En el número 5 bis de la rue de Verneuil, en pleno corazón de Saint-Germain-des-Prés, hay una dirección que desde hace décadas forma parte de la mitología parisina. Serge Gainsbourg vivió en ella los últimos veinte años de su vida. Allí compuso, amó, provocó, recibió amigos y escribió canciones inmortales. Acabó convirtiendo su hogar en una prolongación de su propia personalidad: barroca, melancólica, caótica y profundamente magnética.
Durante muchos años, la fachada se cubrió de grafitis, dibujos y mensajes escritos por fans del controvertido artista. Más de treinta años después de su muerte, el 2 de marzo de 1991, esa casa legendaria abrió sus puertas al público convertida en la Maison Gainsbourg, un proyecto impulsado por su hija Charlotte Gainsbourg. La actriz, hija de la pareja más emblemática del siglo XX francés, dudó durante años qué hacer con ella.

La apertura de la Maison Gainsbourg fue durante mucho tiempo más un deseo que una realidad. Charlotte llevaba décadas soñando con transformar la casa familiar en un espacio dedicado a la memoria de su padre. Aunque, durante años, el proyecto pareció imposible. Los problemas burocráticos, la complejidad arquitectónica del lugar, la falta de financiación y la dimensión emocional de abrir un espacio tan íntimo retrasaron una y otra vez la inauguración. También la necesidad de encontrar algún espacio cercano para dedicarlo a museo.
Por ello, durante años y años, la vivienda se conservó exactamente como estaba el día en que el cuerpo de Serge dijo basta. No se movió apenas ningún objeto y el tiempo se detuvo. Las colillas permanecieron en los ceniceros, las latas seguían en la cocina, los libros ocupaban el mismo lugar en las estanterías y junto a la cama se momificaban los caramelos de anís y los paquetes de Gitanes. Pudimos verla en la película “Jane Por Charlotte”. Birkin veía sus perfumes a medio gastar, tal como los dejó tras su divorcio. “Me pregunto si olerán todavía”, dice mientras los recuerdos le asaltan. “Es como un sueño: está todo conservado como en Pompeya”.
Cosas inimaginables hoy en día: un coro de niños con un whiskey y un cigarrillo en la mano homenajean a un emocionado Serge cantando su clásico “Je suis venu te dire que je m’en vais”. Era 1988 y el cantante estaba en plena decadencia.
“Quería congelarlo todo”, confesó Charlotte. Aquella casa cerrada terminó convirtiéndose en una especie de santuario clandestino para admiradores de Gainsbourg. Casi podríamos decir que en un monumento nacional. Acudían a fotografiar la fachada tanto como su tumba en Montparnasse. Finalmente, tras años de retrasos, reformas y dudas personales, Charlotte estuvo a punto de vender la casa y olvidarse para siempre del proyecto. Pero, al final, encontró la manera adecuada de compartir aquel lugar sin traicionar su esencia. La Maison Gainsbourg abría oficialmente al público el 20 de septiembre de 2023.
La experiencia comienza en el propio número 5 bis. Está todo preparado para convertir la visita en algo muy íntimo y personal. Antes de atravesar la puerta negra de la casa, los visitantes reciben auriculares y una audioguía muy especial: es la propia Charlotte Gainsbourg quien guía el recorrido con su voz pausada y melancólica. Soy el único que elige escuchar el tour en inglés. La visita está diseñada como una inmersión sensorial y emocional, por lo que la entrada se realiza por parejas cada cinco minutos. Me toca con una chica de unos 35 años de Dijon. Me pregunto qué le atraerá de un artista que, en algunos aspectos, ha envejecido fatal.

La intención no es convertir el lugar como una atracción turística, sino preservarlo como un espacio secreto, suspendido en el tiempo. Nada más entrar, aparece una sensación extraña: la impresión de que Serge Gainsbourg podría regresar en cualquier momento. Las paredes negras, influencia de Dalí, la moqueta estampada, los objetos acumulados, el silencio, el olor de los materiales antiguos y la narración de Charlotte nos sumergen prácticamente en otro tiempo. Somos voyeurs de una época y una vida que no se recuperará nunca.
El salón resume perfectamente la personalidad del artista. Hay pianos, esculturas, fotografías, revistas, discos, marionetas, recuerdos de viajes y objetos extravagantes. Entre ellos destacan imágenes de Jane Birkin y Brigitte Bardot, mujeres fundamentales en la vida y obra del músico. Todo parece responder a una lógica íntima y caótica, la de un coleccionista obsesivo que convirtió su hogar en un gabinete de curiosidades. Destacan también el boceto de “La caza de mariposas” de Salvador Dalí y el manuscrito original de “La Marsellesa“, el cual compró en una subasta en Versalles a principios de los ochenta.

Charlotte recuerda cómo su padre recibía allí a periodistas, músicos y amigos, siempre rodeado de humo, alcohol y música. También habla de pequeños detalles domésticos: el maletín donde guardaba dinero y manuscritos, su costumbre de utilizar siempre el mismo tenedor o las noches familiares viendo televisión alrededor de la mesa de la cocina, donde se conservan todavía botellas vacías, latas antiguas y envases originales de hace décadas.
“Esta es mi casa. Y no sé qué es: un salón, una sala de conciertos, un burdel o un museo”. Serge Gainsbourg. 1979.
En el piso superior aparece el universo más íntimo del artista: su reducido vestidor con los célebres zapatos blancos Repetto, el despacho repleto de libros de Verlaine, Rimbaud, Boris Vian o Apollinaire, y la famosa “chambre des poupées”, el antiguo dormitorio de Jane Birkin convertido después en un inquietante cuarto de muñecas antiguas, más aun teniendo en cuenta la deriva de la existencia de Serge en sus últimos años. Dos días antes, Serge había invitado a Charlotte a volver a vivir con él. Acababa de romper con su novio y quería protegerla. Lo hizo a su manera: en su cama le dejó un paquete de cigarrillos y una caja de ansiolíticos. Nunca llegó a dormir en ella.

