Pappo revive de la mano de Juanse en una noche incendiaria

El rock argentino volvió a latir con fuerza en Barcelona en una noche donde la memoria y el presente se dieron la mano. Juanse tomó el escenario de Razzmatazz para rendir tributo a Pappo y mostrar que el legado del Carpo sigue rugiendo.

Hablar de Pappo es invocar una de las columnas vertebrales del rock argentino: guitarrista salvaje, devoto del blues más crudo y fundador de proyectos esenciales como Pappo’s Blues y Riff. Norberto Napolitano —su nombre real— convirtió la guitarra en una extensión de su carácter indomable, dejando riffs que aún resuenan con olor a válvulas calientes y carretera. Su figura, mitificada tras su muerte en 2005, sigue siendo referencia obligada para cualquier músico que entienda el rock como actitud antes que como pose.

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Desde entonces Juanse, líder de Ratones Paranoicos, amigo y heredero espiritual de ese ADN stone y blusero que Pappo consolidó en Argentina, ha sido clave para mantener su memoria activa. Una amistad que vio finalmente en “Hecho en Memphis” una cristalización física en forma de colaboración. Esa conexión generacional y estética ya significó un homenaje a la figura del guitarrista bajo el título de Pappo x Juanse que en breve verá su segunda parte. Y esa es la base de la actual gira de Juanse. Una excusa ideal para vivir desde la arena una nueva demostración de lo que es vivir el rock llevado por la pasión.

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En esta ocasión fue la resistencia de la mediana de Razzmatazz la que se puso a prueba para un concierto de Juanse. Da igual cuál sea la faceta que el músico venga a mostrar, en todas siempre tiene un apoyo incondicional con el que llenar las salas. La 414 pudieron ver cómo, con pausa pero sin prisa, iba llegando la afición. Poco le importó a la banda afincada en Barcelona que en su salida con “Poco Original” hubiera mucho suelo por cubrir en la sala. A medida que su set iba a buena marcha empezaba a verse ya un público dispuesto a dar el calor que la banda merece.

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Curtidos a base de directos, ofrecen un buen sonido rockero en el que las guitarras de Mariano de Ritis aportan unos elegantes acompañamientos a las composiciones de Pablo Márquez. Rock directo de corte clásico y honesto que solo tuvo en “Mate y Miel” una ligera tregua, pero que retomó el pulso más intenso con un final con “Mirate” y “Padres”. Parafraseando uno de los títulos de sus canciones, a nadie le hubiera importado tenerlos en el escenario “Cinco minutos más”.

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Pero era el momento de volver a ver a Juanse y de sentir a Pappo. Arrancaron con “Blues Local” y solo había que echar un vistazo alrededor para ver que mientras hubieran amigos de verdad, habría fiesta. “El Hombre Suburbano”, “Malas Compañías”, “Sucio y Desprolijo”… A medida que iban desgranando el catálogo de Pappo, más presente se le iba sintiendo. Incluso Juanse paraba los vítores dedicados a su persona para reconducirlos al bluesman argentino.

Con una banda compuesta por Nico Raffetta a los teclados, Jero Sica tras la batería y Fernando “Ponch” Fernández al bajo sonaba una base sólida potente y fiable como el motor de una Harley. Las guitarras solistas de Nicolás Yudchak mantenían el punch que Juanse marcaba imbuido por el espíritu del Carpo.

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Resulta fascinante verle sobre el escenario. Aparentemente parece medio desorientado, pero con una guitarra colgada y una audiencia entregada, el músico se muestra imbatible. “Tomé Demasiado”, “Adónde está la libertad” y un “Tren de las 16” provocaron el enésimo pogo de la tarde. Pero si hay que bajar al barro, se baja. Y Juanse dejó por un momento su guitarra para cantar entre el público ese blues lento que es “Desconfío”. Un baño de masas que sirvió a Raffetta y Yudchak para tomar su protagonismo merecido.

Pero habíamos dicho que esto era una fiesta, y el rock volvió a apoderarse del escenario con “Fiesta cervezal” y “Rock ‘n Roll y fiebre”. Con esto terminó el bloque dedicado a la figura de Pappo y comenzó la de Ratones Paranoicos. Y la locura volvió a desatarse. Como el que golpea un avispero con un palo, las canciones de la banda argentina provocan que no te encariñes mucho con tu compañero de al lado porque probablemente en segundos estará en medio de algún pogo. “Rock del gato”, “Cowboy” y “Sigue girando” fueron coreadas con tantas ganas que Razzmatazz se convirtió en un karaoke colectivo. Si hay algo que nunca encontrarás en un concierto de público argento es silencio. ¿Quién necesita a nadie en el escenario para seguir lanzando cánticos por un par de minutos? Está claro que ellos no.

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Y volvió la banda para ofrecer unos bises que podrían considerarse como un segundo bloque de canciones. Hasta seis temas ofreció Juanse para alegría del personal. Y quizás me equivoque, pero las canciones que iban sonando se iban escogiendo al momento. El groove de “La Nave” para volver pareció ser la única elección pensada, aunque el resto parecieron una elección bastante lógica. “Rock del pedazo”, “Ceremonia en el hall” y “Estrella” aumentaron la presión de una olla que cerca estuvo de mover las paredes de Razzmatazz. Quedó aún un último recuerdo a Pappo con su versión de “Route 66” antes del final de fiesta que representa un tema como “Para Siempre”.

Y ahí, cuando las luces empezaban a encenderse y el sudor aún flotaba en el aire, quedó claro que lo vivido no era solo un concierto homenaje. Fue una reafirmación. Mientras haya una guitarra enchufada y alguien dispuesto a tocar con verdad, el espíritu del Carpo seguirá girando sobre los escenarios. Porque Pappo no es solo memoria: es presente eléctrico. Y anoche, en Razzmatazz, volvió a rugir.

Fotos: Desi Estévez

 

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