Waxahatchee: la madurez tiene sus aristas

Waxahatchee abraza definitivamente el alt-country en  “Tigers Blood”, un nuevo paso en su carrera. Como su anterior trabajo, se grabó en solo dos semanas en los estudios Sonic Ranch de Texas con el productor Brad Cook. Pero el álbum tiene un sonido propio. La banda de acompañamiento ha cambiado mucho. Incluye, además de a Katie Crutchfield (voz principal y armonía, guitarra acústica) a la estrella emergente MJ Lenderman (guitarras y voces). También Brad Cook y su hermano Phil Cook (multiinstrumentistas), Spencer Tweedy (batería), Nick Bockrath (pedal steel) y Natalia Chernitsky (coros). El disco ha sido editado en Anti Records.

La cantautora Katie Crutchfield, criada en Alabama, comenzó su proyecto Waxahatchee en 2010, después de muchos años de gira con las poderosas bandas de pop-punk P.S. Eliot y Bad Banana. Esos días de baja fidelidad quedaron atrás: “Saint Cloud” (2020) fue el disco que llegó a una audiencia mucho más amplia y estuvo en todas las listas de mejores discos del año (incluida la nuestra).

“Plains”, su álbum colaborativo con Jess Williamson, también tuvo una gran acogida. Pero durante la gira de presentación sintió que estaba perdiendo un poco de ilusión. Ver a M. J. Lenderman y su banda disfrutando de su despegue sin pensar en nada, hizo que se replanteara el nuevo disco, empezando por hacer que Lenderman se uniera a su equipo.

“Tigers Blood”  sigue donde lo había dejado “Saint Cloud”, pero dando un paso más hacia el country alternativo. Hay indie rock melódico, sí; pero intoxicado de muerte por los ecos sureños y country al estilo de Lucinda Williams. Es su cantante favorita y se nota. Bajo ese sonido, la medida producción de Brad Cook establece un lecho sónico perfecto para sus pequeñas historias de gente sencilla. Historias que nos reafirman en lo que ya sabíamos: Katie es una excelente compositora, intérprete y narradora, con una voz reconocible y propia. En esta ocasión, aborda un tema poco explorado: el hastío de la edad adulta. Esos sentimientos no resueltos que existen aún después de alcanzar lo que debería ser la felicidad.

Tiger´s Blood es un sabor de helado que apareció en Texas en la década de los 80s. Uno de esos sabores imposibles que ni sabía a tigre ni era sangre. En realidad es una combinación de fresa, sandía y coco, dependiendo del fabricante. Katie utiliza la anécdota para contarnos como los dulces sabores de la vida tienen su lado oculto y no son lo que parecen.

El primer single, «Right Back to It», ya nos advirtió de que la cosa iba en serio, con esa introducción con un banjo que recordaba a los mejores Uncle Tupelo. Una reflexión sobre la experiencia de Katie volviendo a casa con la misma persona noche tras noche, mientras crece su sospecha de que está cayendo en la monotonía.  En esta canción de amor perfecta, los versos se desvían hacia viejos hábitos (“Si me desvío dentro y fuera de mi carril/ Quemando una vieja llama/ Vuelvo un ojo celoso”). Pero el estribillo nos dice que es mejor abrazar a alguien que amas y estar seguro de que estará ahí para ti pase lo que pase. Las voces de Lenderman no hacen más que redondear el tema. ¿Referencias a Gram y Emmylou? Es posible…

Se nota que es en este nuevo sonido con inflexión country donde se siente como en casa. Contando historias, ambientando escenas y dejando algo de luz en su visión del mundo, a menudo cínica y desalentadora, aunque mucho más madura que nunca. “3 Sisters” inicia tranquila y suave, empujada por los matices de la privilegiada voz de Crutchfield. En “Evil Spawn” las guitarras suenan más potentes, con unas armonías que pueden recordar a los Jayhawks de Louris. “Ice Cold” da un paso más y parece un ejercicio de estilo del alt rock más canónico. Lleno de sonido sureño cercano a los mejores momentos de Lucinda, es un recuerdo a sus raíces en Alabama, esa tierra llena de carteles oxidados de “Jesus Loves You”.

«Con Brad, mis discos son como una gran rebanada de pan casero con una rodaja de tomate fresco, un poco de aceite de oliva, sal y pimienta. Los ingredientes son muy simples. ¿Por qué pensarlo demasiado?”

“Burns Out at Midnight” es muy Dylan, en su letra y en su manera de cantar. En “Bored”, Crutchfield canta algunos de los versos más inteligentes que ha escrito en una carrera en la que no faltan versos de altura. Vuelve a la vida mundana en “Lone Star Lake”, donde reflexiona en una jornada en el lago con un amor que no es muy fiable: «Me matarás, pero mi fracaso es un bebé legendario». Otra de las destacadas es “365”, una de las más tradicionales. Parece una balada de country pop de los 90s, aunque hable de la dependencia, ya sea a las sustancias o a las personas. Después de sufrir y luchar por escapar, acaba con una reflexión muy típica de los adictos: “Tengo mis pensamientos al respecto, pero de todos modos te llevo en mis brazos”.

Cuando llegamos al tema homónimo, “Tigers Blood”, queda la sensación de estar ante otro gran disco. Quizás con canciones un punto menos brillantes que las de “Saint Cloud”, sí. Tal vez el listón estaba demasiado alto, pero como buena secuela poco rupturista, el disco ofrece ideas nuevas más que suficientes y mantiene lo que hizo tan especial su trabajo anterior: un sonido de Americana moderno y dinámico, unas grandes composiciones y muy buenas letras, algo que nunca valoramos lo suficiente.

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