La última parada es el dormitorio de Serge Gainsbourg. Es el lugar más delicado de toda la visita. Allí murió el cantante en 1991 y allí también compartió algunos de sus momentos más cotidianos con su hija. Charlotte habla de aquellas tardes viendo películas juntos y de la dificultad emocional que supuso conservar intacta esa habitación durante más de treinta años. También de las tardes qué pasaba jugando con Bambou, la última novia de su padre. Las sábanas negras parecen ser parte del duelo en la oscuridad de una habitación que, en su momento debía estar repleta de luz.
Frente a la casa, en el número 14 de la rue de Verneuil, se encuentra el museo dedicado al artista. Si la vivienda permite descubrir al hombre privado, este segundo espacio explora al creador, al provocador y al icono cultural. El recorrido está organizado cronológicamente y reúne cientos de objetos originales: manuscritos, fotografías, ropa, joyas, discos, cartas personales, dibujos, recortes de prensa y piezas de memorabilia. Algunas tan poco políticamente correctas en la actualidad como una agenda de contactos donde organizar a las mujeres por el color de su pelo.
Entre las obras más destacadas figuran manuscritos originales y objetos vinculados a Jane Birkin y Brigitte Bardot. También destacan piezas artísticas como la escultura Homme à Tête de Chou de Claude Lalanne, que dio título y portada a una de las obras fundamentales de Serge. Los mitómanos disfrutarán también al ver la chaqueta que compró al inicio de su relación con Jane Birkin en Portobello. Una prenda que utilizó durante años.

Las vitrinas conviven con pantallas que reproducen entrevistas, actuaciones y archivos sonoros donde el propio Serge Gainsbourg relata su trayectoria. Una muestra que aporta nuevas revelaciones incluso a los fans más acérrimos. El visitante recorre así todas sus metamorfosis: el joven músico de la rive gauche, el compositor sofisticado de los años sesenta, el provocador de los setenta y el Gainsbarre excesivo y autodestructivo de los últimos años. Es triste ver como uno de los mejores músicos del siglo pasado se transforma poco a poco en un personaje despreciable que vive más de la polémica que de su ingenio. Las dos últimas pantallas casi duelen en su decadencia, aunque se evite -conscientemente- su bochornoso episodio con Whitney Houston. “Moriré de una enfermedad muy simple: el agotamiento y la retirada de la vida”. Y así fue. El problema es que el agotamiento fue televisado.
El museo también organiza exposiciones temporales. Durante nuestra visita pudimos disfrutar de una dedicada a “Je t’aime… moi non plus”, la canción grabada junto a Jane Birkin que escandalizó al mundo entero y terminó convirtiéndose en uno de los mayores himnos de la música francesa. Maquetass, ediciones de numerosos países, hojas promocionales y más parafernalia nos recuerdan una canción que marcó una época.
Puro kitsch, el video de este clásico es una joya absoluta de finales de los sesenta. Uno de los temas definitivos del pop francés.
La experiencia termina en el Gainsbarre. Un café, restaurante y piano bar inspirado en los gustos nocturnos del artista. Su decoración reproduce elementos de la casa original: espejos, moquetas, mármol negro y detalles art déco que evocan la atmósfera decadente y elegante de la rue de Verneuil.
Durante el día funciona como café y restaurante; por la noche se transforma en un íntimo piano bar donde suenan jazz y blues, géneros fundamentales en los inicios musicales de Gainsbourg. Los cócteles rinden homenaje a las bebidas favoritas del cantante, mientras manuscritos y letras originales aparecen iluminados tras los espejos. Un lugar elegantemente bizarro donde celebrar el legado de la figura más importante del pop francés
En la tienda se acumulan postales, vinilos, imanes, libros y demás objetos relacionados con Serge y con personas tan importantes en su vida como Jane Birkin. Como curiosidad, podemos comprar la camisa y los pantalones Lee Cooper que estuvieron unidos a su imagen durante mucho tiempo También una reproducción de la icónica chaqueta rayada de Saint Laurent en edición limitada.

Al salir del 5 bis de la rue de Verneuil, la lluvia primaveral parisina nos dio un golpe de realidad. Tras un paseo por la época dorada del pop francés, volvíamos a nuestras rutinas del siglo XXI dando las gracias a Charlotte por hacer posible que la figura de su padre siga presente entre las paredes negras, las colillas olvidadas y las melodías que aún parecen resonar en la casa de un hombre que convirtió su vida entera en una obra de arte. Barroco, excesivo, elegante, contradictorio pero siempre fiel a la música.
Tras un comienzo polémico con enfrentamientos entre Charlotte y la empresa que organizó el espacio, se suspendieron pagos un año después de la apertura. Afortunadamente, Philippe Dabi, un mecenas amigo de la actriz, salvó el museo. Con más de 200.000 visitantes en sus tres años de vida, ha demostrado ser un gran atractivo de la ciudad de la luz. ¡Es imprescindible comprar la entrada con semanas de antelación! Si eres fan de la música francesa, es una visita obligada. Historia viva del pop, preservada de manera casi milagrosa.
Para saber más: https://www.maisongainsbourg.fr
