Muy buena entrada en la Sala Lab para recibir a los fans -llegados de todas partes, incluso de las islas- de una de las mejores bandas de rock de la historia. El concierto de Los Lobos se retrasó media hora, quién sabe por qué. El público esta impaciente y con ganas de fiesta. Llevaban demasiado tiempo sin visitarnos, así que había ambiente de noche grande. La enorme expectación flotaba en el ambiente. Muchos intuíamos que podía ser una de las últimas oportunidades de reencontrarnos con unas canciones que forman parte de nuestras historias personales.


Arrancaron con “La venganza de los pelados”. Fue como abrir la vieja puerta a un barrio que sigue ahí aunque ya no vivamos en él. También fue el aviso de que el técnico de sonido de la sala se había tomado el día libre. O que, simplemente, no había entendido la idiosincrasia de la banda. Le siguió “Love Special Delivery” , la versión de Thee Midniters que han hecho suya y que aparecía en ese disco tributo a la ciudad de Los Ángeles que lanzaron hace 5 años. Allí estaban unos músicos de leyenda con ese groove del que nunca presumen. Su ritmo avanzaba despacio pero seguro en su elegancia. Son unos chicos que no necesitan demostrar nada porque lo llevan todo escrito en la sangre. Excelentes los arreglos de Steve Berlin, aunque desgraciadamente no llegaran con la nitidez que merecíamos.
Con “Angel Dance” el sonido empezó a balancearse un poco mejor, justo antes de dar paso a un “Chuco’s Cumbia” que convirtió el suelo madrileño en una frontera difusa, en territorio mestizo donde California y México se daban la mano, aunque los oscuros tiempos que vivimos intenten separarlas. Aunque quizás no sea el palo que más nos gusta de ellos, fue muy celebrada por el público, que se entregó a su ritmo celebrándolo con júbilo.


“Dream in Blue” bajó las revoluciones y subió la melancolía. Sonaba a confesión y a sueños nunca alcanzados, elevada a otro nivel con un estupendo arreglo de flauta. Tampoco acababan de alcanzar un sonido perfecto, hasta el punto de que César Rosas preguntó al público si el sonido estaba ok. “Maricela” fue un suspiro largo, una historia contada mil veces pero que sigue contagiando su alegría igual que siempre. Uno de los clásicos de su repertorio.


César es un cantante fantástico que no ha perdido nada de fuerza con los años, un punto por encima de David Hidalgo, al que le cuesta un poco más. Tampoco está para muchos trotes Conrad Lozano. Se pasó casi todo el concierto sentado, pero sus riffs de bajo fueron de lo más destacado del concierto. Todo un maestro, como demostró por ejemplo en “Down on the Riverbed”, uno de los grandes momentos del concierto, donde demostraron que cuando se ponen a rockear muy pocos pueden llegar a su nivel.


Fue el punto de inflexión de un concierto que cogió velocidad de crucero con esa pregunta que lleva décadas flotando: “Will the Wolf Survive?”. Ahí estaba la respuesta, delante de nosotros. Sí. Sobrevive. Y no solo eso: lo hace con mucha dignidad, a pesar de los achaques. Unos problemas de salud que han hecho bajarse del tren de forma momentánea a Louie Pérez, que no pudo girar con sus amigos de toda una vida. Le echamos de menos, como a ese primo querido que no puede venir a la cena de Navidad.
Encadenadas, “Papa Was a Rollin’ Stone / I Can’t Understand” fueron puro músculo. Una lección de cómo unos chicanos pueden apropiarse de otras músicas sin pedir permiso, porque ellos lo valen. Llegaba el tramo más brillante, con “One Way Out”, la cover de Sonny Boy Williamson (vía Allman Brothers), que demostró la facilidad con la que la banda ha asimilado todo el cancionero americano. “Kiko and the Lavender Moon” nos devolvió a su obra maestra absoluta, el momento en el que definieron su sonido y demostraron su grandeza dando un puñetazo en la mesa y colocándose en la vanguardia de la escena ROCK, así en mayúsculas.

La parte final del recital fue dedicada a volver a sus raíces mexicanas. David sustituyó la guitarra por el acordeón y cambiaron de registro. Dedicada al “pinche Trump”, “Carabina 30-30” sonó a corrido eterno. Es un relato transmitido de generación en generación, como explicó César. Un himno que evoca el espíritu de lucha y sacrificio de los rebeldes durante la Revolución Mexicana, pero también transmite un mensaje atemporal sobre el valor y la necesidad de luchar por los derechos y la dignidad de las personas. Y aunque mucha gente pedía a “Anselma”, que no está ya en el repertorio habitual (“ya ni me acuerdo de tocarla”, murmuró un poco contrariado César), decidieron centrarse en “Los ojos de Pancha”. Una canción que puso el nudo en la garganta de más de uno.

No podían olvidarse de “Volver, volver”. El clásico de Vicente Fernández lo es también de Los Lobos y fue coreada a pleno pulmón por todo el público de la sala. Y con un paso pa delante y otro pa detrás, fueron acabando el concierto con “Más y más”. Tras apenas setenta minutos de concierto, eso era lo que quería el público: más y más. Pero no quedaba mucho. Volvieron a aparecer para rememorar el éxito del biopic de Ritchie Valens con “Come On, Let’s Go” y ese clásico que es “La Bamba”. Toda una traca final donde todo el mundo acabó bailando y sonriendo con una sonrisa de oreja a oreja. La intercalaron, como suele ser habitual en sus últimos repertorios, con el “Good Lovin’” de los Rascals. Una interpretación en la que se les vio cansados, posiblemente la razón de lo corto del concierto.
Los Lobos se nos han hecho mayores y hay que valorar que sigan impartiendo magisterio cada noche. Quién sabe si ha sido la última vez con nosotros, ojalá no; porque cada vez que los hemos visto han dado fe de los valores que más nos gustan en la música: alegría, mezcla de culturas, virtuosismo y ganas de explorar más allá de los propios límites. Ellos son una de las pruebas más palpables de aquella frase que nos dejó Kurt Vonnegut: “La única prueba que necesitó para pensar en la existencia de Dios es la música”. ¡Ojalá lo de ayer no fuera un adiós, amigos!
Fotos Isabela Roldán y Ana Hortelano. Vídeos Ana Hortelano y Komando Gáldar.
Entrevista a Los Lobos