El concierto del domingo de The Southern River Band en Barcelona tenía un significado especial: era la última fecha de su gira europea. Después de semanas de carretera y escenarios, cualquiera podría esperar una banda acusando el cansancio. Pero lo que ocurrió fue justo lo contrario. Seguramente avisados del cambio de sala (inicialmente programados en la sala pequeña de Razzmatazz) la banda australiana supo estar a la altura y no dejó que el último concierto de la gira quedara como un mero trámite.


Desde el primer tema, el grupo australiano salió con la clara intención de dar absolutamente todo sobre el escenario. Las guitarras sonaban crudas y directas, la sección rítmica empujaba cada canción hacia adelante y el frontman Cal Kramer dirigía el concierto con una energía contagiosa. No había rastro de un final de gira relajado; más bien parecía una banda tocando como si fuera su primera gran oportunidad.


El público lo percibió enseguida. Con cada canción, la sala se acercaba un poco más al escenario: cabezas moviéndose al ritmo, coros improvisados y esa sensación colectiva de estar dentro de un concierto que iba creciendo minuto a minuto. Todo sonaba directo, sin artificios, con la actitud de quien sabe que la última noche es el momento de dejarlo todo.

Lejos de bajar la intensidad, el concierto fue ganando fuerza hasta el tramo final, cuando banda y público ya compartían la misma electricidad. Cuando abandonaron el escenario, quedó la sensación de que The Southern River Band habían elegido la mejor forma posible de cerrar su gira: tocando como si no hubiera un mañana.
