Eric Johnson: la belleza escondida en cada nota

Más de cinco décadas de carrera avalan a Eric Johnson como uno de los guitarristas más respetados del planeta. Su primera visita a España se hizo esperar demasiado, pero el texano demostró en Barcelona que su leyenda no se sostiene únicamente sobre una técnica prodigiosa, sino sobre una sensibilidad musical capaz de convertir cada nota en una búsqueda constante de la belleza.

Hubo que mirar un par de veces las redes para convencerme de que este era el “debut” del guitarrista en nuestro país. Su G3 nunca pasó por aquí; Vai y Satriani trajeron a Robert Fripp para completar el trío. Así que esta era una de esas primeras veces que uno no puede dejar escapar. La tercera de las fechas que el guitarrista americano tenía en España tuvo su parada en Barcelona tras Madrid y su paso por el Festival de Blues de Cazorla. Y las ganas de esta primera cita se podían palpar en una sala que presentaba un lleno interesante casi una hora antes de iniciarse el concierto.

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Sin necesidad de grandes presentaciones, el texano abrió la actuación con “Righteous”, una breve introducción instrumental antes de adentrarse en “40 Mile Town” y mostrar que, además de su habilidad con la guitarra, también puede defender con solvencia sus temas cantados en directo. El concierto estuvo plagado de homenajes a sus héroes y el primero llegó con la conocida “Caravan”, con la que recordó a Duke Ellington y dejó claro algo muy importante.

Johnson entiende la música como una conversación entre músicos. Y por eso dio espacio de lucimiento a sus compañeros en todo momento, como en esta ocasión, donde el bajo de Daniel Kimbro brilló sobremanera. Lo cierto es que tanto él como Tal Bergman, a la batería, estuvieron brillantes durante toda la actuación, mientras el guitarrista seguía demostrando que su sonido camina en ese equilibrio tan reconocible entre la calidez del blues, la claridad cristalina de la Stratocaster y una enorme elegancia melódica que convierte incluso los pasajes más complejos en algo aparentemente sencillo.

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La primera gran ovación llegó con “S.R.V.”, homenaje permanente a Stevie Ray Vaughan, donde el guitarrista dejó escapar algunos de los pasajes más temperamentales del concierto antes de rebajar de nuevo la intensidad con “Friends”, otra de las escasas ocasiones en las que tomó el micrófono para cantar. Aunque nadie acude a un concierto de Eric Johnson buscando un gran vocalista, su voz sigue funcionando como un vehículo honesto para unas composiciones donde la guitarra continúa siendo la auténtica protagonista.

Eric Johnson intimo y acústico

El concierto fue alternando constantemente registros. Tras una primera parte eminentemente eléctrica llegó un bloque mucho más reposado con “Resolution” y un delicado formato acústico compartido únicamente con el bajista. Lejos de servir como un simple descanso, fue uno de los momentos más íntimos de la velada. Las dinámicas cambiaban por completo y permitían apreciar otra de las grandes virtudes del guitarrista: su capacidad para emocionar con un tema como “Abelia”.

“Chester” fue la personal dedicatoria a Chet Atkins e introdujo uno de los momentos más elegantes de la noche. Johnson siempre ha reconocido la enorme influencia que el maestro del fingerpicking ejerció sobre su forma de entender la guitarra, y ese respeto quedó reflejado en una interpretación cargada de sensibilidad y buen gusto. “Once Upon a Time in Texas” nos dejó un brillante solo de bajo construido a base de armónicos y despidieron el tramo acústico con “Song for George”, su tributo a George Harrison.

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Con la presencia de nuevo tras los parches de Tal Bergman, volvió la electricidad, esta vez con Johnson empuñando una Les Paul, cambiando por completo el color de su sonido sin perder un ápice de personalidad. Fue el turno del bloque más dedicado al blues con “E Flat Groove” y “Trueheart Blues”. La solvencia con la que Eric Johnson se mueve entre los estilos sin parecer un extraño en ninguno de ellos es asombrosa. Los aires más country y rockabilly llegaron con “Steve’s Boogie”, un homenaje a Steve Hennig.

El bello paisaje de un acantilado

“On Green Dolphin Street” dio paso a una lectura sorprendentemente cercana a la bossa en otro de esos arreglos donde el jazz vuelve a aparecer de manera natural dentro de su universo sonoro. En ella hubo espacio para que el resto de la banda brillara con luz propia. En el habitual diálogo entre bajo y batería aparecieron brillantes destellos individuales de la base rítmica, con Eric Johnson ejerciendo casi de mero espectador.

Sin nosotros saberlo, la banda afrontaba la recta final aumentando progresivamente la intensidad y preparando el terreno para el explosivo desenlace que todos llevábamos años esperando poder disfrutar en directo. Antes, “Desert Rose” mostró nuevamente al Johnson más inspirado con la voz. Pero cuando acto seguido se soltó en un larguísimo desarrollo instrumental donde el guitarrista pareció olvidarse del reloj, todos sabíamos cuál iba a ser el destino.

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Era evidente que el público esperaba “Cliffs of Dover”, y el texano no defraudó. La composición que le dio un Grammy continúa siendo uno de esos raros ejemplos en los que virtuosismo y melodía conviven sin estorbarse. Lejos de sonar como una obligación dentro del repertorio, volvió a convertirse en el gran clímax emocional de la noche.

Como despedida, Johnson se decantó por “Zap” en detrimento de una versión de “Axis: Bold as Love”. Poco importaba ya cuál fuera la elegida. Del guitarrista había quedado claro que, más allá de la técnica o del equipamiento, lo que lo hace verdaderamente especial sigue siendo su manera de buscar la belleza en cada nota.

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Pocas carreras dentro de la guitarra eléctrica despiertan tanto respeto entre los propios músicos como la de Eric Johnson. No es una cuestión de velocidad ni de virtuosismo, aunque ambas cualidades le sobran. Lo que lo distingue es una obsesión casi enfermiza por el sonido. Cada nota parece colocada exactamente donde debe estar, cada frase respira con naturalidad y cada matiz parece fruto de una búsqueda que lleva ocupándole toda una vida. Quizá por eso sus conciertos son algo parecido a un viaje por las distintas formas de entender la guitarra. Y esperamos que ese viaje lo haga volver muy pronto a nuestro país.

Fotos: Desi Estévez

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