Cruïlla 2026: del vanguardismo de David Byrne al despiporre garage de The Hives

El Festival Cruïlla 2026 volvió a convertir el Parc del Fòrum en uno de los grandes puntos de encuentro del verano barcelonés. Tres jornadas donde convivieron el rock alternativo, el garage, el britpop, el soul y la experimentación escénica con nombres tan dispares como David Byrne, The Hives, Pixies, Suede, Garbage o The Black Crowes.


Jueves 9 de julio

Maika Makovski

Sin duda este jueves era, sin ningún tipo de duda, el día más caluroso y bochornoso del verano en el que estamos imbuidos. Además, a la mallorquina le tocó salir a escena con el sol aún abrasando el escenario en el que estaba programada su actuación.

Haciendo de su capa un sayo, Maika Makovski y su banda salieron a escena para empezar su recital. Están casi acabando la gira del muy recomendable “Búnker Rococó” de hace un par de años, así que el concepto y repertorio eran muy parecidos a los que ejecutaron en Barcelona el pasado mes de marzo, eso sí, en versión reducida, tanto en repertorio como en banda. Aun así, siete músicos en escena para arropar de manera inmaculada a la protagonista, que desde el primer momento salió a entregarse al cien por cien, sin titubeos. Actitud que el público correspondió siendo solidario con la artista mallorquina, sufriendo el mismo sol de justicia y aupándola en todo momento.

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Al ser un concierto en marco de festival, el repertorio fue un repaso bastante heterodoxo por su ya extensa discografía, pero sin dejar de lado el más reciente “Búnker Rococó”, del cual cayeron, por ejemplo, «Muscle Cars» o «Hunch Of The Century». Sin prisa pero sin pausa fueron desarrollando el concierto con una Maika en estado de gracia, tocando su añejo piano rococó, teclados y cantando a la vez o pasándose a la guitarra con una facilidad pasmosa, mientras esa sólida banda con sección de viento nos enseñaba cómo se pasaba del rock alternativo a una taimada psicodelia e incluso hasta llegar a ciertos pasajes free y algo cacofónicos, también ya marca de la casa. La cosa, por tiempo, ya no daba para más, pero Maika Makovski ofreció un concierto nada desdeñable bajo sofocantes circunstancias adversas. En invierno esperemos que esté en salas.


Garbage

Seguía el guion del festival con otro proyecto con mujer al frente. Los ya clásicos Garbage, con la incontestable Shirley Manson al frente. Puede parecer que lo de Garbage haya podido quedar anclado en una época muy concreta, es decir, los alternativos noventa. Pero, visto lo visto y escuchado lo escuchado, los de Butch Vig siguen siendo un valor seguro sobre el escenario.

Con el sol aún poniéndose y sonando por la PA la banda sonora de la inolvidable Twin Peaks, salió el quinteto americano a escena con «There’s No Future In Optimism». Todo impecable: puesta en escena, sonido y una Shirley Manson como punto focal que al momento nos conquistó a todos a base de un carisma incontestable.

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Sin duda Garbage había venido a trabajar. Encadenando una canción tras otra y con una actitud escénica a prueba de bombas, fueron dejando caer un repertorio que podía haber funcionado solo con canciones de sus dos celebérrimos y superventas primeros discos, pero la cosa no fue así. Obviamente no escatimaron en canciones que la gente quería escuchar: «I Think I’m Paranoid», «Stupid Girl»…, pero lo sorpresivo fue que de su último y recomendable álbum “Let All That We Imagine Be the Light” fuera el más representado con cinco canciones, las cuales encajaron muy bien entre sus clásicos y fueron ejecutadas con convicción. La cosa seguía adelante por buenos derroteros y con un Butch Vig impecable tras su batería, con un groove envidiable.

Tras una versión de «Lovesong» de The Cure y un ligero parón para que Shirley Manson hiciera un discurso bastante emotivo sobre la carrera de la banda y, a la vez, ver cómo van creciendo sus fans, se encaró una recta final con todo el público ya comiendo de la mano de la vocalista con una celebrada «Only Happy When It Rains». Noventa minutos de rock alternativo y electrónico de unos clásicos de su época que siguen creyendo mucho en sus posibilidades.


Suede

Ir a un concierto de Brett Anderson y los suyos es como ir a un lugar donde uno siempre se siente seguro. De hecho, esta era mi tercera vez con ellos, y uno no puede afirmar aquello de «A la tercera será la vencida», ya que lo fue la primera. Y esta vez lo volvieron a lograr consiguiendo uno de los mejores recitales del festival y también uno de los más multitudinarios. El inicio con «Disintegrate» ya fue una llamada al orden de Brett Anderson para que no nos tomáramos el concierto como uno más del festival.

