Rilo Kiley en Roundhouse. A veces, cuando estás en racha, estás jodidamente en racha.

Para quienes tuvimos la suerte de conocerlos, Rilo Kiley siempre fue una banda especial. Quizás el grupo indie pop por excelencia de la era millennial, se ganaron merecidamente nuestro cariño creando algunos de los temas más memorables de su época. Con el éxito suficiente para sobrevivir, pero a la vez lo suficientemente rebeldes como para ser amados solo por los entendidos, el trabajo de Rilo Kiley tiene, a pesar de todo, una curiosa atemporalidad. Jenny Lewis, toda una Stevie Nicks del indie pop, siempre tuvo un magnetismo muy especial. La típica chica de Hollywood: excéntrica pero real, inalcanzable pero cantando miedos que también eran los tuyos con iniciativa, presencia escénica y una voz increíble.

La banda de Los Ángeles protagonizó el año pasado quizás la resurrección más sorprendente de la historia del indie rock tras 17 años separados. La exitosa carrera en solitario de Jenny Lewis no lo ponía fácil. Blake Sennett, el otro líder de la banda, incluso había dejado la música y estaba trabajando como agente inmobiliario. Lo hacía en Nashville, ciudad a la que se mudó Jenny para grabar su último disco. Un par de citas para recordar los viejos tiempos encendieron un poco la chispa. Sennett siempre había dicho que las segundas partes no suelen acabar bien. Bastante habían resistido tras sobrevivir a una ruptura sentimental. Pues Lewis y Sennett, que crecieron como actores adolescentes en Hollywood, formaron la banda cuando eran pareja.

Con la ayuda del bajista Pierre de Reeder y el batería Jason Boesel, lanzaron algunos de los mejores álbumes de indie rock de la década de 2000, se ganaron una fiel base de seguidores y parecían estar a punto de alcanzar el éxito cuando decidieron separarse. Su último disco había girado hacia el pop y Jenny quería probar con sonidos más de raíces. Aunque no ha habido grandes movimientos de reivindicación, el culto a Rilo Kiley ha seguido creciendo. Como dicen ellos: “O no has oído hablar de nosotros o tienes un tatuaje nuestro”. Finalmente, el año pasado decidieron reunirse para ensayar en el estudio de Pierre, al que ellos conocen como Duke. La química funcionó, prepararon una gira de perfil bajo y el éxito los sorprendió llenando recintos por todo Estados Unidos.

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A raíz de ese éxito, hemos podido comprobar que la historia les ha dejado como uno de los grandes referentes del indie rock para los millennials. Se han escrito varios artículos sobre el tema donde intentaban comprender el fenómeno. Lo que es completamente seguro es que su influencia en la irrupción de muchas artistas femeninas debe mucho a lo que fueron Rilo Kiley. Muchas chicas cogieron una guitarra tras ver a la banda: Waxahatchee, St. Vincent, Phoebe Bridgers, Lucy Dacus, Valerie June… Todas ellas han hablado de lo que significó la banda para ellas. Si Jenny podía, ¿por qué ellas no?

Las noticias que nos llegaban decían que estaban dando los mejores conciertos de su carrera. El tiempo atemperó las tensiones de ser una banda liderada por una ex pareja sentimental. Además, la inclusión de un guitarrista de apoyo -Harrison Whitford-, la sensación de una segunda oportunidad de unos músicos que se quedaron a medio camino del éxito y el cada vez mayor dominio escénico de Jenny, una artista inclasificable; hacían de esta una cita imprescindible, 19 años después de su último concierto en Europa.

El Roundhouse, uno de los recintos con mayor solera de Londres, se antojaba un lugar ideal para volver a reencontrarse con la música de los angelinos. Las entradas se agotaron en apenas unas horas, así que teníamos la seguridad de encontrarnos rodeados de fans esperando algo mucho más allá de un ejercicio de nostalgia. Al empezar a sonar el sampler que introduce “The Execution of All Things” supimos que aquello iba en serio. Un karaoke colectivo cantando unas letras generacionales y una banda perfectamente engrasada y feliz, muy feliz.

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Sin pausa atacaron otro tema del disco que les puso en el mapa, “Spectacular Views”. Una canción urgente y llena de guitarras precisas. Dio paso a “And That’s How I Choose to Remember It” , una reflexión de Jenny sobre el divorcio de sus padres cantada con megáfono y con sus compañeros entregados a un art rock experimental cercano a los sonidos de Sonic Youth. Y es que está claro que no han vuelto de manera fácil. “Paint’s Peeling” dejaba claro que la gira no está diseñada para tocar las canciones más accesibles, sino para reivindicar su legado de manera exhaustiva, sin renegar de ninguno de los pasos que tomaron.

Está claro: Jenny Lewis no vive de rentas: es un icono incómodo, interesante y excéntrico. En su rincón del escenario, una margarita, una cerveza Modelo y un ejemplar del libro “How to Be a No-Limit Person” del gurú de los libros de autoayuda Wayne Dyer. Más allá de esos detalles tan californianos destaca su voz, que sigue sonando veraz y precisa. Como contrapunto, Blake Sennett -mucho menos “personaje”-, más centrado en lo musical, sosteniendo el sonido de la banda junto al infravalorado Pierre de Reeder y Jason Boesel, un batería preciso y con mucha pegada.

