Regresa Javier Cosmen a un escenario en el que dioses y semidioses convivían en Londres. Si en ocasiones anteriores se fijó en etapas concretas de The Who y The Rolling Stones, en esta ocasión recorre la biografía completa de Ronnie Lane.
Una apuesta arriesgada, dirigida a un público mucho más reducido, en el que cualquier reclamo se queda corto: no es lo mismo citar en el título de un libro las palabras “Quadrophenia” o “Sticky Fingers” que “Ooh La La!”, que a muchos nos lleva más a Montmartre que al East End. Además, ¿quién es Ronnie Lane y por qué ha de interesarnos leer trescientas páginas sobre su vida y obra?
Ni siquiera las bandas que creó o contribuyó a crear – Small Faces, Faces, Slim Chance – ocupan los primeros lugares en la historia del rock, y algunos de sus compañeros en ellas – Ron Wood y Rod Stewart – han gozado y gozan de una notoriedad que sin duda atraería a más lectores.
Cosmen lo justifica en su introducción: “pude ver en él al ser humano mucho antes que a la celebridad”, dice. Es esta una historia triste y sin final feliz, nos advierte, como si quisiera prevenir a quien se proponga leer las andanzas de su personaje. Es un libro honesto, en el que el autor nos presenta a Lane en toda su descarnada humanidad, y de ese modo se nos hace entrañable en su patetismo. No fuerza Cosmen los elementos dramáticos ni embellece las zonas de sombra. Es lo que es, la vida de un chaval londinense que soñó con ser músico y que murió siéndolo, que luchó por hacer la música que quería hacer y no otra, que se sobrepuso a una enfermedad terrible e incapacitante, que sembró de luz los textos de sus canciones.
La biografía de Lane es a la vez un rico mosaico de la música del momento, en el que aparecen numerosos personajes, obligando a Cosmen a introducir breves apuntes biográficos al paso, y se agradecen porque no llegan a distraer de la lectura y cumplen mejor que una nota a pie de página. Pero no nos engañemos, eso es solo contexto: si este libro nos interesa es por este hombrecillo, con apariencia de duende, que halló refugio en las enseñanzas de Meher Baba, en el calor de la amistad (ahí están Pete Townshend o Eric Clapton, por ejemplo, con quien tocaba por los pubs sin ser anunciados), en el amor de las mujeres con las que vivió y, por encima de todo, en la música, esa amante a la que nunca renunció
No fue una estrella, la fama le fue esquiva, vivió miserablemente mientras los demás disfrutaban de grandes mansiones, murió sabiendo que iba a morir. Es una historia triste, sí, es la que Cosmen quiso que conociéramos. En estos tiempos que corren es bueno leerla.
Texto por Juan J. Vicedo desde Libros para el camino. Lugar que tiene que ver con la música, y con lo que nos conmueve de la música.