Música cerca del mar. Elderly Brothers, rock hecho a mano en La Arena de Toranda

   Hay noches en que un bar de playa deja de ser un bar y se convierte en otra cosa, una máquina del tiempo con olor a sal. Eso ocurrió en La Arena de Toranda, donde los Elderly Brothers desplegaron un repertorio que viajaba sin prisa entre los años 50, los 60, el country y el rock más primario, todo tocado a mano, sin secuencias ni artificios, directo al pecho de quien estaba escuchando. Fue un repertorio de contrabando, tal cual.

Elderly-Brothers.-La-Arena-Toranda.-310726.07   

        El set list fue una road-trip sentimental por el imaginario popular americano —y no tan americano—. Sonó Hank Williams con su quejío de carretera solitaria, y sonó Elvis Presley, el santo patrón de todo lo que vino después. Hubo hueco para Sam Cooke y su soul de terciopelo, para una banda sonora imaginaria de música para forajidos que parecía sacada de un western de sobremesa, y para la nostalgia veraniega de aquella canción del verano de 1957 que nadie recuerda de quién es pero que todo el mundo tararea igual.

   También estuvo Onda Vaselina, guiño ochentero al pop más desenfadado, y no faltaron las rancheras mexicanas, coladas de rondón entre canción y canción como quien cuela un trago fuerte en una noche que ya iba de frente. En el universo de los Elderly Brothers cabe todo, no hay fronteras de idioma ni de década, solo canciones bien tocadas y muy sentidas.

   Una banda, tres oficios y un sólo pulso. Sobre el escenario, la banda funcionó como un reloj artesanal, de esos que se montan pieza a pieza:
Álvaro Bárcena — guitarra y voz
Gustavo Pérez, alias El Hombre Ganso — guitarra acústica y voz
Javier Méndez — bajo y percusión

Elderly-Brothers.-La-Arena-Toranda.-310726.06  

   Nada de pistas ni de trucos: cuerdas, madera y voces sudando la camiseta, que es como debe sonar esta música cuando de verdad quiere decir algo.

   Lo que quedó flotando en el aire de La Arena fue precisamente eso, música líquida, con olor a algas y a mar, que fue empapando la noche poco a poco hasta convertirla en otra cosa. Lo que empezó siendo un concierto acabó pareciendo una reunión de amigos a la luz de un crepúsculo cómplice, con la imagen fantasmagórica de un velero iluminado en el horizonte. Una actuación de esas que no necesitan grandes producciones para emocionar.

   El resultado fue un concierto fresco, dinámico y muy estimulante, de esos que confirman que el rock and roll, cuando se toca así —sin trampa ni cartón, con las manos y con el corazón por delante—, sigue siendo exactamente igual de necesario que antaño. 

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