“The Moneymaker” fue un giro de timón hacia su época más accesible. Con su trote funky rock y Jenny al bajo, demostraron que fueron una banda muy expansiva. Su disco de despedida estaba lleno de grandes canciones, aunque quizás demasiado pop. Muestra de ello “Dreamworld”, primera de las canciones cantadas por Blake y quizás el momento más flojo del concierto. Pero pronto volvimos a coger vuelo con “I Never”. Enorme balada donde Jenny llega a los corazones con su generosa interpretación llena de pasión. Su fraseo y el clímax final con esas guitarras gemelas siempre me ha hecho pensar en Thin Lizzy. Una banda, en principio muy alejada de ellos, pero el Phil Lynnott más sentimental hubiera bordado esta canción.

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“Breakin’ Up” y “Close Call” sonaron elegantes y precisas, pero con esa sensación de que fueron editadas por una banda en descomposición. Buenas canciones, pero con cierta falta de excelencia en relación con el resto de su carrera. Se nota que la banda estaba caminando sobre una cuerda floja y cada vez más cerca de perder el equilibrio.

A partir de ahí, el concierto entró en su clímax. “It’s a Hit” apareció como sátira convertida en himno, con ese filo que ha seguido intacto con los años. El público la cantó a grito pelado, con una mezcla rara de ironía y rabia ligera, como la cantaba cuando todos éramos veinte años más jóvenes. Escrita como protesta ante las políticas de George W. Bush, ahora con Trump tiene más vigencia todavía. Que la encadenaran, al igual que en el disco, con “Does He Love You?”, fue un disparo directo al corazón. Posiblemente la mejor canción que escribieron jamás, una historia de triángulos amorosos mil veces tratada en la cultura popular, pero que ellos supieron dotar de un toque original y una melodía perfecta.

“Ripchord”, el otro momento Sennett, es una canción sencilla pero efectiva. Enraizada en la tradición de los artesanos del Brill Building, en directo presentaron una versión más expansiva y divertida que sonó a clásico de los años 50. Su clásica caja de ritmos abrió “The Good That Won’t Come Out”, otro de sus primeros clásicos. “Reunámonos y hablemos de la era moderna…”. Pura definición del sonido indie sin pulir que les dio a conocer, con un sencillo riff de guitarra que crece hasta desembocar en un clímax acelerado.

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Ya para enfilar el final, Jenny se acercó al Wurlitzer para interpretar “Silver Lining”. A juzgar por sus apariciones televisivas promocionando su disco de grandes éxitos, su tema más importante. Una canción sencilla y perfecta donde se intuía el camino que seguiría la carrera de la cantante. Country soul con toques de soft rock lleno de una elegancia que muchos buscan y pocos consiguen. “A Better Son/Daughter” sonó como el himno que es, con la gente cantando esas líneas que tienen escritas, incluso tatuadas en la piel. “A veces, cuando estás en racha, estás jodidamente en racha”. Es la traducción más o menos libre de una de las estrofas, “Sometimes When You’re On, You’re Really F**ing On”, que ha dado nombre a este tour.

 Una manera de prepararnos para el final con “Portions for Foxes”. Otra de esas canciones que marcaron su carrera y que son difíciles de mejorar. Sólo somos raciones con las que se alimentarán nuestros enemigos. ¿Una triste realidad imposible de cambiar? Lewis cerraba la noche demostrando su talento, alternando entre teclado, sintetizador y guitarra y prestando su voz melancólica, pura y distintiva, a unas letras vulnerables y conmovedoras que combinan alegría y desamor. Sennett, por su parte, se lució con un solo vertiginoso tras otro, cantando en un par de temas y mostrando la emoción que sentía por estar de vuelta defendiendo las canciones de su vida.

En los bises, “With Arms Outstretched” convirtió la sala en una sola persona. Todo un ritual ya clásico de los conciertos de la banda. Una canción que dudo que, en algún momento, pensaran que fuera a ser tan emblemática en su carrera. Pero lo fue: siempre acaba con cientos de voces sosteniendo una sola melodía dirigidas por una maestra de ceremonias que saben muy bien cómo manejarles. Un estribillo con el que cualquiera puede reconocerse. “Algunos días duran más que otros/ Pero ese día junto al lago pasó demasiado rápido/ Y si me quieres, mejor que me lo digas/ No esperaré, así que más vale que te des prisa”.

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Rilo Kiley siempre fueron una banda llena de diversión e ironía. El momento más divertido de la noche llegó con “The Frug”. Invitaron a Topher Rodriguez, su técnico de guitarra, a bailar la coreografía de la canción junto a Jenny. Y es que no fue nuestro Chikilicuatre el primero en hacer el Robocop, sino ellos en esta divertida canción que sonaba en su álbum de debut.  Finalmente, “Pictures of Success” cerró la noche de manera perfecta. Es una canción que mira el paso del tiempo sin intentar suavizarlo. Sonó casi filosófica, como si la banda estuviera aceptando que el éxito y la memoria a veces se confunden. Y es que, definitivamente, ya estaban listos para marcharse con una canción que transmite una impaciencia cansada ante la rutina interminable y las decepciones de la vida.

La noche se cerró con un público contento por tener a la banda de vuelta y preguntándose sí, por qué no, se haya abierto la posibilidad de soñar con un nuevo álbum de la banda. Se les ve felices y compenetrados, llenan todos los recintos en los que actúan, el último disco de Jenny fue posiblemente el más flojo de su carrera en solitario, … Todo indica que podría ser un buen momento para ello. Aunque es un arma de doble filo, dejaron el listón tan alto que podrían decepcionarnos.

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