Pigmy se manifiesta

Pigmy se manifiesta Manifestación disco
Pigmy se manifiesta Manifestación disco

Yo no debería estar escribiendo sobre este disco, porque solo hace una semana que llegó a mi casa, y nada más lo he escuchado tres veces. “Manifestación” no es una obra que se lleve bien con la inmediatez, con las prisas. No solo porque se le debe un respeto al tiempo que su autor empleó en ella, seis años, sino porque además su música nos viene desde muy lejos, una lejanía que se mide en siglos, si es que se puede medir. Vicente Maciá, Pigmy, ha enlazado pasado y presente con la habilidad de quien es capaz de ver la unidad de las cosas o de encontrar el universo en lo que el llama su desordenado desván. Escuchar este disco es viajar al infinito, y, como él canta en “Almendros en flor”, exprimir la gota oculta en la roca. Si Pigmy te lo dice ves de pronto que cosas que no conocías existen o son posibles. Puedes saborear el calor, escuchar el latido de un grano de arena, o lo que sea que te proponga, en un tiempo sonoro y sensorial que funde la música renacentista y los trovadores con las melodías de los chicos que en los años sesenta ponían flores en su pelo y humo de marihuana en sus pulmones.

Empieza el disco en la Alta Edad Media y en latín, dos minutos de recogimiento espiritual, que llevan a las puertas de “Almendros en flor” y la música antigua que te arrulla crea sin embargo el espacio suficiente para que los sonidos del rock progresivo busquen abrazarla. Los caminos no tienen fin, y en un nuevo giro, “Manifestación”, la canción que da título al álbum, es pop renacentista hasta que de repente aterriza en el siglo XX, en el reino de la electricidad y la batería, territorio efímero que clausuran la trompeta y el sitar. Miras a tu lado por si George Harrison está contigo escuchándolo, pero no hay nadie. El disco está sembrado de huellas que el viento revela en tu mente antes de borrarlas. Hay vislumbres de psicodelia y pantalones de campana en “Incienso y bengala”, y “Lo sagrado en lo profano” invoca sutilmente olvidadas veredas de jazz-rock y la edad más sugerente del prog rock, cuando todo era fresco como la hierba al amanecer. Son sombras del pasado, tan lejanas como los monjes benedictinos que cantaban himnos a San Juan. No hay nadie más, es Pigmy, idéntico a si mismo. “Me muevo y permanezco quieto, siempre estuve aquí”, ha escrito en uno de sus versos.

El fraseo, tan difícil cuando se canta en español, es un arma escondida con la que Pigmy encaja los versos de “Ana”, una ensoñación musical que conduce a algún lugar remoto de la conciencia. La escritura de las canciones encierra prodigios (“sobre un cielo de asfalto he volado hacia ti”, canta en “El hombre menguante”, invirtiendo todas las reglas lógicas de nuestro mundo, y la magia de lo inexplicable moldea los versos de “Incienso y bengala” que dicen “arden las brujas que mecen la cuna / de un niño que nunca existió”). En “Mi canción” la profundidad filosófica y lo cotidiano acaban siendo la misma cosa, lados intercambiables de un mundo personalísimo: “Un ratón se pregunta por qué / está en el origen el fin / Mi madre cogiendo retama en las vías / llenaba de vida el salón”. Texto y música, las dobles voces, la dulce cadencia, la presencia del bajo, el final etéreo, todo hace de esta canción una invitación a la quietud y a la paz.

“Septiembre”, la pieza final del disco, condensa en su melodía todo lo que la música puede aportar a la tarea de mirar la vida con los ojos de la inocencia, el nuevo curso con la ilusión de todo lo que es nuevo. “Manifestación” se venderá poco y se escuchará mucho. No es una obra de mayorías, ni siquiera de minorías. Es música que conecta individualmente, en secreto y a media luz con el corazón de unos pocos elegidos. Es, sencillamente, inmortal.

 

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