Antonio Álvarez. Libre Asociación de Ideas

Antonio Álvarez. Libre Asociación de Ideas

Escuchas un piano solo, una atmósfera clásica, de tenue romanticismo, y los primeros versos: “para soñar…”. Es una invitación, te dices, al mismo tiempo que te das cuenta de que esa canción, a la que se van sumando instrumentos, está cosida a la realidad, al juego de vivir. Nada es banal si hay una buena historia.

Sospechas que en este disco de seis canciones vas a encontrarlas, que aquí hay historias para escuchar. Dime que sí, en la hora de las brujas, canta Antonio Álvarez y la canción se acelera, entran los coros, la voz juega en la melodía. “Dónde”, que se va al pop y se viste con un solo de guitarra luminoso, es como las otras cinco una canción de autor, de lo que antes llamábamos cantautor hasta que la palabra se desgastó para ser sinónimo de aburrimiento. Es el gusto por el verso y la introspección, por la música elegante y sutil, lo que hermana a Álvarez con Lapido y con Antonio Vega, y con muchas canciones de otro tiempo anterior al suyo.

Ese estilo, fruto de una búsqueda que viene de su precedente disco con apariencia de maqueta, “Circular”, nos regala piezas como “Necesito aire”, que empieza a capela como si Álvarez buscara ese aire, y cuando la banda entra notas que el aire está, pero entonces él te dice que el mundo es frío si ella no está, y así una canción de amor te lleva a un sentimiento que puedes casi tocar: “necesito verte paseando entre la gente”. Y la ves, caminando, alejándose, y la música acaba lentamente, entrando en el silencio. “Volveré” es una canción acelerada, urgente, en la que los versos se siguen unos a otros, al galope.

Tiene lo que tantas bandas de hípster-pop desprecian, honestidad. Antonio Álvarez no llora ni pide compasión, compone con el corazón, y cuando canta “y nadie va a pedirnos cuentas” no hay desafío egocéntrico sino verdad. “Libre asociación de ideas”, que da título al disco, es una canción brillante, de poeta músico, jugando con las palabras y las referencias culturales, burlándose de sí mismo cuando habla de “esta mala canción”.

Hace muchos años Aute se atrevió a hacer lo mismo, qué me dices, cantautor de las narices. Álvarez es, con su generación, hijo de muchas músicas, y en “Mi rock and roll” hay sabor a rumba y a sur, a nuestro sur, hablando de ese rock personal con gotas de impostura, fusión de influencias y culturas para seguir avanzando “en esta locura de vivir”. Acaba con “Callejones”, una canción muy hermosa, que habla de sombras y luz, almas y huellas, de vida en fin. Lapido anda en espíritu en su escritura también. La orquestación, siempre sutil, es aquí una caricia que te acompaña al fondo de la canción. Los coros y la armónica crean un espacio melancólico en el que “cae el telón y el decorado”. Pero “tú estás ahí, sigues ahí”, dice, y nosotros la vemos. Ese es el hallazgo y el misterio de Antonio Álvarez, que te permite ver los lugares y las personas que se mueven en ellos, a través de su música y sus versos. Solo seis canciones le bastan.

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