Badlands, Valencia, Tennessee

Llegué a casa a las dos de la madrugada, una hora después de verles en la sala Stereo, y encajé en la bandeja uno tras otro sus dos discos. No podía parar. Ráfagas de música country me zarandeaban y me transportaban al escenario donde no hacía tanto que habían recogido sus instrumentos, a lo que acababa de vivir allí. Había sucedido en una pequeña sala cerca del Mercado en la ciudad de Alicante, pero los sonidos y el espíritu festivo de la noche podían trasladarme a Tennessee, donde nunca había estado antes de esa noche. Si alguien me hubiera dicho que Badlands venían de actuar la semana anterior en el Grand Ole Opry no me habría extrañado.

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Pero retrocedamos solo un poco, al momento en que abrazados en círculo al pie del escenario los seis músicos se conjuran para subir los tres peldaños y atacar un set de quince temas. Son, de izquierda a derecha, Guillermo Giner (guitarras), Rafa Adrián (violín, teclados, guitarra), Ben Wirjo (batería), May Ibáñez (voz, armónica), Andrés Marco (bajo) y Raúl Pruñonosa (banjo, guitarra). Abren con “The Great Unknown”, de su reciente disco “Tornado”, en la onda más western, y le meten velocidad y vatios a la siguiente, que es lo que pide su título, “Dr. Whiskey”. La pauta la va a dar un signo tan simple como que Giner se cuelgue la guitarra eléctrica, con la que incluso acomete abrasivos solos con la slide, o la acústica.

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Pero quien piense que es posible reducir a esquemas rígidos las posibilidades de una noche con Badlands se equivoca, porque el cambio de instrumentos es constante y aparecen y desaparecen el violín o el banjo, o surge de improviso una pequeña armónica en los dedos ligeros de May Ibáñez, dedos que acompañan a su voz dibujando filigranas en el aire.

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Marco, que no ha traído su contrabajo por no sobrecargar el escenario, aprovecha el hueco libre para serpentear con el bajo eléctrico, danzar con el ritmo de la noche, adueñarse de la fiesta desde el segundo plano con su aire respetable y la música en el brillo de sus ojos. Pruñonosa y Adrián, instrumentistas virtuosos, cierran los costados de las canciones con ritmos y melodías que se enredan y crecen, empujados por Ben Wirjo desde un lejano vértice que los focos apenas iluminan pero existe. No hace falta ir a la barra a repostar para estar ebrio, esta noche a la borrachera se llega con la música, que alcanza cimas como “Howl” de donde no querrías descender.

Y en la voz de May Ibáñez, capaz de lo que se proponga, del alarido que te enardece y la dulzura que te conmueve, de la melodía oscura y el verso cristalino. Con la excepción de Sara Comerón, ninguna vocalista en España me ha atrapado de esa manera. Con la misma facilidad su voz vuela en los silencios y remonta en el frenesí de la banda tocando al unísono. Hay que ser muy valientes para ofrecer este brebaje al público, para inmolarse a un género – el country, el bluegrass – marginal.

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Hay que ser muy osados para transportarlo también a la lengua española, algo a lo que pocos se atreven (y sin embargo, lo consiguen con “Jaulas Vacías”, y con “Tornado” que sonó en una versión más desnuda y emotiva que en le disco). El final con la pegadiza “Call Me Fire”, “Weak Men Cherish (Oh Lord)” y “The End” solo podía tener por mi parte una respuesta: me quito el sombrero ante Badlands

Fotos y vídeos por Juan J. Vicedo.

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