Fito Páez quería evitar el azúcar habitual de los documentales biográficos. “El mundo cabe en una canción” le concede el deseo mostrando al músico, al genio, al perfeccionista y también al personaje capaz de resultar incómodo.
Si el timing de los acontecimientos te va poniendo pistas hacia dónde ir, no se le puede ignorar. Unos días después del concierto que Fito Páez ofreció en Barcelona, Netflix estrenaba “El mundo cabe en una canción”, un documental biográfico del rosarino en el que el propio Fito se ha encargado de que lo podamos conocer un poco más.
Porque el documental nos ofrece una visión poco común de la vida del artista. Una de las primeras frases que se podían escuchar en el tráiler era que a Fito siempre le molestó de los documentales que se blanqueara o se buscara solo la parte linda de los artistas. Y uno piensa que es solo una manera de hablar. Pero, a medida que uno se va adentrando en su vida, contada de manera cronológica, se da cuenta de que Fito no va de farol.
Durante una hora y cuarenta minutos recorre, sin cortarse un pelo, todos y cada uno de los claroscuros de su vida. De hecho, el primer plano es el propio Páez preparándose —porque no puedo asegurar que lo que esté haciendo sea orinar— para el concierto que ofreció el año pasado en Barcelona.

Una primera intervención en la que deja claro que su intención es no ocultarse. La grabación en Abbey Road de su reciente “Novela”, un disco que le ha costado 35 años terminar, le sirve de excusa para iniciar la parte musical del viaje y hablar de The Beatles. El arranque para el lado más privado e íntimo es el grave accidente casero que tuvo en Madrid en 2024.
A partir de aquí empieza la narración más o menos lineal de la historia de su vida, sin obviar ninguno de los dramas familiares ni las etapas más oscuras. Porque ni la muerte resulta una compañía extraña para el artista ni las adicciones quedan escondidas o blanqueadas.

Resulta interesante observar desde un lateral parte del trabajo creativo que ha llevado a Fito Páez a ser una de las grandes figuras de la música argentina junto con Charly García y Spinetta, con los que compartió música y vida. Y no me refiero al proceso de componer, algo a lo que, para mi gusto, se le dedica poco, sino a su comportamiento preparando las giras o los discos. Su perfeccionismo le lleva por momentos a mostrar su enfado y dureza para con los músicos. No lo esconde, aunque, a documental pasado, sí se arrepiente. Pero no de mostrarlo, sino de darse cuenta de la crudeza con la que se dirige en un par de momentos a sus músicos.

Pero, a medida que el documental avanza en el tiempo, se puede ver claro que, si tiene comportamientos de diva, es porque puede. Es cínico, un hinchapelotas en muchos sentidos, incluso con su familia, y es más que probable que, viendo el documental, incluso pueda caer mal. Pero está bien que se muestren los nervios y que no todo es de color de rosa en la música. Durante el metraje creces y evolucionas con el personaje, desde el joven admirador de Charly García hasta verlo dar una clase magistral en la Universidad de Berklee. Y te das cuenta de que ese punto histriónico de Fito Páez ya es parte de su sello personal.

No es un documental imprescindible, obvio. Pero sirve para conocer algo más de la idiosincrasia y la manera recíproca en la que la influencia de la música de Fito Páez ha marcado y se ha dejado marcar. Y es posible que consiga algo que parece que busca de manera indirecta. Si terminas el visionado odiando al personaje, es probable que sea incluso querido. Porque ese sentimiento es tan válido como el del amor y también es necesario vivirlo para disfrutar del otro lado.
Y porque es una respuesta a esa petición inicial de mostrar las cosas sin necesidad del que parece obligado azúcar de nuestros tiempos. El amargo y el ácido también forman parte de la paleta de sabores con los que disfrutar de Fito Páez.
Fotos: Desi Estévez