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Una banda engrasada como un motor con aceite nuevo fue el armazón perfecto para que el vocalista pudiera explayarse en sus continuos contoneos, saltos y bajadas al público, ofreciendo realmente un show muy físico. Y es que durante noventa minutos todo funcionó como un reloj suizo: sonido, las inquietantes proyecciones y ese repertorio que es oro puro. Que, aunque tiró más hacia lo que la gente espera en un festival, no dejó de lado obras más recientes, haciendo un buen balance entre lo clásico y lo nuevo. Por supuesto, lo clásico fue lo mejor recibido por una audiencia ganada desde el minuto cero por Brett Anderson: «Animal Nitrate», «So Young», «Filmstar», «Trash»… Canciones perfectas e infalibles y que regurgitan lo mejor del glam británico más sofisticado.

Tras un pequeño interludio acústico con «She’s In Fashion», que sirvió para relajar un poco la intensidad inherente a Suede, se encaró una atómica recta final con las celebradas «Metal Mickey» y «Beautiful Ones». Sin duda lo habían dado todo casi al límite de la extenuación y el público supo recompensarlo con absoluta entrega y ovaciones de gala. Seguro que David Bowie se sentiría muy orgulloso.


Pixies

Y si Suede dejó el listón bastante alto, los seminales e influyentes Pixies no supieron estar a la altura. Bueno, en realidad tampoco sería justo hacer esta afirmación, ya que son dos bandas que, aunque más o menos comparten época, son de idiosincrasias totalmente diferentes.

De hecho, el concierto no empezó nada mal, en un tono vibrante y alegre, pero el tedio empezó a notarse a mitad del concierto. Da la impresión de que Frank Black hace tiempo que ya no se cree la historia de Pixies y que se mueve por inercia y por los réditos económicos que pueda generar el nombre. Obviamente tocó todo lo que el público esperaba de ellos —con especial énfasis en “Doolittle”—, pero muy en piloto automático.

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Aun así, se alargó el concierto con algunas versiones innecesarias (Neil Young entre ellas) y con canciones que poco aportaban a su repertorio básico. La cosa hubiera sido mucho más enjundiosa si de los cien minutos de recital ofrecidos se hubiera acortado a una hora, que para servidor hubiera sido la duración ideal. También hay que decir en su favor que, a nivel de sonido e interpretativo, no se pudo poner ninguna pega. Se retiraron con un Frank Black dando las gracias, pero, vista la tibia respuesta del público, solo lograron satisfacer a unos pocos.

Viernes 10 de julio

The Black Crowes

Muchos ríos de tinta y de ruido en redes sociales está provocando esta nueva etapa de los hermanos Robinson por la validez (o no) de su actual propuesta y por sus últimas referencias discográficas. Así que lo mejor era presentarse ante este concierto de los de Atlanta con el impermeable mediático puesto y decidir si The Black Crowes siguen teniendo el mojo o no.

Cuando tomaron posiciones en el escenario y empezaron el recital con «Remedy» quedó claro que íbamos a tener a los Black Crowes más directos. Y así fue, ninguna canción de su último disco y casi todo de sus dos primeras obras, pero hay que reconocer que fue muy bonito que recuperaran «Wiser Time» de “Amorica”.

A pesar de que los hermanos han decidido basar su actual etapa en sus mismidades, lo cual relega a sus actuales acompañantes en meros comparsas, no nos vamos a llamar a engaño: a todos nos gustaría que estuvieran ahí ilustres y pretéritos acompañantes como Marc Ford o Steve Gorman, por poner dos ejemplos, pero los actuales músicos tienen oficio y saben lo que se llevan entre manos, arropando bastante bien a los dos hermanos.

Un Chris Robinson en muy buena forma supo conectar con el público, hizo sus clásicos bailes y cantó rematadamente bien, mientras iban desgranando un clásico tras otro. Solo se ausentó para darse un respiro mientras su hermano Rich Robinson acometía una bonita versión de «Oh! Sweet Nuthin’» de The Velvet Underground.

El final llegó tras noventa minutos de incontestable rock’n’roll con la sentida y celebrada «She Talks To Angels» y «Twice As Hard». Como dijo Chris Robinson al iniciar el concierto: «Esto es un concierto de rock’n’roll y ya sabéis lo que os vais a encontrar». Ni más ni menos.


David Byrne

Difícil explicar solo con palabras lo que ofrece David Byrne en escena, porque tildarlo solo de concierto es quedarse corto. Desde sus inicios con Talking Heads, David Byrne ha entendido la música, la coreografía y el escenario como una vanguardista comunión entre ellos (se recomienda echar un vistazo al imprescindible concierto “Stop Making Sense”). Y es lo que nos ofreció: un escenario vacío con pantallas de vídeo de fondo donde el protagonista, prácticamente y de manera intimista, dio inicio al recital para, a partir de ahí, dejar fluir todo lo que pasa por su cabeza, que no es poco.

