La muerte de Glen Hansard deja un vacío repentino y difícil de explicar para quienes encontraron en sus canciones un refugio y una forma de entender la música desde la honestidad. Este homenaje recoge en primera persona el vínculo personal que muchos establecieron con un artista irrepetible.
Cuando menos lo esperas, una noticia llega a tu móvil y rompe con todo. Las rutinas, el día a día aciago y normalizado desaparecen para golpearte con un mazazo inesperado.
Llevamos años viendo cómo, tanto para los lectores de Dirty Rock como para quienes estamos detrás de él, nuestros músicos favoritos poco a poco pasan a convertirse en leyendas atemporales. Es algo que asumimos porque ese tiempo es quien marca, al fin y al cabo, nuestro destino. Pesa. Claro que pesa, pero también somos conscientes de que ese momento terminará llegando y de que esos héroes que hemos tenido desde jóvenes, a los que aún nos permitimos el lujo de criticar por sus nuevos discos o sus decisiones empresariales, algún día ya no estarán.
Pero el miércoles fue uno de esos golpes que, por inesperados, duelen mucho más.

Glen Hansard fallecía en un fatídico accidente de moto y esa desaparición no ha sido una más. A tenor de lo visto en las redes, el alcance de la noticia ha sido enorme. Y duro, muy duro de asimilar.
Durante muchos años asistí a conciertos en pequeños locales apoyando la escena local de cantautores. Por eso, cuando una tarde de 2007 me dejé caer por un cine para ver Once, vi reflejado en aquel músico tímido a muchos de los que había podido ver en los bares. Incluso a mí mismo, que hacía lo que podía con una guitarra.
En aquella pantalla no veía al personaje. No había un actor interpretando. Era casi un pequeño documental en el que reflejar a quien ama con pasión la música y hace lo que puede por llevarla adelante. Todos fuimos el Glen Hansard de la película… pero, tras verla, me di cuenta que él formaba parte de esos artistas únicos que aparecen cada mucho tiempo.
Un segundo disco con The Swell Season, el inicio de su carrera en solitario y la sensación de haber descubierto un diamante que regalar a cualquiera que me preguntara si había algo interesante que escuchar. Poco importaba que ya llevara una carrera con The Frames o que hubiera aparecido en The Commitments. Era mi descubrimiento personal. Y eso marca a fuego en las entrañas.

Aquel “I don’t know you, but I want you all the more for that” (“No te conozco, pero te quiero aún más por eso”) se convirtió en algo revelador. No necesitaba conocerle para amar su música. Aun así, con cada canción conseguía transmitir que él sí me conocía. Que sabía de todos y cada uno de los pasos que había seguido en mi vida y siempre encontraba las palabras adecuadas para recordarme que no había nada imposible de superar.
Lejos de la pena y la melancolía con la que tantas veces se relaciona al mundo de la canción de autor, Hansard era luz, vitalidad y optimismo, por duros que fueran sus textos y sus dinámicas. Sus directos eran una extensión de una velada en un pub donde los esquemas predeterminados podían saltar por los aires en cualquier momento por voluntad de Glen. Seguía siendo el mismo músico callejero rodeado de amigos sobre el escenario y no se cortaba en invitar a espontáneos a subir con él, para despueés sentarse en un rincón y observar discretamente con una sonrisa de admiración.
Daba igual si tenía detrás una big band al estilo Nueva Orleans, una banda de rock o si se presentaba solo sobre las tablas. Todos esos escenarios tenían en común algo muy complicado de conseguir en estos tiempos: contagiar entusiasmo, sinceridad y honestidad.

Pero, parafraseando a Enrique Urquijo, quedaba saber si ese amable irlandés se volvía vulgar al bajarse de cada escenario.
Y resultó que no.
Durante la pandemia nos invitó a pasar a su cocina, desde donde hacía conciertos para hacer más llevaderas las noches de incertidumbre. Utilizaba su música como instrumento para ayudar en cualquier causa que necesitara de su presencia. Y lo peor para mí… que cuando hablé contigo conseguíste hacerme sentir como a un amigo al que hacía siglos que no veías y para contarle cómo conociste a nuestros héroes en común.
Porque esa fue exactamente la sensación que tuve cuando tuve la enorme fortuna de entrevistarte. Una entrevista que pronto dejó de serlo para convertirse en una animada charla que sobrepasó con creces el tiempo previsto, hasta que este redactor agotó todas las preguntas que tenía para tí.

Y todo eso ahora duele.
Duele saber que todo aquello que dejamos para un próximo encuentro, esta vez con unas pintas delante, ya no podrá suceder. Duele saber que las dos partes de su excelente y reciente directo son las últimas piezas de un puzle que se ha quedado a medio resolver. Porque aún había mucha inquietud y mucha música con la que envejecer juntos. Duele no poder abrir los vinilos recién adquiridos para escuchar la intensidad de sus surcos. Duele rasgar las cuerdas de la guitarra y no poder cantar uno de sus temas sin que la voz se rompa del todo. Duele escuchar tu desgarradora voz dándolo todo en cada verso.
Duele. Y mucho.

Sé que, como cantabas y defendías, el tiempo acaba siendo un gran sanador. Pero hoy la herida sigue demasiado abierta.
Gracias a ti aprendí que las historias sencillas podían ser las mejores. Ahora eres la estrella que nunca te quisiste creer. Nosotros seguiremos cayendo lentamente, levantándonos una y otra vez, buscando el camino de vuelta a casa cuando la tormenta llegue, sin dejar al amor esperando y con una canción de buena esperanza entre las manos. Porque entre dos orillas siempre habrá música.
Y mientras la haya, nunca te habrás ido del todo.
Porque sé que este regalo, el de la música que nos dejaste, perdurará para siempre.
Ar dheis Dé go raibh a anam Glen.
Fotos: Desi Estévez