Ángel Guache (Luanco, 1950) recorre desde hace medio siglo territorios artísticos que otros creadores prefieren deslindar. Ha escrito poesía, pintado, publicado narrativa y participado en performances, pero en los últimos años su timón creativo se dirige firmemente hacia la grabación de discos con alta carga literaria. Para Guache, toda su obra forma parte de un mismo impulso creativo: buscar una expresión libérrima, directa y en las antípodas de lo convencional.
El asturiano Ángel Guache se interesó desde muy joven por el dibujo, la pintura y la literatura. Estudió Bellas Artes y expuso en el Museo Reina Sofía la muestra Poemas Geométricos (2001). Dos años después se alejó de la pintura y se arrimó al universo del sonido, si bien nunca ha dejado de observar el mundo como artista visual. Sus poemas utilizan imágenes claras, asociaciones inesperadas, tirando a chocantes, y revelan una potente conciencia del espacio, el ritmo y la forma. A su primer libro, Apariciones (1979), le sucedieron El Viento en los Árboles, Vals de Bruma y Las Sombras del Bosque. Guache se movía entonces cerca del postsimbolismo y en torno a una poesía más interesada en sugerir que en explicar. Su interés poético se asomaba a la naturaleza, la memoria, la infancia y las sombras.
El giro creativo se puede fechar en 1990, con la publicación de Canciones Para Interpretar con Maracas. El título anuncia ruptura con ingredientes humorísticos, lenguaje coloquial, absurdo, juegos verbales y una actitud mucho más libre frente a la tradición poética. Permaneció la melancolía, ya despojada de toda solemnidad, pero la ironía subió al pódium como herramienta central de su obra.
A partir de ahí se desencadena un torrente de libros tan inclasificable como caudaloso: Los Adioses, Diario de un Buzo, Disonancias Antárticas, Piano, Piano, Torpedos Flamencos, Me Muerden los Relojes, Umbro, Ruido Cósmico, Experiencia Espiral o Cantos para Ballet Bufo. Su bibliografía suma hoy 44 títulos, con registros muy distintos en los que a veces domina la angustia, aunque de forma progresiva es el humor el que toma las riendas. Navega con soltura y total credibilidad por las aguas del surrealismo y las fuentes de raíz popular, junto a ingredientes expresionistas, psicodélicos, eróticos, satíricos o místicos, entre otros muchos.
Su relación con la música comenzó muy pronto. En 1972 se embarcó con J. Ciganda en unas grabaciones donde mezclaba recitado, canto y música experimental. El trabajo merodeaba ciertas experiencias electroacústicas y se presentó al año siguiente en la galería La Mandrágora, de Málaga. Aquellas actuaciones desembocaron en lo que décadas después se conocería como Spoken Word (o palabra hablada, expresión artística con poesía recitada en voz alta, combinando voz, ritmo, gestos e interpretación teatral). Guache utilizaba la voz como elemento musical y trataba el poema como materia sonora. Desde los años setenta ya buscaba formas de sacar el poema del libro y compartirlo en el espacio escénico, para que la palabra alcanzara cuerpo, volumen y ritmo.
Años después recuperó ese camino junto a Dani Loma. Con él alumbró Lo Obscuro y Misticismo Psicodélico, trabajos definidos por ambos como electropoemas. En esas grabaciones, Guache canta, recita, murmura y fuerza la voz sobre bases electrónicas. El sonido no opera como simple fondo, sino que forma parte de la estructura del poema y amplía sus posibilidades expresivas.
Sin embargo, la gran etapa musical de Guache llegó con Marcelo Pull, músico, productor y multiinstrumentista. La colaboración fluyó desde el principio con entendimiento casi total. Guache aportaba una letra y Pull buscaba la estructura musical. El poeta no tenía interés en convertirse en un cantante convencional, y Pull entendió enseguida que no debía corregir esa irregularidad. La voz de Guache es áspera, teatral y a veces quebrada, de forma que el guitarrista decidió construir la música alrededor de ese sonido característico.
El primer periodo del dúo tuvo un fuerte componente político. Anarquía Barbuda (2013) nació en el contexto del 15-M y reflejó el espíritu libertario de Guache. Las canciones mostraban voluntad de protesta. El poeta aceptaba incluso el carácter panfletario de algunas letras, porque entendía que determinados momentos exigen una expresión sin rodeos.
Con ¡Libérrimo! (2015), la oferta ganó amplitud y mezclaba punk, ska, reggae, blues, funk, country con un chorro de música de Nueva Orleans. El eclecticismo no respondía a una estrategia comercial, sino a sed de libertad. Guache y Pull saltaban sin despeinarse de la canción política a la humorística. Los propios títulos delataban el tono del trabajo: Himno del Noctámbulo, La Alegría de Vivir, Fundamentalista y Agresor, Me Zumbó la Policía, Himno Libertario, Carnaval Social o Himno del Capital. La compositora y actriz VaneXXa colaboró en varias canciones, al igual que Julián Hernández, líder de Siniestro Total. Ambos comparten una concepción del humor como herramienta crítica y una desconfianza similar hacia las formas solemnes de la cultura.
