzado todas las fronteras. Para los poetas del blues del Delta, el tema del tren tenía el mismo rango que las mujeres”.

Las enseñanzas de los pioneros no se perdieron en la noche de los tiempos y las generaciones más recientes las recogieron. La armónica desplazó al violín en el blues y luego se extendió al folk para saltar al conjunto de la música popular estadounidense. El caso paradigmático es Bob Dylan, influencia que lo salpica todo desde la segunda mitad de los años sesenta del siglo XX. Dylan recorrió su primer kilómetro musical sobre las vías férreas. “Debuté como músico profesional de estudio con Harry (Belafonte), tocando la armónica en uno de sus álbumes, The Midnight Special”. Esa versión grabada en 1962 pasa a la historia: se trata de la primera grabación oficial de Bob Dylan y abre el disco, también titulado Midnight Special, un clásico entre las canciones de tren. Belafonte explicó a la revista Mojo, en julio de 2010, que lo previsto era grabar al armonicista Sonny Terry; pero como una tormenta bloquea en Memphis al bluesman ciego, y a sugerencia del guitarrista Millard Thomas, se opta por invitar a la sesión a Dylan.

El futuro Nobel aparece en el estudio con una bolsa de papel que está repleta de armónicas en diferentes afinaciones. Belafonte toca la melodía y Dylan elige una. La introduce en un recipiente con agua y la sopla con ardor en una única toma. El músico americano-jamaicano le pregunta que si se anima a grabar otra vez. Dylan dice: “No”. Sale del estudio y tira la armónica en una papelera.

Belanfonte lo interpreta como un gesto desdeñoso, pero luego descubre que así se comporta habitualmente el de Minnesota: compra en unos almacenes las armónicas más baratas, las sumerge en agua y luego las sopla con todas sus fuerzas, hasta que quedan inservibles para nuevos usos.

Dylan compartió escenario con un armonicista excepcional. Fue durante El Último Vals con su colega Paul Butterfield (1942-1987), hombre primordial en el panorama musical de los años sesenta. Butterfield adoraba desde niño a los maestros del blues y logró un asombroso dominio de la armónica. Una curiosidad del virtuoso bluesman es que utilizaba su Hohner del revés, de forma que el instrumento presenta las notas agudas en la zona izquierda. Tanto Butterfield como The Band habían confesado años antes su amor por Mystery Train, ya que la grabaron en los discos Paul Butterfield Blues Band (1965) y Moondog Matinee (1973).

Existen otras mil historias como las narradas aquí. Todas ellas -más las que no se conocerán nunca- explican cómo la armónica, tras muchos años y músicos, se convirtió en el eslabón indestructible que unió para siempre la armónica, el blues y el ferrocarril.

Fotos: Ana Hortelano.

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