¿Tienen patas las aceitunas?

Muchos consideran que Veneno es uno de los discos más relevantes que ha dado la música popular durante las últimas décadas. Algunas publicaciones especializadas han llegado incluso a encumbrarlo como el mejor álbum en español de todo el siglo XX, porque explora de forma genial el encuentro de dos universos tan aparentemente antagónicos como el blues y el flamenco. Los aficionados a ambos géneros respondieron al experimento con un repudio casi unánime. Flamencos y jipos (así llamaban entonces los gitanos a los modernos) recibieron de uñas a un disco que luego pasó a la historia de las grandes innovaciones sonoras en nuestro país.

Para que el mundo disfrutara de esa polinización cruzada, Kiko Veneno (mucho menos conocido por su nombre real, José María López Sanfeliu) había viajado por Estados Unidos y trajo el polen del Delta hasta el barrio de las 3.000 viviendas en Sevilla, una zona que, en comparación, dejaba el Harlem neoyorquino al nivel de los barrios ricos de Luxemburgo.

La suma de este hippy abducido por Dylan y los gitanos Rafael y Raimundo Amador (hermanos de 17 y 16 años de edad) provocó una eclosión creativa de calado. El disco no vendió un pimiento. Las apenas 500 copias que se distribuyeron eran un certificado simultáneo de fracaso comercial y éxito artístico. Pero ese Veneno (CBS, 1977) ha ganado aprecio lentamente y ahora suma más de 300.000 ejemplares vendidos. Parte del fiasco promocional estaba impreso en la portada: un bloque de hachís con la palabra Veneno grabada a fuego, junto a unos restos de papel de aluminio, un atrevimiento que la firma discográfica no tardó en reprimir. Hoy es pieza cotizadísima de coleccionistas.

El sonido era de otro mundo. Algo rabiosamente nuevo. Al disparate de las jornadas de grabación (con sandías, productividad lisérgica y gitanillos retozando por el estudio), le sucedió una gira alocada que fue la puntilla del grupo. El fin de Veneno fue el nacimiento de Pata Negra, otro nombre que lo dice todo, ya con la parte paya del grupo en otros empeños. Los hermanos Amador plasmaron en un puñado de discos peculiares dosis de rock, blues y flamenco.

Se comprueba en Guitarras Callejeras (de 1985, pero grabado en 1978) o en Blues de la Frontera (1987), obras que ha superado sin rasguños la prueba del tiempo.

Con los años persistió entre aficionados el debate sobre si el flamenco y el blues tienen la misma raíz o son cada uno de su padre y de su madre. Es probable que la respuesta a esta polémica esté encerrada en algunas de las letras que escribieron estos artistas de la calle.

Son textos que recogen el vendaval que se vivía en los barrios sevillanos y transmiten pura sabiduría popular. Ahí lanzan preguntas y también aparece la explicación a cuál es el misterio que une la música del Guadalquivir con la del Delta del Misisipi: el hambre.

Así dice El Blues de los Niños: “Un niño le preguntaba a su mamá / Ay, mamaíta mía, dime dónde está el peine / Un niño le preguntaba a su mamá / Ay, mamaíta mía, dime dónde está el peine / Y la mare le decía / Hijo, ¿dónde va a estar? / En el cajón del pan / Un niño le preguntaba a su mamá / Ay, mamaíta mía, dime si las aceitunas tienen patas / Un niño le preguntaba a su mamá / Ay, mamaíta mía, dime si las aceitunas tienen patas / Y la mare le decía / ¡Ya te has comío una cucaracha!”.

Puro blues, flamenco puro.

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