La anacrónica nostalgia de Nick Waterhouse

Tras su concierto en Madrid la noche anterior, el cantautor americano trajo a Razzmatazz 2 su nuevo y elegante “Promenade Blue” bajo el brazo para presentarlo en directo. Un quinto trabajo lleno de matices y texturas en el que Nick Waterhouse sigue recordándonos la calidez de la música de la década dorada del rock. Evocando las voces impregnadas de melancolía de Roy Orbison, la frescura de los grandes grupos vocales, como The Temptations o The Supremes, o el aroma a mar que desprendían las guitarras de The Shadows o The Beach Boys, Waterhouse es capaz de hacer viajar en el tiempo sin la necesidad de tener un Delorean.

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Un viaje que comenzó de la mano de Ian Kay y su banda, llevándonos a los 60 a través de las canciones de su primer disco “Walk That Road Again”. Con canciones como “A Man Like Me”, “Little Grenadine” o “Tears Never Fade Away”, el músico francés y sus muchachos hicieron disfrutar al público que poco a poco iba llenando la sala. La actitud que Ian mostraba sobre el escenario hizo que más de uno empezara a mover las caderas como si estuviera en un moderno guateque. Una primera parte de la fiesta que tras poco más de treinta minutos, se tomó un respiro  en cuanto abandonaron el escenario para disfrutar junto al resto del público del concierto de Nick Waterhouse.

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Puntuales en su cita, los protagonistas fueron tomando posiciones sobre el escenario. El combo de seis músicos que arropa a Nick Waterhouse dejó claro en cuanto apareció en escena el carácter refinado del espectáculo al que íbamos a asistir. La base rítmica formada por Ben Lencourt en la batería y Brian Lang al contrabajo, acompañados de John Glossop a los teclados guardaron las espaldas de Waterhouse con eficacia y brillantez. Flanqueando al cantautor unos viejos conocidos de quienes lo hayan visto previamente. La dupla de metales compuesta por Paula Henderson y Mando Dorame, junto con la poderosa e impresionante voz y presencia de Carol Hatchettes son capaces de transportarte a algún sudoroso club donde el humo y el alcohol impregnan el ambiente. Y en el centro de las miradas Nick Waterhouse, una mezcla entre Buddy Holly y un Roy Orbison desprendido de sus míticas gafas oscuras.

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Comenzó el concierto con uno de los cortes más interesantes de su reciente trabajo del que sonaron hasta siete temas. “Place Names” sentó las bases de lo que veríamos durante la próxima hora y media. Elegancia, buen gusto y una banda sin fallas que sonaba como los ángeles. Los metales cobraron protagonismo en “Vincentine” y en la primera de las versiones de la noche, “I Can Only Give You Everything” donde los ecos de Van Morrison resuenan en la voz de Waterhouse al enfrentarse a este tema de Them. “Indian Call Love” y “Song For Winners” fueron los primeros temas rescatados de la discografía previa a los que el público respondió con entusiasmo.

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Los graves coros de “Medicine” subieron un punto la intensidad del concierto y abrieron un nuevo bloque dedicado a “Promenade Blue”. Pero el carácter más melancólico de este último disco hicieron que “Promené Blue” y “Very Blue” volvieran a relajar un ritmo que cogería vuelo en cuanto recuperó temas de  “Nick Waterhouse” o “Time ‘s All Gone”. Aunque si hubo un momento en que se desató la energía en Razzmatazz fue en cuanto la conocida “Katchi” apareció en escena. A partir de ese momento, la nostalgia dió paso a un final de fiesta en las que Waterhouse encadenó algunos de sus temas más movidos como “B.Santa Ana, 1986” y “(If) You Wanna Trouble” antes de despedirse del respetable con “LA Turnaround”.

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Poco se hicieron de rogar los músicos antes de volver al escenario para regalarnos un par de bises, con segunda escapada al camerino incluida, y confirmarnos su tremenda calidad. En “Say I Wanna Know”, el primero de los temas, quedó muy claro que la cálida voz de Carol Hatchettes es capaz de llenar por sí sola un escenario. Y por otro lado, en “You’re Gonna Miss Me”, tremenda versión de 13th Floor Elevators, la demostración de que los metales son imprescindibles como caldera en esta anacrónica locomotora del soul que conduce Nick Waterhouse.

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Una velada remember en la que quedaron patentes las ganas y la necesidad que el público tiene de disfrutar de nuevo de los directos y de asistir en grupo a los conciertos. El problema está en que un concierto de estas características, cuando la música es relajada, le deja demasiado espacio a todas las conversaciones del público y crea un gran e innecesario, incluso irrespetuoso, murmullo que consigue que salgas sin querer de la dinámica del concierto.

Fotos Desi Estévez.





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