El repertorio se abrió a temas más amplios. Guache habló del amor, del paso del tiempo, de inadaptación, de personajes imaginarios y de referencias literarias. El componente político seguía presente, pero ya no dominaba el discurso. En Ballet Volcánico, Guache y Pull buscaron un sonido más compacto y duro. Aparecieron el blues, el protopunk y el rock.
Las canciones eran breves y evitaban disgresiones innecesarias. El objetivo era concentrar la intensidad y dejar que el poema marcara la estructura. El disco también dejó patente la admiración de Guache por Francisco de Quevedo. Parte del repertorio se apoyaba en sonetos y en una tradición literaria que el poeta asturiano admira por su capacidad para manipular el lenguaje. Guache ve en Quevedo contradicciones, inteligencia, humor y violencia verbal.

(Diseño del disco y carátula Meri Moon)
De ahí nacieron también los llamados “sonetotes”. Guache utiliza ese término para sus propios sonetos y ha convertido la forma clásica en un territorio de experimentación. Con Marcelo Pull descubrió que esos poemas podían convivir con el blues. Así aparecieron trabajos como Ojo de Huracán (30 Sonetotes) y Sonetotes Blues.
La discografía conjunta incluye Desfile Funambulesco y Canciones para Niños y Niñas de Todas las Edades. La colaboración con Marcelo Pull constituye un cuerpo musical amplio y coherente dentro de su diversidad. Igual que ocurre con los expertos literarios, la crítica musical ha sudado inútilmente para etiquetar este proyecto. Las palabras rock, blues, punk, canción de autor o música experimental compiten por entrar en la definición, pero ninguna funciona por completo. Algunos artistas han encuadrado en alguna ocasión su propuesta como “rock con sentido del humor”, mientras que el escritor Diego Medrano ha recurrido al concepto de juglaría para explicar su forma de mezclar música, humor, surrealismo y expresión escénica.
La dimensión oral resulta clave, porque Guache no escribe siempre pensando en una lectura silenciosa. Muchos poemas suyos necesitan voz, gesto y ritmo. La grabación musical permite entender mejor esa parte de su trabajo y demuestra que la discografía no puede considerarse un apéndice secundario. Su compromiso musical ha levantado muestras de admiración de artistas como Nacho Vegas o Héctor Tuya.

Guache lleva décadas ampliando las posibilidades de la palabra. A veces utiliza el humor y en otras ocasiones recurre a la melancolía. Puede escribir un soneto, un poema visual o una letra de rock, al tiempo que recita sobre una base electrónica o canta con una guitarra distorsionada. Por eso su figura resulta singular en el panorama cultural contemporáneo. No pertenece por completo al mundo de la poesía, pero tampoco se limita al rock. Su territorio está en medio y cambia continuamente de forma. Su verdadera coherencia no radica en el estilo, sino en la libertad. Guache ha cambiado de lenguaje muchas veces, pero ha mantenido una misma voluntad: que la creación permanezca abierta, el humor no pierda inteligencia y la poesía sea capaz de sorprender. Después de más de cincuenta años de trabajo, todavía busca nuevas formas de conseguirlo.
El ritmo de producción de Ángel Guache y sus múltiples socios creativos causa asombro, tanto en términos literarios como musicales. La edición más reciente se titula Corazón de Trapecista (Huerga y Fierro Editores), con ilustraciones y prólogo de Eugenio Rivera.
También está recién salido el horno el álbum Yo Me Río de la Vida, su flamante colaboración musical con Marcelo Pull, en Discos Libérrimos. El título es de por sí, explica el poeta, “un manifiesto”. Es el undécimo que publica el dúo, tras intensa colaboración y enorme complicidad creativa. Explica Guache que su socio sonoro Pull “es un músico genial. Le llevo una canción e inmediatamente está grabada. A la primera”. Son una decena de canciones más un bonus track (Asturias, Paraíso en Libertad, con vocación de himno). Las letras proceden de los libros Desafinado, el citado Corazón de Trapecista y Cante Alegre. La línea ideológica la define el poeta: “De literatos me empacho, me voy con el populacho”.
La pieza que da título al disco y sirve como “manifiesto” comienza así: “Yo me río de la vida / Cada segundo que pasa / Yo me río de la vida / Con alegría y con guasa / (Sí, ¿Qué pasa?) / El que es serio sufre mucho / El que es serio que se aguante / El que es serio no me entiende / Y me llamará tunante”. El resto de las piezas destacan por la fuerza y su garra expresiva. Cantar del Hombre Rayo recupera “la figura del artista César Fernández Arias (1952-2023). Se ultima un homenaje a César que tendrá lugar en octubre, en el Museo del Traje, y contribuyo en el libro/catálogo que se va a publicar”, explica Guache. Otro de los cortes que destaca se titula Políticos Señoritos: “Políticos Señoritos / Con sus coches oficiales / Subirse el sueldo y trincar / Esos son todos sus planes / Políticos Señoritos / No saben lo que es el pueblo / ¿Por qué no cogen el bus / por qué no viajan en metro?”.