Sarah Lee Guthrie y la flecha del tiempo

Pequeña y delicada, hecha cuerpo con la madera de su guitarra acústica, con voz de pájaro y de bosque, Sarah Lee Guthrie establece desde su posición a poca luz en el escenario una flecha del tiempo que viaja hacia atrás y se clava en la historia contemporánea de América. Escucharla revivir canciones que un día hallaron refugio en las sombras del Village neoyorquino es, de algún modo misterioso, resucitar la voz ya casi olvidada de Phil Ochs o de Dave van Ronk, estar presentes en donde nunca estuvimos, hacer realidad lo que está escrito en las páginas de los libros que leímos.Sarah-Lee-Guthrie.Wurli_.220424.05

Es un viaje inmaterial que retrocede hasta los años cuarenta del siglo XX cuando Sarah Lee recupera alguna de las canciones que fueron ladrillos en la construcción del futuro, su abuelo Woody armado con una guitarra hoy legendaria cantando a los trabajadores congregados, necesitando saber cuál era el camino. Hay una oculta continuidad de la conciencia que conduce del presente poliédrico y aparentemente amable hasta aquella época convulsa, en la que los días eran de hierro y los cielos de plomo, y en esa línea punteada de esperanza están las canciones, el mensaje que nos entrega con ellas y una sonrisa, canciones suyas y de otros, nuestras aunque no las conociéramos.Sarah-Lee-Guthrie.Wurli_.220424.03

 

Sarah Lee Guthrie review Bilbao crónica 2024.

Están también esas otras que ni nosotros ni nadie escuchó antes, de las que Woody Guthrie dejó escrita la letra en papeles guardados durante años en carpetas o cajones, y a las que un día Sarah Lee decidió vestirles melodías. Ni su abuelo, ni tampoco su padre, Arlo, lo habían hecho. La esperaban tal vez a ella, que no conoció a Woody, que nació cuando a él ya se lo había llevado la enfermedad de Huntington. Son esas canciones, a las que les resultó fácil encontrar una música propia porque ya la llevaban, porque Woody Guthrie las dejaba caer así en el mundo, casi perfectas, a falta de un hálito, son esas obras del tiempo en las que vemos el pasado y lo escuchamos.

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En un sótano en penumbra de la ciudad de Bilbao el claro de luz ilumina las canciones, dichas desde un lugar en el que el tiempo del último siglo se comprime y se desvanece. Entonces caes en la cuenta de que quien se probaba los zapatos de su padre en la canción era también ella, y que lo éramos nosotros, cualquier niño, porque la vida sigue más allá de cada uno, y la flecha del tiempo traza una parábola interminable sobre el mundo.

Fotos de Ana Hortelano

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