Junior Mackenzie y un unicornio

Una noche de sábado en un bar de pueblo con Junior Mackenzie es un regalo que no se debe desaprovechar. Su música es la receta perfecta para vivir el momento, respirarlo y retenerlo contigo antes de dejarlo ir. Empieza el concierto de la sala Euterpe, de San Juan, en acústico, una onda tan pausada que Ben Wirjo alterna golpes de baqueta al aire para medir los tiempos.

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Pero en el cuarto tema, “A place called nowhere”, Junior Mackenzie desata por primera vez la tormenta y en pleno aguacero su frontman, Juan Fortea, rompe una cuerda de su guitarra eléctrica, lo que no le impide ejecutar un solo que lleva la canción a puerto. Resultado del accidente es que decide abordar con la guitarra acústica “Sleepwalker”, quizá la canción más bella del disco, que de ese modo alcanza cotas de belleza inexploradas en público.

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Con “Haze” y “Colors of the sky” la voz de Fortea ha alcanzado un punto de calidez embriagador, y la banda disfruta de una manera evidente con lo que están creando para todos nosotros, el contrabajista Mauricio Bedoya y Ben Wirjo intercambian constantes miradas de complicidad en el reducido escenario en el que la música estalla en explosiones cada vez más rockeras. “Much more than we need” ha iniciado ese camino más eléctrico y contundente.

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Pablo Barrios, que resulta difícil de creer que solo ha ensayado dos veces con ellos, dibuja con los teclados fondos sintetizados y rumorosos en la penumbra y Fortea se enamora de su guitarra, la pellizca, la rasguea, la hace gemir y retumbar. La fiesta sigue. Los caminos del rock son amplios y diversos y la gente de Junior Mackenzie los conoce todos, los funde, los acerca si hace falta al jazz y a la psicodelia, puede sonar sureño o latino, rural o urbano.

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Cuando inician “Long way to walk” las luces permanecen apagadas durante tres minutos, y como en una nana de nuestra niñez, aparece un mundo de ensoñaciones inducido por el falsete de Fortea, el sonido líquido de su guitarra y el arrullo del teclado. Entonces se encienden los focos, la música arrecia y así seguirá hasta el final con “Where to stay”.

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Los músicos se bajan del escenario y queda allí un unicornio, símbolo de la pureza, de un mundo de convicciones, minoritario y heroico, de artistas que viajan en sus coches de ciudad en ciudad y cada noche conectan con su público con una sonrisa, entregados a un oficio o un arte o una condena, la de convertir en canciones un sentimiento.

Fotos y vídeo por Juan J. Vicedo.

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