Paso a paso, Paul Zinnard sigue su camino. “Step by Step by Step” abre un disco cocinado en casa y da la medida del disco entero, horneado a la lumbre de una cálida melancolía, endulzado con arreglos minimalistas y coros sutiles. Hay un pulso en la canción, un ritmo que es el del crepitar del fuego en la memoria y el sol poniéndose. Hay un breve solo de guitarra que sobrevuela y desciende sobre las palabras.
Paul Zinnard se ha recogido sobre sí mismo en este álbum de canciones maravillosas, ha cerrado las ventanas para que no entre el ruido ni el frío pero no ha dejado de mirar a través de los cristales. Hay canciones que parecen baladas marineras, como “Fight for the Throne”, en la que no hay mar sino guerra, crónica de una época, de todas las épocas, una historia contada con distancia y resignación, que avanza por un camino dibujado con cuerdas de guitarra, en el que cada nota es una pisada hacia adelante, hacia ningún lugar. El mar no existe sino en la memoria pero sigue siendo una salida, un camino de olas, y asoma en “Blown by the Wind”, canción que aloja la belleza que solo puede alcanzarse a caballo de sentimientos, y en la que el piano y la guitarra eléctrica abren la puerta a un nuevo mañana en el que el único camino no será la resignación.
Hay canciones hechas de soledades. “Loneliness” tiene ese sustento y en ella el tiempo transcurre lentamente y Zinnard canta casi con indolencia; la guitarra solista da color al espacio sepia en el que la rítmica repite incesante sobre la misma cuerda el sonido del tedio. Afuera hay gente que camina por la calle, se adivina el sonido del mar pero tal vez solo en su mente, en los recuerdos de otros días y una corbata de colores.
Hay historias y miradas, hay temores y dudas. Es la vida. “Roseanne” recrea un encuentro en una cafetería en la que venden panes judíos, un territorio imaginario en el que puedes cruzarte a la vez con Dylan y con Simon & Garfunkel y con ella, con Roseanne. Un espacio en el que la canción de autor se encuentra con el pop y con un mundo de baguels y babkas que casi se huelen, mientras ella se marcha y algo se pierde para siempre. “Stay On” es fría hermosura, tiene la cualidad de los mares árticos. Los sentimientos se expresan con sencillez en el punto de ruptura de la relación de pareja, cuando todo pende de un hilo. Una canción a dos voces, porque en toda relación hay dos personas. En ese ámbito de intimidad en el que las cosas suceden o simplemente no suceden se mueve también “The Lonely Word”, entre el piano y la guitarra acústica y la voz de Zinnard que surge de las cenizas de un fuego antiguo, y la otra voz que busca la suya y está hecha de tiempo.
Es este un disco de interiores, con pinceladas de crepúsculo. En “I Wait for the World” se revisa la vida a ratos, sentado a la puerta de un mundo que ya no es amigable. Un cello nos trae una melodía taciturna que viene entre nubes. “Ghost” es lo contrario, el fantasma que te susurra que no tengas miedo no llega a nosotros en la oscuridad, se presenta con Zinnard y su reconocible fraseo y una orquestación que se funde con una canción que un día nació desnuda. Este es un disco en el que el diálogo interior conversa con el alba y se deja ir en el ocaso, y todo lo dice la música, que en la deliciosa “When You Turn Your Face” rumbea con la guitarra, pero es el piano el que quiere contar la historia en la que no importa quién creas ser, si cuando ella gira la cabeza y mira hacia otro lado flaquea la fe, se desmorona el orgullo y el miedo entra en casa.
El álbum se cierra con “Overflow” y nos hace sentir la lluvia tras la ventana, los recuerdos del día en que se conocieron, un pasado en el que convivían el gozo y la tristeza. La segunda voz es en sí un recuerdo que se difumina. Una canción que en su desnudez está sola ante el mundo cuando empieza el día. Imagino así un amanecer en Laurel Canyon.