Parece mentira que hayan pasado 20 años desde aquel primer “Bilbao Live”. Aquel 13 de julio de 2006, Kobetamendi se estrenaba como recinto festivalero con una clara vocación rockera. Dos décadas después, el Bilbao BBK Live ha cambiado mucho, como también lo ha hecho la forma de entender un festival. Las guitarras ya no ocupan todo el espacio, la electrónica y las nuevas tendencias tienen un protagonismo evidente, pero el espíritu de aquel monte sigue apareciendo cuando menos se espera.

Los datos oficiales hablan de 112.500 asistentes, aunque nosotras hemos notado menos público y claramente más joven. Pero el paraje incomparable de Kobetamendi ha respondido al eclecticismo con el que el público consume música ofreciendo opciones con tendencia mucho más urbanas, confirmando al BBK Live como uno de los festivales más importantes del Estado y como una cita con reconocimiento internacional. El festival ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y a la demanda de ese público menor de 35 años, aunque para un 20 aniversario, el cartel nos ha parecido poco ambicioso. Para quienes seguimos buscando un poco más de rock en los grandes nombres, siempre queda esa sensación de que las guitarras podrían tener algo más de protagonismo.

Pero sería injusto quedarse solo con eso. Porque el rock ha estado presente. Y, además, nos ha dejado algunos de los momentos más interesantes del fin de semana. Si quieres leer la crónica de lo que pasó en el pasada edición del Bilbao BBK Live 2025, simplemente clica en el siguiente enlace:
CRÓNICA DEL BILBAO BBK LIVE 2025
El jueves arrancó con esa mezcla de ilusión y desconcierto que siempre tiene el primer día de festival. Kobetamendi todavía estaba cogiendo ritmo cuando aparecieron los primeros conciertos y cuando muchos empezábamos a descubrir qué nos iba a regalar esta edición.
Uno de esos regalos fue Don West. El australiano ofreció un concierto elegante, cercano y sin artificios. Su mezcla de soul, folk y rhythm & blues encajó perfectamente en esas primeras horas del festival. De esos artistas que quizá no aparecen en todas las conversaciones posteriores, pero que terminan formando parte del recuerdo.

La jornada continuó con FKA twigs, demostrando que el BBK Live actual entiende el espectáculo desde una perspectiva mucho más amplia, aunque su actuación con un claro Playback y con demasiada estética y poco cante, nos dejó frías o heladas.

Después llegó uno de los grandes momentos del festival: David Byrne. Justo cuando salió al escenario comenzó a llover. No fue una tormenta, apenas unos minutos de agua sobre Kobetamendi, pero fue suficiente para convertir el momento en algo especial. El monte mojado, el público mirando al escenario y Byrne apareciendo con esa tranquilidad de quien no necesita demostrar nada.
David Byrne ofreció una lección de elegancia escénica resucitando el espíritu de Talking Heads. A sus 74 años sigue siendo un artista extraordinario. Rodeado de músicos, coristas y bailarines, construyó un espectáculo donde todo estaba perfectamente medido, pero nada parecía artificial. La puesta en escena era impecable, aunque lo verdaderamente importante seguían siendo las canciones.

La claridad de la mezcla permitió apreciar la riqueza de unos arreglos donde cada instrumento encontraba su espacio. Arrancando con una canción de su etapa reciente, “Everybody’s Coming to My House”, nos regaló su vitalidad y nos llevó de nuevo a los tiempos de Talking Heads con “And She Was“, entre frases en castellano y la proyección de la imagen del Puente de Vizcaya. Nos hizo bailar con “Strange Overtones” y con el ritmo funky de “Houses in Motion“. Tras una sucesión de clásicos, el músico se puso reivindicativo ante la vigencia del amor, la bondad y la democracia en estos tiempos con temas como “What’s the Reason for It?”. Un canto al compromiso que nos hizo rememorar sus grandes éxitos con una energía sorprendente, mientras el público disfrutaba de una actuación llena de elegancia, inteligencia y sentido del humor. Byrne no busca nostalgia; busca presente. Y esa es probablemente la razón por la que sigue teniendo tanto valor verlo encima de un escenario.
El DJ británico Calvin Harris y con una producción espectacular, cerró el primer día de festival, convirtiendo Kobetamendi en una enorme pista de baile. Una propuesta llena de efectos visuales que hicieron vibrar a un abarrotado “Nagusi” y trasladando al público a una macrodiscoteca ibicenca.

