DUSTY IN MEMPHIS

Puede sonar a pecado, pero nunca habíamos escrito nada sobre Dusty Springfield en la revista, y ya iba siendo hora.  Decir Dusty, sobre todo en la década de los 60, equivalía a mentar a la artista más conocida del Reino Unido, y es que hay artistas a los que, después de su gran popularidad, se les puede nombrar simplemente obviando su apellido y todo el mundo sabría de quién estás hablando. En esta ocasión, hablamos de Dusty Springfield y su fantástico álbum, Dusty in Memphis, uno de los mejores discos que parió la mencionada década, y probablemente el mejor disco de la cantante.

Nacida en Hampstead, Londres, como Mary Isobel Catherine Bernadette O’Brien, sí, O’Brien, corría sangre irlandesa por sus venas, fruto de la inmigración de sus progenitores. A través de su padre, gran seguidor del Jazz, el blues y de todo aquello que llegaba del otro lado del atlántico, le llegó el amor por la música. La artista siempre recordó de esos discos que sonaban en casa con especial agrado a la cantante Peggy Lee como gran referente. Decidió probar suerte formando parte de un grupo vocal femenino The Lana Sisters en 1959, para luego formar junto a su hermano Tom, The Springfields, en una apuesta folk que llegó a obtener cierto éxito incluso en Estados Unidos.

Y en 1963, Dusty decide dar el paso de emprender su carrera en solitario. Llega I only want to be with you, un éxito instantáneo e irresistible que seguía la onda de los girl’s Group que irrumpieron con fuerza a comienzos de los 60’s. Desde ese momento, y tras la salida de su primer álbum, A girl called Dusty, su imagen pública, y por consiguiente el público juvenil, la convirtieron en la chica más popular del Reino Unido, llegando a copar las portadas de revistas y diarios, a ser referencia en cuanto a moda y peinados que las jóvenes copiaban, apariciones televisivas, presentaciones de programas musicales en TV, y giras. Hablando de giras, Dusty llegó a Suráfrica para actuar, pero se negó a hacerlo al saber que no se permitía la entrada a público de raza negra, lo que le valió la expulsión del país. Más tarde demandaría al gobierno surafricano por las amenazas recibidas para que se subiera al escenario. Con esta actitud, Dusty se ganaba el respeto del mundo entero, anteponiendo unos valores que iban por encima del negocio musical al tiempo que alejaba su apariencia de niña blanca, pulcra, bien vestida, y apariencia dócil, para darle una cachetada al apartheid.

Volviendo a lo puramente musical, Dusty siempre dijo que utilizaba la intuición para elección de sus canciones. Prueba de ello, es You Don’t have to say you love me, el clásico italiano (Io che non vivo senza te) que escuchó en el Festival de San Remo, y cuya adaptación convirtió en uno de sus mayores éxitos cuando la adaptó al inglés.

Y así, llegamos a 1968. Dusty llegaba en septiembre a Memphis con su ya consolidada condición de estrella indiscutible. Atraída por el soul emergente, y también consolidado, que la ciudad sureña había impulsado, tanto ella como su discográfica Atlantic Records, decidieron que era una buena oportunidad grabar con uno de los mejores equipos de músicos de la zona, The Memphis Boys, y en uno de los estudios más reputados del momento, los American Sound Studios.

De entrada, la forma en la que se gestarían las grabaciones ya supondrían un reto, sobre todo debido a la distintas formas de trabajar que habían entre Estados Unidos y el Reino Unido. Springfield, estaba acostumbrada a llegar al estudio, coger la partitura, escuchar la canción, poner su voz y trabajar solo en eso, su voz, dando por hecho que la música que la acompañaba, tanto si era en directo o no, ya estaba más que trabajada. En Memphis las cosas eran bien distintas. Los músicos, encabezados por el guitarrista Reggie Young, invitaban al cantante a participar de la creación de la música, y trabajaban con la estrella en el estudio, acomodando y amoldando cada canción para aportarle un feelin’ que luego se convertiría en magia.

Y así, acabando el verano de 1968, Dusty entró por la puerta de American Sound Studios en Memphis, en el 2272 de Deadrick Avenue. Se trataba de un lugar lúgubre, apartado del centro, en el cual, según cuentan varias leyendas, se podían oír a las ratas mientras corrían por el techo del mismo. Lujos cero. Y en ese entorno, los músicos vieron entrar por la puerta a Dusty vistiendo un vestido blanco con tonos florales propios del  verano del amor, el pelo con un recogido colmena y unos vaqueros. Lo primero que hizo fue saludarlos a todos al tiempo que miraba en derredor con cara de ‘dónde demonios me habré metido’. Casi de inmediato se lanzaron a trabajar en las canciones, y lo cierto es que la calidez de los músicos y la buena actitud de la artista, hizo que el trabajo saliera adelante. A Dusty la recuerdan resuelta y entusiasmada con esta forma de trabajar cada tema, la búsqueda de la nota perfecta, o estilizar el puente o las intros a las canciones que formarían uno de los que posteriormente ha sido proclamado como uno de los mejores discos de la historia.

