Van Morrison: Versátil no, líquido

Van Morrison puede hacerlo todo y hacerlo bien, extremadamente todo y extremadamente bien. Si Versátil (nombre de su nuevo disco, sólo un suspiro de tiempo después de Roll with the Punches) significa capacidad de regreso, de adaptación o genio voluble, el término se queda cojo para describir el espectáculo sonoro que ofreció en el WiZink (Madrid) la noche del 12 de diciembre.

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A sus 72 años, la voz del mito viviente está en plena forma y se alza desde su altura histórica para elegir entre canciones de los “Días Previos al Rock and Roll” (Baby Please Don´t Go) o picotear territorio Astral Weeks (The Way Young Lovers Do), reinventar Moondance por enésima vez (con los seis músicos que le acompañan luciendo su virtuosismo) o ponerse con Georgie Fame, hombro con hombro, como dos borrachos de música en busca de equilibrio a construir una pirámide danesa llamada Vanlose Stairway, un recorrido por las corrientes musicales del siglo XX que sólo pueden navegar un puñado de artistas en todo el mundo.

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Un Van Morrison elegante y casi dicharachero (dijo dos veces, dos, “thank you”) abrazaba el saxo y lo combinaba con delirantes juegos de scat desde un principio (Wait a Minute Baby, Symphony Sid -de la cosecha How Long Has This Been Going on- y Moondance). Cuando parecía que el jazz suave va a ser el cauce del concierto, Paul Moran descubre al piano que la cosa podría ir de blues recién publicado (How Far From God); pero tampoco. El maestro de ceremonias suelta las teclas y sopla la trompeta para frasear Magic Time con Van Morrison al saxo de nuevo.

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Baby Please Don´t Go irrumpe como un momento brillantísimo, empalmando el clásico con Patchman Farm, Don´t Start Crying Now y My Mojo Working. Es una rutilante vuelta versátil al blues con enganches a Midnight Train y a los pioneros del Delta. Vibra con emoción el educadísimo público (más de cinco mil almas abarrotan la sala, con un sonido excelente, raro en ese espacio). Todos comprueban en vivo y en directo que no hay nadie en todo el sistema solar que pronuncie la palabra “Louisiana” como el irlandés. La armónica lanza llamaradas y vaya si funciona el mojo: directo a la cabeza, como un buen “shot of Rhythm and blues”, palabras que pronuncia en éxtasis.

 

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Aún corren las lágrimas por los rostros cuando entra en pista Ride On Josephine y se pone a continuación bajo los focos Georgie Fame, que ha protagonizado una hora y pico maravillosa como telonero. Moran se desplaza, deja sitio en el Hammond a Fame y Van Morrison también se apunta a las teclas para Going to Chicago y Vanlose Stairway. Son dos piezas exquisitas, con Van poniéndose en pie cada pocos segundos, como un muelle alocado, presa de la emoción y de viejos demonios añorados: Killroy was Here, Railway Carriage Charm, la juventud eterna que vuelve, que se queda, que late, que arde. Qué arte el que arde. Flipandopuntocom.

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Se abrazan los dinosaurios tras el chequeo musical y el golfo de Fame no se corta: “Estás aprendiendo a tocar, Van”. Eso no se atreve a decirlo en público casi nadie en el mundo. Vuelta de tuerca con The Way Young Lovers Do (la favorita de Carlos Boyero, muy probablemente entre el público) y acelerón con Automobile Blues, momento en que, por fin, años después, es posible ver a Van Morrison en esta tierra cogiendo la guitarra y lanzar acordes blues espeluznantes. Fue sólo, como diría Henry Miller, un mete-saca con las seis cuerdas, a las que pellizcó con fuerza negra. Broken Record es el siguiente paso y conduce a Days Like This y Have I Told You Lately, acogidas con entusiasmo por la cofradía.

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Los músicos (Paul Moore, bajo; Teena Lyle, vibráfono; Paul Moran, hombre orquesta; Dave Keary, guitarra; Mez Clough, a las baquetas, y Dana Masters, a las cuerdas vocales) se explayan con maestría en ambos clásicos de ese álbum. Pero el instante místico de verdad, la voz que desgarra el velo que conduce a Caledonia llegó justo entonces: In the Afternoon. El mejor Van Morrison, el lector ávido de Kerouac, el alma que convierte la música en la curación, abre entonces paso a las maravillas del cosmos que bullen en el interior de este puto genio. Flujo de conciencia, improvisación, torrente de poesía que brota de la noche de los tiempos. Y se mete en el bucle liberador: “If you believe, if you believe, if you believe.”. Sí. Si crees, si crees de verdad, si crees, todo es posible. Van es libre y libera. Van no es versátil. Van es líquido y empapa toldas las aristas, recovecos y pliegues de la inasible complejidad animal que esconde toda persona.

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Este músico ahora demuestra que conoce el ritmo de las estrellas y cabalga sobre su luz. Es el cowboy irlandés que refresca los sueños con lluvia, con whiskey, con agua… The Party is Over, valga la redundancia, es el siguiente escalón. Luego Brown Eyed Girl, cómo no, y vuelta al cielo con In The Garden. Para sentir la gloria no hace falta que suene la ídem.

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“Las calles están siempre mojadas de lluvia Tras una tormenta de verano como cuando te vi de pie En el jardín, en el jardín mojado por la lluvia Te secaste las lágrimas de los ojos con tristeza Mientras observábamos como caían los pétalos al suelo Y cuando me senté aquel día a tu lado sentí Una gran tristeza en el jardín Y entonces un día volviste a casa Eras una criatura asombrosa Tenías la llave de tu alma Y te abriste aquel día que volviste al jardín”

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El líquido vanmorrisoniano sale entonces por la zona izquierda del escenario. Se ha colado en todas las rendijas y ha anegado cada poro sensible con una belleza musical imposible. Van The Man sigue su camino y la espuma de su travesía resuena en los tímpanos húmedos por la lluvia, húmedos por la lluvia, húmedos por la lluvia…

Crónica por Miguel López. Fotos por Ana Hortelano. Vídeos por Juan J. Vicedo y Javier Naranjo. 

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