El viernes fue el día en el que muchos fuimos a buscar ese sonido que históricamente ha acompañado al BBK Live. Las guitarras recuperaron protagonismo y Kobetamendi volvió a demostrar que, aunque el festival haya ampliado sus fronteras, sigue teniendo un espacio especial para las bandas que entienden la música desde otro lugar.
La jornada empezó con nombres que representan muy bien el presente del rock. Depresión Sonora mostró por qué se ha convertido en una de las propuestas más interesantes de la nueva escena nacional. Marcos Crespo ha sabido construir un sonido propio, oscuro y directo, donde el post punk sirve como vehículo para hablar de una generación que vive entre la incertidumbre y la necesidad de expresarse. Sin grandes artificios, sus canciones conectan porque hablan desde un lugar reconocible.
También fue una buena oportunidad para descubrir a los jovencísimos Westside Cowboy, una de esas bandas que llegan a un festival sin el ruido de los grandes nombres y terminan ganándose la atención del público. Los de Mánchester han demostrado una madurez digna de los grandes nombres del rock británico. Su concierto derrochó energía y actitud y tuvo esa frescura que muchas veces se pierde cuando las expectativas empiezan a pesar. Con sus guitarras trabajadas, un batería inconmensurable, el cuarteto nos regaló en la carpa aire fresco a media tarde, atestiguando la calidad de las bandas de la escuela británica, alternando temas más cañeros con otros más folkies, como ”Can’t See”, “Drunk Surfer”, “Don’t Throw Rocks”, “In The Morning”. Con su reciente próximo disco a la vista auguro se consolidarán como una de las bandas británicas más prometedoras.

Otro de los momentos esperados fue La Paloma. La banda madrileña sigue creciendo a pasos agigantados y cada vez resulta más evidente que no estamos ante una simple promesa. Sus guitarras tienen fuerza, sus canciones tienen melodía y, sobre todo, tienen personalidad. En un momento en el que muchas bandas buscan recuperar sonidos del pasado, ellos consiguen mirar hacia delante sin perder la esencia del rock de guitarras.
Qué decir de La M.O.D.A., demostró una vez más su enorme capacidad para conectar con el público. El septeto burgalés, liderado por David Ruiz, no necesita grandes efectos ni discursos complicados. Su música, construida desde el folk-rock y la tradición, funciona porque habla de cosas sencillas y porque sus seguidores sienten cada canción como propia. Repasó sus temas conocidos y nos presentó su último trabajo, San Felices cautivando a un llenísimo escenario y demostrando porque es una banda a la que se le quiere tanto.
El regreso de Alabama Shakes era uno de los grandes atractivos del festival. Brittany Howard sigue siendo una cantante extraordinaria, con una voz capaz de llenar cualquier escenario, sin obviar su talento como guitarrista. La banda sonó poderosa y técnicamente impecable, mezclando soul, blues y rock con una enorme solvencia. Sin embargo, al menos en nuestro caso, faltó ese punto de emoción que convierte un buen concierto en algo inolvidable. No transmitieron como esperábamos, quizás nuestras expectativas eran altas. A veces pasa, puedes reconocer el talento, disfrutar del momento y aun así no salir completamente atrapado.
Aún así, disfrutamos de temazos como el gran estreno “American Dream” con una fuerte carga sociopolítica, donde Brittany Howard aprovechó la interpretación para lanzar un emotivo mensaje en favor de la paz, la libertad, el amor y la igualdad de oportunidades.

La explosión de “Don’t Wanna Fight” con sus característicos acordes funk-rock y la impresionante garra vocal de Howard en los agudos, hizo vibrar a todo Kobetamendi, consolidándose como uno de los momentos más enérgicos del show.
La nostalgia colectiva con “Hold On“, un clásico indiscutible que los lanzó a la fama mundial. Fue coreado al unísono por miles de asistentes cuando empezaba a caer la noche en el escenario principal del Nagusi.
La garra de “Always Alright” si fue una demostración perfecta del equilibrio entre la profesionalidad instrumental del grupo y el desgarro interpretativo de su vocalista.
El concierto de Alabama Shakes quedará de todas formas como una de las mejores puestas escénicas de esta edición tras su regreso a los escenarios.

Pero si hubo un concierto que merecía una atención especial fue el de Belle and Sebastian. Los escoceses aparecieron en Kobetamendi con esa elegancia que les ha acompañado durante toda su carrera. Hay bandas que necesitan levantar un muro de sonido para hacerse grandes. Belle and Sebastian hacen justamente lo contrario: dejan espacio. Sus canciones respiran, sus melodías avanzan sin prisa y cada instrumento encuentra su lugar.

