Black Label Society tocará en la sala Razzmatazz 1 el 4 de agosto de 2026.
Será su única fecha en sala en todo el país, al margen de su paso por festivales. Un concierto largo, a volumen real, con repertorio propio y sin la lógica de los horarios comprimidos. Una noche para entender por qué, casi treinta años después, la banda sigue funcionando como lo que es: riffs pesados, tempo implacable y Zakk Wylde ocupándolo todo.
Wylde es, desde el primer día, un guitarrista fuera de serie. Steve Vai (que algo sabe de esto) lo resumió con una frase que no necesita contexto: “Nunca he visto a un músico con ese nivel de resistencia”. No habla de velocidad ni de técnica quirúrgica, sino de aguante, de tocar como si no existiera el cansancio ni el reloj. Vai admite que él solo puede hacerlo “a ráfagas”; lo de Wylde, dice, es “liga mayor” con sus solos que a veces se alargan más de diez minutos sin perder ferocidad. Un juego para adultos.
Ese carácter físico es el que atraviesa también Engines Of Demolition, el nuevo álbum que verá la luz en marzo de 2026. Cuatro años después del último lanzamiento, Black Label Society no entrega un disco de transición ni de repliegue: entrega más Black Label Society: riffs densos, atmósferas oscuras y un tema – “Ozzy’s Song” – que funciona como homenaje sobrio a Ozzy Osbourne, mentor, compañero y figura clave en la trayectoria de Wylde. Sin sentimentalismo gratuito. Como tenía que ser.
El directo de Black Label Society se apoya en material nuevo conviviendo con canciones que llevan años formando parte del repertorio como “Stillborn”, “In This River” (dedicada a otro fallecido amigo de Wylde, Dimebag Darrell de Pantera), “Suicide Messiah”, “Concrete Jungle” o “Fire It Up”.
La noche se completa con las suecas Thundermother, puro nervio hard rock, y Thrown Into Exile, aportando músculo contemporáneo desde Los Ángeles. Pero el foco está claro: esta es la única oportunidad de ver a Black Label Society en sala en todo el país, en un entorno donde su propuesta sigue teniendo sentido real.