Billy Corgan en Madrid 2026: ‘Mellon Collie and the Infinite Sadness’ de The Smashing Pumpkins en versión orquestal

De niña, nunca pensé que acabaría viviendo en Madrid ni escribiendo sobre un concierto especial de Billy Corgan, después de haberme criado en una granja perdida de Michigan rodeada de vacas, caballos, maíz, abetos y gallos psicópatas que me atacaban cada vez que iba a recoger huevos (todavía tengo cicatrices en las piernas).

Y no, lo peor de crecer allí no era levantarse antes de que saliera el sol para limpiar estiércol o pasarte horas y horas cada día en el autobús escolar (que conducía mi abuela) atravesando carreteras congeladas en invierno. Lo peor llegaba en verano.

Cuarenta grados, humedad infernal, mosquitos del tamaño de helicópteros y tú cargando balas de heno gigantes con manga larga y pantalón largo porque si no terminabas llena de cortes y picores. Mientras tus colegas parecían estar viviendo adolescencias bastante más tranquilas.

Pero en verdad, tuve suerte.

Porque durante una época comprábamos heno al padre de una chica que (antes) vivía relativamente cerca, había ido a mi instituto y probablemente creció entre el mismo barro, los mismos inviernos interminables y las mismas carreteras secundarias que yo. Aquella chica es conocida mundialmente como D’Arcy Wretzky, bajista original de The Smashing Pumpkins.

Seamos sinceros, Michigan tiene una historia musical brutal para un estado lleno de nieve, granjas y pueblos perdidos. Desde Motown y Madonna hasta Iggy Pop, MC5, Alice Cooper, Eminem o The White Stripes. Y supongo que algo de todo eso termina quedándose dentro, aunque pases media adolescencia cubierta de olor a caballo, heno y picaduras de mosquito.

Supongo que será por eso que nunca he conseguido separar del todo a The Smashing Pumpkins de Michigan, aunque realmente sean inseparables de Chicago, MTV, el auge alternativo de los noventa y todo lo demás. Para mucha gente eran simplemente una de las bandas más gigantes del planeta. Para mí eran, además, otra cosa. Algo extrañamente cercano.

Y quizá por eso Mellon Collie and the Infinite Sadness (y todos sus discos de esa época) sigue pareciéndome un disco tan especial incluso hoy.

Porque en 1995 aquello casi era una provocación.

El pacto implícito del rock alternativo americano parecía bastante claro: podías triunfar, sí, pero sin parecer demasiado ambicioso. Nirvana habían explotado el mainstream casi por accidente. Pearl Jam estaban peleándose con Ticketmaster. Y entonces aparece Billy Corgan con un disco doble larguísimo, barroco, sentimental, obsesivo y completamente desmesurado… y encima vende millones.

Eso era casi ofensivo para cierta idea de lo que debía ser el rock alternativo.

Y sin embargo funcionó.

Porque Mellon Collie hacía algo que muy pocos discos consiguieron: sonar gigantesco y raro al mismo tiempo. Era música que aparecía constantemente en MTV, pero también un álbum que parecía pedirte encerrarte durante dos horas con auriculares, el libreto abierto y demasiadas cosas pasando dentro de tu cabeza. No era “cool” rollo Beck. Era demasiado intenso para eso. Y precisamente por eso conectó con tanta gente que tampoco terminaba de encajar ni siquiera dentro de la propia cultura alternativa.

Ahí sigue “1979”, probablemente una de las canciones que mejor capturó la adolescencia americana de los noventa sin necesidad de hablar de política, revolución o cinismo generacional. Coches, aburrimiento, amigos, calles vacías y esa sensación de que la vida real todavía no había empezado. Para muchos chavales de Estados Unidos como yo, aquello era prácticamente un documental.

También es verdad que el disco tiene exceso. Bastante. Ideas descontroladas, momentos innecesarios y canciones que probablemente nadie habría echado de menos. Pero justamente ahí está parte de su verdad. Los grandes discos dobles casi nunca funcionan por contención. Funcionan porque parecen demasiado grandes incluso para la banda que los hizo.

Y The Smashing Pumpkins eran exactamente eso en aquel momento.

Además, musicalmente el disco fue bastante más inteligente de lo que algunos puristas quisieron admitir durante años. Flood y Alan Moulder entendieron que repetir simplemente la densidad infinita de Siamese Dream habría convertido a la banda en una caricatura de sí misma. Por eso Mellon Collie respira distinto. Hay cajas de ritmos, espacios, texturas casi new wave y canciones como “Thirty-Three” o “Cupid de Locke” que todavía siguen sonando emocionalmente modernas mientras gran parte del rock alternativo noventero quedó atrapado dentro de su propia distorsión.

Y luego está la contradicción Pumpkins que obsesiona a tantos músicos: canciones que parecen puro desbordamiento emocional juvenil construidas en realidad con un perfeccionismo casi enfermizo. Ahí están las famosas decenas de pistas de guitarra de “Thru the Eyes of Ruby”. Desahogo noventero cuidadosamente calculado.

Resulta extraño (y bastante bonito) que treinta años después de todo aquello termine siendo Madrid una de las ciudades donde Billy Corgan presentará “A Night of Mellon Collie and the Infinite Sadness”, una reinterpretación orquestal y operística del disco que convirtió a Smashing Pumpkins en algo muchísimo más grande que una banda alternativa de los noventa.

El concierto tendrá lugar el 11 de septiembre en el Palacio Vistalegre y formará parte de una gira muy limitada que también pasará por Londres, París y Amberes. Dos horas de música, imágenes y una producción escénica creada específicamente para esta serie de conciertos especiales.

Las entradas saldrán a la venta el jueves 14 de mayo a las 11:00h.

Y sinceramente, todavía me cuesta procesar que la música que sonaba mientras cargábamos heno en mitad de Michigan termine trayendo de vuelta todos esos recuerdos desde un escenario en Madrid tantos años después.

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