Stuart Murdoch sigue teniendo esa forma de estar sobre el escenario que mezcla cercanía y timidez. No parece un cantante intentando conquistar a un público masivo; parece alguien compartiendo unas canciones que forman parte de su propia vida. Y quizá ahí reside la magia del grupo. Como ya es tradición en sus directos, el carismático vocalista invitó a decenas de personas del público a subir con ellos al escenario para bailar y cantar con “The Boy with the Arab Strap”, transformando el concierto en una fiesta comunitaria y borrando la barrera entre el artista y el espectador.
El concierto estuvo muy marcado por la gira de aniversario de sus dos primeros e icónicos álbumes, Tigermilk y If You’re Feeling Sinister (que cumplen 30 años). Esto permitió al público de Bilbao disfrutar de un repertorio repleto de joyas clásicas que definieron el sonido de toda una generación. “Get Me Away From Here, I’m Dying” fue coreada de principio a fin por el sector más melómano del festival, un himno pop pluscuamperfecto sobre el escapismo y el poder de los libros y la música. Con “I’m a Cuckoo” y su ritmo saltarín y guitarras melódicas pusieron a saltar a todo Kobetamendi, demostrando que su catálogo de los años 2000 tiene la misma pegada que sus inicios. “Like Dylan in the Movies” fue recibida con una ovación instantánea al sonar sus primeros acordes de bajo. Una de las composiciones más redondas y queridas de su carrera. Y nos arroparon el atardecer con “Another Sunny Day” como la brisa veraniega que necesitábamos. Un directo impecable de una banda veterana que, lejos de acomodarse, sigue demostrando que la sensibilidad y el pop de cámara bailable tienen un hueco privilegiado en los grandes escenarios de los festivales actuales.
La noche siguió con Robbie Williams, un artista que domina como pocos el oficio del espectáculo. Más allá de las canciones, su gran virtud es la capacidad de manejar al público, alternando humor, cercanía y grandes momentos de celebración colectiva. A lo largo de la noche, el directo combinó sus éxitos monumentales con constantes interrupciones para charlar, bromear con las primeras filas y contar anécdotas de sus excesos del pasado.

Los guiños a su etapa en Take That y la interpretación de himnos como ‘Kids’, ‘Come Undone’ y ‘Rock DJ’ desataron la locura colectiva en un Kobetamendi a reventar. Quizás el punto más a criticar fue la excesiva presencia de covers (desde su ya clásica interpretación de ‘My Way‘ de Frank Sinatra) y sus constantes parones para hablar, lo que por momentos rompió el ritmo del directo. El tramo final del concierto bajó las revoluciones para dar paso a la pura emoción. Robbie reservó sus dos cartas de presentación definitivas para el cierre, ‘Feel’ y ‘Angels’ recordandonos que sigue siendo un animal de escenario, capaz de meterse en el bolsillo al personal sin apenas despeinarse.

Y cuando parecía que la jornada estaba llegando a su final, apareció Soulwax para recordar que las etiquetas importan poco cuando una banda sabe construir un directo de verdad. Dos baterías, electrónica, energía y una precisión casi quirúrgica. Su concierto fue una demostración de que el rock y la electrónica de club también pueden encontrar sus momentos más intensos en lugares inesperados.
El sábado llegó con esa mezcla de cansancio y expectación que solo aparece en la última jornada de un festival. Las piernas empiezan a notar los días acumulados, pero también existe esa sensación de querer aprovechar cada minuto porque sabes que en unas horas Kobetamendi volverá a quedarse vacío.
La jornada tuvo uno de esos momentos que hacen especial un festival: la sorpresa de Bigger Splash, que duró poco porque enseguida quedó claro quién estaba detrás del nombre. Arde Bogotá no necesitaba esconderse demasiado. Su crecimiento en los últimos años ha sido tan evidente que cualquier escenario parece ya pequeño para ellos. Lo interesante de la banda no es únicamente la enorme popularidad que han conseguido, sino comprobar cómo han construido una identidad propia. Sus guitarras suenan grandes, las canciones tienen recorrido y Antonio García sabe manejar la tensión de cada tema sin precipitar los momentos importantes. Alrededor suyo hay una banda perfectamente engrasada, con unos riffs que demuestran que el rock español sigue teniendo capacidad para mirar hacia adelante.

