Alice Cooper, el corazón de las tinieblas

Tenemos suerte en la fe ciega que Vincent Furnier tiene en su personaje, en su grandioso alter ego, Alice Cooper. Una fe que lo ha empujado a lo largo de los años, en los momentos de gloria y en los de vacas flacas. Gracias a Alice Cooper somos un poco más felices, nos ayuda y fortalece en el transito del horror diario, y nos identificamos con él cuando nos sentimos fuera de lugar. Reconforta el saber que siempre podemos contar con su cercanía para revisitar momentos (felices) pasados, y eso no es moco de pavo.

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Menos es más, y Alice se presentó en el Sant Jordi Club con un montaje escénico tan clásico como efectivo, cartón piedra y escenografía setentera que sigue surtiendo el mismo efecto en los fans que hace 40 años (me incluyo : ¿Quién no prefiere los artesanales efectos especiales de la trilogía original de Star Wars a los de ahora?).

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Es respaldado por una (más que consolidada) banda en perpetuo estado de gracia, donde destacan los guitarristas Ryan Roxie (cuanta clase atesora este tipo) y una Nita Strauss siempre en el centro de la polémica : se le acusa de demasiado metálica para el repertorio del show, pero hace tiempo que Alice viró a sonidos más contundentes, y a pesar de algún exceso Strauss se contuvo bastante y fue pieza fundamental en el éxito del concierto.

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Con un público con muchas ganas de pasarlo bien, Cooper arrancó la velada alternando éxitos de su resurrección de finales de los 80’s con clásicos de su etapa 70’s : “Feed My Frankenstein” y “Bed of Nails” no desentonaron al lado de “No More Mr. Nice Guy” o “Raped and Freezin’”, mientras que “Fallen in Love” fue la única concesión al más que correcto “Paranormal” de 2017.

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A continuación tres tótems de su setlist : “Muscle of Love”, “I’m Eighteen” y “Billion Dollar Babies” fueron una fiesta, dando paso a ese super hit FM que es “Poison”. “Roses on White Lace” (más teatral que nunca , en parte gracias a la participación de su mujer Sheryl como novia cadáver) y la recuperación de “My Stars” precedieron al trio del icónico “Welcome to my nightmare”) : Alice se tomó a un pequeño descanso en que la banda ejecutó en solitario “Devil’s Food”, para atacar a continuación en conjunto “The Black Widow” y “Steven”.

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“Dead Babies”, “I Love the Dead” , “Escape” (madre mía, este hombre podría hacer 40 set lists diferentes y salir igualmente a hombros…) y un espectacular “Teenage Frankenstein” como falso final antes de los bises. Una rejuvenecida “Under My Wheels” y “School’s Out” como inmejorable (literalmente inmejorable) fin de fiesta, con ese confeti que a pesar de los años, y de las veces que lo hemos vivido, nos sigue emocionando to the max.

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Más allá de estériles debates sobre la deriva metálica de su propuesta, elección de set list o protagonismo de Nita Strauss, que un tipo de 71 años defienda con tal magna dignidad una propuesta tan anacrónica como fantástica y utópica es digno de admirar, y lo sitúa como personaje clave en la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX, y por extensión, lo hace inmortal. Tras el imperceptible y elíptico crepúsculo, el sol descendió y nos regaló momentos para soñar y recordar.

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Texto Albert Barrios. Fotos por José Figueres.

 

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