Johnny B. Zero, el cromosoma perdido

El aforo está completo en La Caja Negra de las Cigarreras, algo inusual, y es que la mañana de sábado presenta programa doble y, todo hay que decirlo, gratuito. A la esperada visita de los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba se une la comparecencia de la banda valenciana Johnny B. Zero, una deslumbrante propuesta a la que resistirse sería un mal síntoma.

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Por la tenebrosa hendidura del telón sale discretamente a escena Ben Wirjo y se sienta en su banqueta: inicia así la ceremonia, y al sonido de sus tambores se suma Julio Fuertes, que se sitúa en la esquina derecha, sentado en una sillón que casi podría ser el de Emmanuelle, el sintetizador sobre sus rodillas, creando un hipnótico sonido de bajo.

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Ya son dos y la atención está concentrada en ellos, en un escenario con la iluminación justa para crear la necesaria tensión entre la luz y la sombra. Cuando en el otro extremo aparece Pablo Pérez empuñando esa marcianada que es el EWI, un clarinete electrónico, anticipas con su melodía que esto no va a ser un concierto de rock cualquiera.

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La medida puesta en escena se completa con la irrupción de Juanma Pastor, con su camisa sesentera de flores y su guitarra despintada. Uno, dos, tres, cuatro, Johnny B. Zero, una apuesta por hacer música sin preguntarte qué tipo de música haces, ni qué etiqueta le pones, porque en ella cabe todo el lenguaje sonoro que quieras imaginar.

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La presencia de Pablo Pérez, que alterna su sintetizador de viento con el saxo convencional, sirve para deslizarse por los territorios del free jazz, un deslizamiento que es más un apunte que una exploración sin límites, breves incursiones desde las que se regresa al corazón de cada tema, ese núcleo en el que la guitarra nos devuelve al mundo real. Juanma Pastor es capaz de desembocar en una explosión hardcore desde un punteo funky o partiendo de resonancias de música antigua, y lo hace con esa transición imperceptible y suave que es la misma que lleva de la noche al día, de la calma a la tormenta, del mar al cielo en el horizonte de su música.

Su voz puede ser áspera o robusta, puede pasearse dulcemente por las melodías, alumbrar un falsete inesperado y luminoso, y además maneja el tempo con maestría.

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En definitiva, sea en la grasienta “Honey Brown” o en la elegante nostalgia de “Orange Sun”, hace lo que quiere, sin que se note y sin fuegos artificiales, que para eso ya están las Fallas.

Y así, navegando con él por canciones que encierran imprevisibles mutaciones, atrapados por el bajo sintetizado de Julio Fuertes, por el pulso exacto de los parches de Ben Wirjo, por los senderos oníricos que traza Pablo Pérez, imaginas que esta gente tiene en su cerebro todas las músicas del universo, que son portadores de un cromosoma perdido que hace posible que estas cosas sucedan.

Fotos y vídeos por Juan J. Vicedo.

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