La cantautora francesa, Zaz, con su cercanía, nos regaló uno de los momentos más luminosos, enérgicos y refrescantes de todo el festival. Las mangueras sofocándonos del insoportable calor, maquillaron algunas lagrimas de emoción interpretando “Je pardonne”. La artista desplegó su envolvente sonrisa y energía, mostrando todo el arsenal de trucos aprendidos cuando tocaba en la calle. Nos hizo bailar con “Qué vendrá” y llorar con “Éblouie par la nuit”. Y cerró un concierto lleno de momentos íntimos con su gran éxito “Je veux”. Se despidió en euskera y castellano, dejándonos con la emoción en la garganta y muchas ganas de volverla a ver.
Y entonces llegó el esperadísimo concierto de Interpol. La icónica banda neoyorquina se subió al escenario principal (Nagusia) a las 20:35 para regalarnos una dosis de su impecable post-punk revival. Pocas bandas tienen una relación tan especial con el paso del tiempo. Han pasado más de veinte años desde Turn On the Bright Lights, pero los neoyorquinos siguen defendiendo esas canciones con una elegancia intacta.

El secreto de Interpol siempre ha estado en la contención. No necesitan exagerar. Daniel Kessler continúa siendo un guitarrista capaz de crear atmósferas con muy pocos elementos, mientras Paul Banks mantiene esa voz profunda y distante que convierte la frialdad en emoción.
Fue, además, uno de los conciertos con mejor sonido del festival. Cada instrumento tenía su espacio y la banda demostró que la intensidad no siempre depende del volumen. A veces está en dejar respirar una canción, en una pausa, en una guitarra que aparece justo cuando tiene que hacerlo. Pero el gran protagonista invisible (y bastante molesto para su mística) fue el clima. Tocar himnos oscuros, densos y cargados de melancolía neoyorquina a plena luz del día y rozando los 30 °C fue todo un reto de resistencia física y estética.
Ver a Paul Banks y los suyos es siempre una lección de estilo. Pese a tener el sol de frente y un calor de casi 30 grados que no encajaba con su habitual oscuridad de club nocturno, la banda no flaqueó ni un segundo. Ofrecieron un directo impecable, sobrio y con una acústica tan pulida que hacía parecer fácil lo difícil.
La frialdad elegante de Paul Banks (muy sorprendidas con su perfecto español) y la contundencia rítmica de Sam Fogarino y el bajo convirtieron el asfalto de Kobetamendi en una pista de baile hipnótica y nostálgica.
El concierto basó su fuerza en un viaje directo a su obra maestra, “Turn On the Bright Lights”.
“Evil” fue, sin duda, el momento de comunión colectiva del concierto. En cuanto empezó a sonar esa icónica e imbatible línea de bajo, el monte entero se vino arriba cantando a pleno pulmón.
“Obstacle 1″ desató la locura nostálgica. El afilado y cortante riff de guitarra del inicio sonó demoledor y reactivó las energías de un público fatigado por el calor. “Slow Hands” fue el cierre perfecto. Energía directa, bailable y acelerada que dejó las pulsaciones del festival en lo más alto justo antes de dar paso a la noche. “C’mere” y “PDA”: Dos joyas que brillaron con luz propia gracias a su ejecución impecable y que demostraron por qué la banda sigue siendo un pilar del post-punk contemporáneo. En definitiva, Interpol dio una lección de cómo dar un conciertazo de etiqueta incluso cuando las condiciones climatológicas juegan en contra de tu propia estética.
Los napolitanos Nu Genea Live Band llevaron al escenario una mezcla irresistible de ritmos mediterráneos, funk y música de baile. Y Lily Allen aportó otra mirada diferente, demostrando la amplitud de un festival que hace años dejó de definirse por un único estilo.
Después llegó uno de los conciertos que más expectación nos causaba, IDLES. Hay grupos que salen a tocar y otros que parecen salir a provocar una reacción física. IDLES pertenece a la segunda categoría. Lo que los de Bristol trajeron a Kobetamendi no fue una rabia destructiva, sino un motor de cambio. El sonido de la banda, que en directo adquiere un cariz casi metalizado y cortante, sirvió de altavoz para las tensiones de toda una generación. Joe Talbot lideró la ceremonia con su habitual presencia magnética, rugiendo consignas sobre la salud mental, el antifascismo y la empatía en un mundo hostil. Lejos de la negatividad, el grupo logró transformar la frustración social en pura energía constructiva.