Gran admiradora de Aretha y del soul que provenía del sur de los Estados Unidos, Dusty siempre recordaría con cariño la emoción al verse en la misma cabina de grabación que Wilson Pickett. Una vez terminado el trabajo en el estudio, llegarían las mezclas y los coros, aportados en esta ocasión por ni más ni menos que las Sweet Inspirations, con Cissy Houston, sí, la madre de Whitney, a la cabeza. Este trabajo se realizó en la sede de Atlantic en Nueva York. Los productores e ingenieros recuerdan a Dusty en la pecera, con los auriculares puestos y pidiendo que subieran las pistas, más y más y más y más, para luego cantar encima de ellas susurrando. Todos coincidían en que no habían visto nada igual, normalmente se busca que el artista pueda escucharse, ella no, ella necesitaba subir las pistas musicales casi hasta el infinito, para luego dejarnos algo parecido a un secreto, en una especie de juego de niños, como si solo ella lo fuera escuchar.

El disco es eso, un susurro, Dusty parece hacer el amor con el oyente desde los primeros compases de Just a Little loving, y así nos canta, que el café de la mañana no puede competir con hacer el amor para empezar el día, mientras el mundo bosteza, nosotros lo hacemos y solo nos podrán llegar cosas buenas.

El álbum nos muestra a una artista en su madurez, consolidando lo que se llamó Soul blanco, aunque de este género hay también cosas más crudas en ese período que, por ejemplo So much loving, el segundo corte del disco. El tercer tema no necesita presentación. Las correduras de una joven en medio de un paisaje sureño de domingo de misa junto a un chico, descubriendo entornos y caminos en principio inescrutables, de esos de los que seguro no te enseñan en la iglesia, y que según ella solo el hijo del predicador podía hacerla recorrer. Son of a Preacher Man es sexy, vanguardista, y cuenta con uno de los mejores puentes del soul de todos los tiempos, por no hablar de su evocadora letra y unos vientos que atraviesan cada poro de la piel.

El siguiente tema aborda asuntos adultos como la riña de pareja I Dont Want To hear it anymore, y es que las paredes son finas y los vecinos pueden escuchar. Esta junto con No Easy Way Down o I Can’t Make it alone, afrontan justamente la pérdida, la caída y el momento de volver arriba. Y es que a todos nos gusta escalar a la cima donde podemos encontrar nuestro mundo de fantasía, pero lo más importante es saber cuándo toca descender, porque no hay caída fácil, como en Just one smile, donde una vez más la soledad podría verse reconfortada con solo un beso, una caricia o una sonrisa.

En el último corte del disco, la protagonista parece casi suplicar a su amante que la deje volver, y es que sola es mucho más difícil. La soledad a la que antes la habían impulsado en aquel Windmills of your mind que contenía ese crescendo final que no deja de sembrar escalofríos a cada escucha, ahora se siente como un aprendizaje que culmina en el reconocimiento de que un ‘lo siento’ no será suficiente, pero todos nos hacemos daño, para concluir en que al final la respuesta está en el alma. Windmills of your mind es quizás la canción menos soul de todo el álbum, Dusty la grabó a regañadientes por petición expresa de Jerry Wexler, a pesar de eso, su actuación es fantástica.

En medio encontramos momentos mágicos como el éxito instantáneo de Don’t forget about me, en el que la cantante parece estar en una situación en la que impide que su amante se marche, es tu vida, te puedes ir, tú decides si quieres ganar o perder, pero no te olvides de mí. Soul en estado puro. Y de ese encuentro amoroso pasamos a Breakfast in bed, uno de los temas favoritos. Un hombre acude a la guarida de su amante porque su mujer le ha herido, Dusty canta, ella te ha herido otra vez, me doy cuenta, conozco bien esa mirada. No seas tímido, ya sabes cómo es esto…quítate los zapatos y yo pasaré el cerrojo. Y así llega, el desayuno en la cama. No te preocupes, suéltate, no tienes que decir que me quieres.

La forma elegante, sexy y despreocupada de afrontar cada canción del disco, la cuidada producción, y el hecho de sentir que estás ante una ‘rara avi’ dentro del género, un híbrido entre lo que era el soul sureño y el pop, convierten Dusty in Memphis en un disco atemporal. Las ventas no dijeron lo mismo, fue un fracaso comercial en ambos lados del atlántico, sin embargo, el paso del tiempo lo han determinado como un disco de culto.

Y para terminar una anécdota. Durante las grabaciones en Memphis, las cuales estuvieron supervisadas por el propio cabeza de Atlantic Records Jerry Wexler, Dusty le indujo a que contratara a un grupo británico de reciente creación, cuyo bajista ya había tocado con ella en alguna gira. El bajista se llamaba John Paul Jones, y la banda Led Zeppelin. Sin haberlos escuchado, Wexler los fichó adelantando 150.000 dólares.

 

 

 

 

 

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