Fito Páez en Barcelona: un piano para ofrecer el corazón

FIto Páez llegó a Barcelona marcando contracorriente al plantarse en el Palau de la Música Catalana él sólo con un piano dentro del festival GuitarBCN. Pero el músico argentino no vino solo con canciones. Trajó calidad y quilates a una noche que para muchos sera inolvidable, incluyendo al propio artista.

No sé qué puede pasar por la cabeza de un artista cuando organiza dos visitas tan dispares y distintas en dos fechas como las que Fito Páez ofreció en Madrid y Barcelona esta semana. Pero, si no pensó en que iban a ser dos noches únicas que quedarían en la memoria de los presentes, podrá ver que lo fueron.

El artista rosarino llegaba a Barcelona tras un concierto acompañado de un noneto de cuerda, en el que no solo repasó su enorme discografía, sino que homenajeó a la música en castellano creando un show difícil de repetir. Entre las filas del Palau de la Música no había mucho comentario sobre la velada en Madrid; el hecho de que fuera él solo al piano ya tenía suficiente fuerza y motivación como para mirar a la capital.

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Con unos pocos minutos de retraso para que todo el mundo estuviera en su sitio, apareció un exultante Fito Páez que no tardó en sentarse al piano para comenzar a desnudar todas y cada una de las canciones de su repertorio. “Cadáver exquisito” abrió la compuerta para que el torrente de emociones fluyera de manera continua durante las más de dos horas de concierto. Enfrentarse a un público tras un instrumento tan imponente como un piano de cola dice mucho de quien se sienta tras él. Dejó claro que, además de un letrista como hay pocos, su habilidad al piano está a la altura. Así lo dejó claro con el interludio de ese cadáver que estaba muy vivo.

Sin dar respiro, se lanzó a dar ritmo de boogie a la velada con “Dos días en la vida”, en la que Thelma y Louise toman el protagonismo de esta canción en la que las ganas de vivir chocan con la dureza de su historia. Encadenando historias, fusionó “Lo que llevas ahí”, “Bello abril” y terminó el medley con Páez motivando al público para que coreara como un mantra «Nadie puede y nadie debe vivir sin amor» de “El amor después del amor”, llevando al público al primero de los muchos momentos de catarsis de la noche.

Un final perfecto para dar la bienvenida a una de esas canciones que arrancan escalofríos solo con su primera cadena de acordes al piano. “11 y 6” llenó de luces la platea para llevarse un breve recuerdo fuera de esa frágil legalidad con la que repiten que no se puede grabar durante la actuación. Emociones a flor de piel que explotaron en una tremenda ovación.

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Comenzó aquí una parte algo más distendida en la que Fito Páez mostró su lado más comunicativo, dedicando en sus presentaciones las canciones a su gente querida. Recordó a nivel musical a sus grandes héroes con temas propios como ajenos. “Zamba del cielo” sirvió para que la memoria nos llevara a Mercedes Sosa. “Los ejes de mi carreta” hizo lo propio con Atahualpa Yupanqui, mostrando a un Fito Páez pasando de la cacofonía de jugar con las cuerdas del piano hasta la melodía que acompañaba sus versos. Troilo, Piazzolla y The Beatles se mezclaron como referencias para “Tumbas de la gloria”. La banda inglesa, en la figura de John Lennon, volvió a aparecer cuando Páez regaló una excelente versión de “Mother”.

La peculiar visión del tango de Enrique Cadícamo llegó al Palau gracias a “Los mareados” y, entre tantos nombres clásicos, un par de las suyas más conocidas, como “Dar es dar” y “Pétalo de sal”, en la que el público tuvo especial protagonismo cuando Páez les cedió el estribillo. Al ser un tono tan íntimo, a piano y voz, supo manejar que en ciertas canciones el público no acompañara con palmas porque siempre suele salir mal. Y lo cierto es que podría parecer petulancia, pero se agradece poder disfrutar sin ritmos dispares por medio. Lo consiguió en “El fantasma de Canterville” y lo volvió a negociar en “Detrás del muro de los lamentos”.

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Lo cierto es que la emoción contenida hizo en muchas ocasiones que las palmas se guardaran solo para los aplausos. Y eso que el final fue bastante más distendido. “La despedida” fue marcando un ritmo de disfrute en un tramo donde comenzó a sacar lo más conocido de su repertorio. “La rueda mágica”, “Brillante sobre el mic”, “Llueve sobre mojado”, para rematar con “Ciudad de pobres corazones”, muy lejos del duro ritmo del original.

Con las peticiones en boca del público estaba claro que aquello no terminaba allí. El tiempo que tardó en cambiar el verde de su indumentaria por el amarillo fue el que separó al concierto de los bises y las sorpresas. Porque estaba claro que no podían faltar, y no faltaron, “Un vestido y un amor” y “Mariposa Tecknicolor”. Estaba claro que el público llevaría otro mantra como el de «Y dale alegría a mi corazón» hasta el final.

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Lo que nadie esperaba es que Fito Páez pidiera dejar el Palau totalmente a oscuras, abandonara su piano y cantara a capela desde el borde del escenario “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Aquí es cuando uno se da cuenta de que no es necesario tener una voz prodigiosa. Una buena voz a la que sacarle partido es suficiente para poner la piel de gallina, y más de uno en el Palau seguro que aprovechó esa oscuridad para que las lágrimas pasaran desapercibidas.

Podría haber sido un brillante cierre de concierto, pero el rosarino se encontró tan cómodo que accedió a los gritos del público para salir a tocar de nuevo sin tener muy claro qué hacer. Se decantó por recordar a Charly García y su paso por Serú Girán y Sui Generis con los temas “Viernes 3 AM” y una excelsa versión de “Canción para mi muerte”. Fito Páez remató con “Al lado del camino” un concierto que será muy difícil de olvidar y que al propio Páez le será difícil superar. Claro que, para alguien con un cerebro tan activo y una mente tan inquieta, eso solo supone un reto más que superar.

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Fito Páez dio, sin quererlo, toda una lección sobre cómo llenar un escenario con un piano, una voz y unas letras que destilan sentimiento en cada uno de sus versos. Si alguien asistió a los dos conciertos, seguramente estará aún en una nube. Pero lo cierto es que, solo con lo vivido en Barcelona, el público estuvo volando y flotando mientras el mundo gira y gira buscando vivir con amor. El mismo que Fito Páez transmite y comparte en cada una de sus aventuras sonoras.

Fotos: Desi Estévez

 

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