Joe Talbot apareció con esa mezcla de vulnerabilidad y rabia que se ha convertido en una de las señas de identidad del grupo. Su directo no deja espacio para la indiferencia. Las guitarras de Mark Bowen y Lee Kiernan construyen una pared de sonido que nunca es simple ruido; detrás hay intención, mensaje y emoción. El bajo de Adam Devonshire y la batería de Jon Beavis completan una maquinaria que funciona como un golpe constante. El público respondió con una intensidad absoluta, convirtiendo el concierto en una auténtica catarsis colectiva que marcaba el pulso de un público entregado que no tardó en convertir la pista en una marea humana de pogos.
El repertorio fue una montaña rusa de tensión y liberación. Desde la apertura de infarto con “Colossus” hasta el descontrol masivo de “Danny Nedelko” y la euforia bailable de “Dancer“, la banda de Bristol demostró que se puede ser brutalmente ruidoso y, a la vez, contagiar amor y fraternidad. El cierre, con un ruidoso y prolongado descontrol instrumental en “Rottweiler“, dejó a los asistentes exhaustos pero recargados de energía. Una lección de puro brutalismo que Kobetamendi tardará en olvidar.
Cerrando la noche del Nagusi, Dellafuente demostró por qué se ha convertido en una figura tan singular dentro de la música estatal. Su propuesta no encaja fácilmente en etiquetas: mezcla tradición, flamenco, electrónica, hip hop y pop desde un lugar completamente personal. Más allá de los géneros, su gran virtud es la conexión con un público joven que entiende sus canciones como algo propio. Su concierto fue otra prueba de que el festival ya no busca definirse por un único sonido, sino por la capacidad de reunir miradas diferentes alrededor de la música.
Mientras Charlotte de Witte cerraba la madrugada con una sesión de techno hipnótico y contundente, Kobetamendi confirmaba definitivamente la transformación del festival. La belga no necesitó grandes artificios: su propuesta se construyó sobre la precisión, la repetición y una energía que fue creciendo poco a poco hasta convertir la montaña en un enorme pulso electrónico. Un cierre coherente con el BBK Live actual, donde las fronteras entre estilos hace tiempo que dejaron de ser una línea clara.
Entre el pulso electrónico de Charlotte de Witte y el universo propio de Dellafuente queda resumida buena parte de la evolución del Bilbao BBK Live: un festival que nació mirando principalmente hacia las guitarras y que hoy encuentra su identidad precisamente en la convivencia de mundos distintos.
El rock aparece ahora de otra manera. En una banda joven como Westside Cowboy, en la furia de IDLES, en la elegancia de Interpol o en la capacidad de grupos como Soulwax para romper fronteras entre estilos.
Balance final: lo que queda cuando se apagan las luces
Después de veinte años, el Bilbao BBK Live ya no es aquel festival que nació mirando casi exclusivamente hacia las guitarras. Tampoco somos los mismos quienes seguimos subiendo a Kobetamendi cada verano. El tiempo cambia los carteles, cambia los públicos y cambia la forma en la que escuchamos la música. Lo extraño es que, pese a todo, hay algo que permanece: esa sensación de llegar arriba y dejar durante unas horas todo lo demás un poco más abajo.

Esta edición deja una mezcla de satisfacción y pequeñas heridas. La primera tiene que ver con la certeza de que el BBK Live sigue siendo un festival perfectamente asentado, capaz de mover a miles de personas por una montaña sin perder demasiada armonía. La organización volvió a responder con solvencia y es justo reconocer mejoras como la de la zona de baños, uno de esos detalles que parecen invisibles hasta que dejan de ser un problema.

Pero también hay cosas que siguen recordándonos que un festival no solo se construye con escenarios y grandes nombres. Los precios de las consumiciones y la comida continúan siendo una barrera difícil de entender para quienes, entrada mediante, ya han hecho un esfuerzo importante por estar allí. La música une, pero la experiencia también necesita cuidar a quienes la hacen posible.

Y queda una última sensación, quizá la más difícil de explicar. Las conversaciones a gritos durante los conciertos, la falta de atención o ciertos comportamientos no son una cuestión de generaciones. Son una cuestión de mirada. De entender que cuando alguien está encima de un escenario hay miles de personas que han venido a escucharle.

Al final, cuando las luces se apagan y Kobetamendi vuelve poco a poco a ser solo una montaña, lo que queda no son las cifras ni los horarios. Quedan imágenes pequeñas: una lluvia inesperada mientras canta David Byrne, una melodía de Belle and Sebastian flotando entre la gente, una guitarra de Interpol abriendo un espacio de silencio, la furia de IDLES, la energía de Arde Bogotá, el banquete sonoro de Dellafuente o la montaña latiendo de madrugada con Charlotte de Witte.
Quizá esa sea la verdadera medida de un festival: no cuánto ruido deja cuando termina, sino cuánto tiempo permanece en nosotros cuando ya no suena nada.

Y veinte años después, Kobetamendi sigue guardando canciones en algún lugar entre los árboles. Algunas se olvidan al bajar la cuesta. Otras, sin saber muy bien por qué, deciden acompañarnos hasta casa.
Texto Xonia Corrales Palacio y María Sierra Ruiz. Fotos Jorge Táus Gómez yMaría Sierra Ruiz.