Entendiendo el escenario como un ente donde todos los que lo pisan son protagonistas, músicos, bailarines y David Byrne, todos vestidos de un inmaculado azul, empezaron a interpretar un repertorio moviéndose por el escenario con coreografías estudiadas hasta el último detalle, incluso habiendo momentos más distendidos donde el protagonista nos invitó a hacer la compra en los mercados municipales.

¿El repertorio? Pues mucho Talking Heads, aunque un poco pasado por su actual filtro más world music. De hecho, a veces hay que reconocer que podía caer en pasajes más parecidos a la lambada que al rock.

Pero pocas pegas más a un repertorio que contenía las imprescindibles «Psycho Killer», «This Must Be The Place» o «Life During Wartime», además de alguna canción más reciente como «Everybody Laughs» del recomendable “Who Is The Sky?”.

Un último bis con la inevitable «Burning Down The House» dio por finalizado un bonito y entretenido espectáculo ¿multimedia? del siempre vanguardista e imprescindible David Byrne.

Sábado 11 de julio

Jon Batiste

De toda la oferta que el festival ofrecía en su última jornada, más allá de The Hives no había artistas con tanto peso específico como en los días previos. Pero no quiere decir que no hubiera propuestas interesantes. Una de ellas era la de este multiinstrumentista americano que se prodiga más bien poco por esta parte del mundo. Su salto a la fama vino tras la banda sonora del film “Soul”, pero en el escenario del Cruïlla dejó claro que su propuesta va mucho más allá. El tiempo, mucho más clemente que en las jornadas previas, invitaba a dejarse llevar por ella.

Las raíces de Louisiana se dejaron ver desde la inicial «Tell The Truth», donde el R&B brilló con su poderosa banda a las espaldas. Pero más allá de desplegar su virtuosismo, Jon Batiste ofreció al público lo que realmente quería: un concierto desenfadado con el que divertirse.

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Además de «Big Money» o «Freedom», el resto del repertorio lo utilizó para hacer un repaso por algunas de sus piezas favoritas de otros artistas, sin importarle los estilos. Así fue capaz de repartir minutos entre «Mas Que Nada», de Sérgio Mendes, o mezclar «Für Elise» con Suzanne Vega o la banda sonora de “Sonrisas y lágrimas”. Todo con un único objetivo: que la gente disfrutara de la fiesta.

Una en la que hubo un invitado especial que pasó bastante desapercibido. Formando parte de la banda se encontraba Nick Waterhouse, que tomó la voz cantante para interpretar «Katchi». Y si vale un detalle para saber si la banda lo estaba pasando igual de bien que el público, es que, con el tiempo ya cumplido, trasladaron el show fuera del escenario. Decidieron subir por la grada mientras tocaban el clásico espiritual «When The Saints Go Marchin’ In», sin importarles que ya les hubieran cortado el sonido.

The Hives 

Pues realmente no se me ocurre mejor opción para finalizar tres días de festival que la algarabía, el humor y la energía de The Hives con su garage rock para todos los públicos. Salieron a escena ya con la noche cerrada, condición idónea para su luminosidad, y nunca mejor dicho, ya que en su frenética aparición sobre el escenario iban al unísono —como es habitual en ellos— con trajes con luces incorporadas, un poco al estilo de David Hasselhoff.

La fiesta acababa de empezar y ya no paró durante los ochenta minutos que duró el concierto. Una canción enérgica tras otra: «Hooray, Hooray, Hooray», «Born a Rebel», «I’m Alive», solo interrumpidas por la extensa e hilarante presentación de la banda durante «Hate to Say I Told You So».

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Más divertido todavía resultó que su vocalista, Pelle Almqvist, se defendiera más o menos bien en castellano, utilizando este idioma para dirigirse al público durante todo el concierto, aunque hay que reconocer que, más o menos, siempre decía lo mismo. Aun así, provocó momentos realmente hilarantes al presentar al bajista como el presidente de Cataluña.

En medio de este despiporre acelerado y garajero nos íbamos acercando al final con las imprescindibles «Come On!» y «Tick Tick Boom», con el vocalista ya al límite de sus posibilidades, aunque sacó fuerzas de flaqueza para afrontar el tramo definitivo con «Walk Idiot Walk» y «The Hives Forever Forever The Hives», mientras el público vivía una auténtica fiesta arrojando al aire los sombreros del festival.

Entretenimiento, buenas canciones perfectamente ejecutadas y mucho sentido del humor. Idóneo todo ello para un sábado por la noche y el mejor broche posible para cerrar el festival.

Fotos: Desi Estévez

Escrito por
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