En pos de la música del árbol

   El auge de los luthiers especializados en instrumentos eléctricos y acústicos suma exponentes sin cesar en los últimos años. Nacho Urdiain destaca entre las últimas oleadas de nuevos artesanos que ponen la tradición al servicio de las músicas de nuestro tiempo. Ha cumplido cuarenta años y lleva una década embarcado en la aventura interminable que supone fabricar instrumentos de cuerda, si bien hace tres temporadas redobló su apuesta por una afición que se ha transformado en oficio con todas las de la ley. En ese momento amplió el espacio que ha dedicado toda su vida a los trabajos con el sonido (en publicidad, televisión, cine o producción discográfica) para adentrarse profundamente en la luthería.

“Algunas personas quieren saber cómo funciona un reloj, mientras que a otras les basta con saber la hora.”

   Basta observarle cuando acaricia la madera o golpea las maderas y acerca sus vibraciones al oído para saber que arrastra esta pasión desde siempre, quizá por culpa de su abuela, que se codeaba con Montserrat Caballé o Teresa Berganza en la Bombonera, o tal vez porque su padre le ofreció una completísima formación sobre la historia del rock a base de casetes. Escribe Robbie Robertson en su autobiografía que “algunas personas quieren saber cómo funciona un reloj, mientras que a otras les basta con saber la hora”. Nacho Urdiain ya destripaba de niño muchos objetos de todo tipo para adentrarse en los misterios del sonido o del movimiento, que una cosa lleva a la otra (y viceversa).

   Ahora, con el mandil y rodeado de herramientas, construye desde cero guitarras dotadas con sonido propio que le permiten aprender con cada trabajo terminado. Fabricar un instrumento puede representar tres semanas de dedicación absorbente en su taller, si bien a veces los senderos de un luthier ofrecen atajos con trabajo porque no hay reglas fijas en el mundo artesano. Estas creaciones se combinan con la reparación o los ajustes de instrumentos musicales de cuerda, porque solo así se puede llegar a fin de mes en esta profesión emergente. Nacho Urdiain aspira siempre a que la proporción de trabajo manual sea la mayor posible. Los dedos se adaptan a la lija como una segunda piel, pero también incluye en el proceso la utilización de herramientas que le permiten dedicar más tiempo a las facetas más creativas, como inventar rosetas nuevas o esmerarse en los clavijeros o lo que se cruce en cada momento por su cabeza.

   De ahí salen guitarras con identidad propia, lejos de la fabricación en serie y en las antípodas de una cadena de montaje. Y es que cada lutercillo tiene su librillo. Entre las maderas que más trabaja están el abeto y el cedro, aunque el palo santo o el ébano también se encuentran en su taller. Ahora comparte su local, situado junto a un estudio de grabación, con un aprendiz llamado Moses Rubin, empeñado en añadir más sabiduría a su bagaje musical, víctima también del síndrome del relojero que cuenta Robertson.

   Maestro y alumno persiguen en un afán común la música que se esconde en cada árbol, huyendo de la empobrecedora mecanización que uniformiza vidas y trabajos. Una hermosa misión que adopta forma de guitarras imbricadas en las vidas de quienes las fabrican y quienes las tocan. Así sea.

http://urdiainguitars.com/

Texto Miguel López y Fotos Ana Hortelano

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