Eric Johnson, siete mundos al borde del acantilado

Mucho antes de convertirse en uno de los guitarristas más admirados de su generación gracias a “Ah Via Musicom”, Eric Johnson vivió una larga batalla contra el tiempo y las decisiones ajenas. La historia de “Seven Worlds” es también la historia de una oportunidad perdida que tardó dos décadas en materializarse.

Vivimos tiempos extraños para la música. Parece que lo de sentarse a escuchar un disco entero de principio a fin es cosa de nostalgia. Canciones sueltas, preparadas para la ingesta masiva e inmediata que haga sumar el número de “likes”, “views” o “escuchas”. Todo debe ser rápido. Todo debe tener una aparente eficiencia en la que los músicos parecen obligados a mantener una presencia constante en redes sociales para recordar al mundo que siguen existiendo.

Por suerte para nosotros, Eric Johnson lleva más de 50 años cuidando y mimando sus obras hasta un punto de perfeccionismo que a más de uno de las actuales generaciones le puede parecer incluso enfermizo. Para Johnson, la música nunca fue una carrera contrarreloj. Nunca pareció obsesionado por publicar más discos que nadie, tocar más notas por segundo que sus contemporáneos o construir un personaje capaz de generar titulares. Daba la sensación de que el guitarrista permanecía encerrado en estudios de grabación persiguiendo un sonido.

Y no fue hasta su aclamado “Ah Via Musicom”, donde aparece su mayor éxito, “Cliffs Of Dover”, cuando alcanzaría ese sello personal por el que acabaría siendo reconocido en todo el mundo. Ese tono dulce y ligeramente cremoso, pero brillante y cristalino, con el que llegó a todas las portadas de las revistas especializadas. Aunque ya en su debut, “Tones”, grandes figuras de la industria como Prince habían puesto sus ojos sobre aquel joven guitarrista que terminaría convirtiéndose en una referencia. Y si no, solo piensa en él cuando escuches a Joe Bonamassa. Pero ese no fue su primer disco.

“Seven Worlds” se mantuvo en la sombra durante casi veinte años esperando su momento, y no precisamente porque Eric Johnson dominara ese tiempo. A veces las fuerzas mayores privan al artista de ver su trabajo crecer en el mundo. Y algo así sucedió con este trabajo. Cuando habla de “Seven Worlds”, no lo hace como quien recuerda una vieja grabación recuperada de un cajón, sino como alguien que todavía observa con cierta incredulidad cómo un proyecto en el que depositó años de trabajo terminó atrapado por decisiones ajenas a la música.

A mediados de los años setenta, tras abandonar The Electromagnets, Johnson sintió la necesidad de explorar nuevos caminos. Aquellas inquietudes creativas terminaron cristalizando en las sesiones de “Seven Worlds”, grabadas en dos etapas distintas entre 1976 y 1978 junto a músicos como Bill Maddox y Kyle Brock. Mientras las canciones iban tomando forma, el guitarrista sobrevivía como podía: dando clases, trabajando en una tienda de música y recorriendo carreteras en una furgoneta donde la banda no solo transportaba sus instrumentos, sino que también dormía. Eran tiempos difíciles, pero también de una libertad creativa absoluta.

Lo que Johnson no sabía era que el mayor obstáculo para el disco no sería la composición ni la grabación, sino su futuro. Convencido de que el álbum acabaría viendo la luz, rechazó oportunidades que hoy suenan casi irreales. Entre ellas, una oferta para tocar con Stanley Clarke, una decisión de la que reconoce seguir arrepintiéndose. También pasaron por su camino proyectos con U.K., mientras alternaba colaboraciones con artistas como Cat Stevens o Carole King. Sin embargo, siempre le aseguraban lo mismo: su disco estaba a punto de publicarse. Una promesa que nunca cumplieron.

Con el paso de los años, el proyecto quedó atrapado en un limbo contractual del que Johnson parecía no poder escapar. Mientras otros decidían el destino de aquellas grabaciones, él observaba impotente cómo el tiempo pasaba. Su frustración no era el hecho de que el disco no triunfara, sino que ni siquiera le dieran la oportunidad de fracasar. Habría bastado con publicarlo en un sello pequeño y dejar que encontrara su camino. Pero, en lugar de eso, quienes controlaban el proyecto optaron por guardarlo en una estantería esperando una gran oportunidad que jamás llegó.

Las excusas que iban poniendo trabas se movían entre argumentos que afirmaban que aquella música era demasiado peculiar, difícil de vender o alejada de las tendencias del momento. La ironía es que años después serían precisamente esas características las que terminarían definiendo su identidad artística y convirtiéndolo en uno de los guitarristas más admirados de su generación.

Cuando finalmente “Seven Worlds” vio la luz dos décadas después, Johnson lo recibió con sentimientos encontrados. No reniega de la obra. De hecho, sigue sintiéndose orgulloso de canciones como “Winter Came”, “By Your Side” o incluso de la versión de “Emerald Eyes” incluida en el álbum. Pero tampoco idealiza el pasado. Con una honestidad poco habitual, admite que algunas piezas le parecen hoy anticuadas e incluso señala “Showdown” como el momento más embarazoso del disco.

Y es que el tiempo pasa para todos y para todas las cosas, pero le honra que en su momento decidiera verlo publicado tal y como fue concebido. Sin retoques, nuevos arreglos ni otros trucos aprovechando su ya adquirida fama mundial. Mientras otros músicos tienden a mitificar sus primeras grabaciones, Johnson las contempla con una mezcla de cariño, distancia crítica y resignación. Incluso recuerda cómo algunas mezclas publicadas no eran exactamente las que él había elegido originalmente o cómo ciertos detalles acabaron desapareciendo del resultado final. Algo que podría explicarse por el control que en ocasiones los managers tenían de la obra de sus protegidos.

“Seven Worlds” es un extraño testimonio de un músico que pasó años esperando que alguien le permitiera dar el siguiente paso. Y quizás ahí reside el verdadero interés de esta historia. Porque mucho antes de convertirse en el guitarrista celebrado por discos como “Ah Via Musicom” o por composiciones como “Cliffs Of Dover”, Eric Johnson ya había aprendido una lección que marcaría toda su carrera: en la música, el talento no siempre es suficiente. A veces lo más difícil no es crear algo valioso, sino conseguir que el mundo tenga la oportunidad de escucharlo.

 

Afortunadamente para el guitarrista de Austin, el talento siempre fue una baza a su favor y aquella experiencia le sirvió para caminar con pies de plomo durante el resto de su trayectoria. Sin dar pasos en falso y construyendo una carrera cuya influencia sigue creciendo con el paso de los años.

Y precisamente por eso resulta especialmente atractivo poder disfrutar por primera vez de Eric Johnson en nuestro país. Un músico que ha dedicado toda una vida a perseguir una idea muy concreta de la belleza sonora y cuya historia demuestra que algunas carreras no se construyen a base de éxitos inmediatos, sino de paciencia, convicción y talento.

El “Texaphonic Tour” tendrá parada en:

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